EN 30 SEGUNDOS
- ¿Qué ha pasado? Ucrania lanzó 23 drones contra Moscú y 72 contra San Petersburgo, alcanzando un terminal petrolero. Las defensas rusas interceptaron todos los aparatos y no hubo víctimas.
- ¿Quién está detrás? Las fuerzas armadas ucranianas, en represalia por la reciente captura rusa de Konstantinovka, en el Donbás.
- ¿Qué impacto tiene? Putin amenaza con ampliar la zona de seguridad sobre territorio ucraniano y se confirma la frecuencia de ataques de largo alcance como una estrategia de Kiev para compensar las pérdidas territoriales.
Ucrania atacó Moscú con 23 drones y un terminal petrolero en San Petersburgo, horas después de la captura rusa de Konstantinovka. El ataque, que tuvo lugar en la madrugada del sábado, no causó víctimas según las autoridades locales.
El ataque coordinado y su alcance
El alcalde de Moscú, Sergey Sobyanin, informó de que las defensas aéreas interceptaron los 23 drones que se acercaban a la capital. Los equipos de emergencia actuaron rápidamente en los puntos donde cayeron restos de los UAV, sin que se registraran daños personales ni materiales. Horas antes, el Ministerio de Defensa ruso había presentado al presidente Putin el informe sobre la captura de la estratégica localidad.
En San Petersburgo, el gobernador Aleksandr Beglov confirmó que un ataque con drones alcanzó una terminal petrolera de la ciudad. De los 72 aparatos sin piloto lanzados sobre la zona, todos fueron interceptados. No hubo heridos y los daños se limitaron a la caída de escombros en el suburbio de Peterhof, donde se encuentra un palacio imperial del siglo XVIII, declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.
El Ministerio de Defensa ruso elevó a 389 el número total de drones ucranianos interceptados durante la noche en múltiples regiones del país. La ofensiva de largo alcance contra infraestructura rusa se ha convertido en un pilar de la estrategia ucraniana, en un momento en que la falta de personal le impide revertir la situación en el frente terrestre.
La respuesta de Putin y el contexto de Konstantinovka

El ataque se produjo pocas horas después de que el ejército ruso anunciara la conquista de Konstantinovka, un bastión ucraniano en el noroeste de la región de Donetsk. Durante la reunión de mando del viernes, Putin advirtió de que Kiev podría recurrir a “acciones diversionistas de carácter terrorista” para crear “logros imaginarios” ante sus patrocinadores occidentales.
El líder ruso también lanzó una advertencia directa: “Cuanto más intenten atacar nuestros objetivos civiles, mayor será la zona de seguridad que tendremos que crear en territorio adyacente”, en referencia a las provincias ucranianas de Sumy, Járkov y Dnipropetrovsk, que calificó como “tierra históricamente rusa”. Moscú, además, ha prometido intensificar los bombardeos sobre la infraestructura militar-industrial ucraniana para degradar su capacidad de fabricar armas de largo alcance.
La noche anterior, un ataque con misiles en la región rusa de Bélgorod mató a una mujer, mientras que un dron impactó en un mercado en Tokmak, en la región de Zaporiyia, dejando cinco muertos y dieciocho heridos. Ambos incidentes, de los que cada parte se acusa mutuamente, reflejan la creciente brutalidad del conflicto y la extensión de los combates a zonas civiles.
Los ataques ucranianos en la retaguardia rusa no causan grandes daños, pero evidencian la intención de Kiev de llevar el conflicto al corazón de Rusia mientras pierde terreno en el Donbás.
Equilibrio de Poder
La ofensiva con drones vuelve a poner sobre la mesa la delicada cuerda floja de la escalada. Moscú ha demostrado una vez más la eficacia de sus sistemas de defensa aérea, en especial los Pantsir y S-400 desplegados alrededor de las ciudades clave, pero la frecuencia y amplitud de los ataques evidencian que Ucrania ha institucionalizado los golpes profundos como una táctica permanente. La estrategia tiene un doble filo: mientras obliga a Rusia a distraer recursos de defensa lejos del frente, también corre el riesgo de provocar represalias que amplíen el conflicto, como la creación de una “zona de seguridad” que Putin ya ha puesto sobre la mesa.
El eje Washington-Bruselas-Moscú se tensa. La administración Trump, aunque ha mostrado escepticismo con la OTAN, mantiene el flujo de inteligencia a Kiev. La Unión Europea, por su parte, observa con preocupación cómo la guerra se extiende a la retaguardia rusa, mientras lidia con la fatiga del apoyo militar. Las advertencias de Putin resuenan en las cancillerías europeas, que temen un choque directo si los ataques causan bajas masivas o daños en infraestructura crítica.
Para España, el impacto es indirecto pero real. El flanco sur y la inestabilidad energética se superponen a un escenario en el que cada escalada en el Donbás se traduce en volatilidad en los precios del gas y el petróleo. Las bases de Rota y Morón mantienen su función de soporte logístico para la OTAN, y el Ministerio de Defensa sigue de cerca el uso de drones de largo alcance, que podrían replicarse en el Magreb o el Sahel si actores no estatales acceden a tecnología similar.
El precedente más cercano son los ataques con drones contra el Kremlin en 2023, pero entonces fueron incidentes aislados. Ahora, Kiev lanza oleadas de decenas de aparatos contra objetivos civiles y económicos. Moscú insiste en que los derriba todos, pero la propaganda no oculta la vulnerabilidad de su retaguardia. La gran incógnita es si la presión obligará a Putin a un movimiento militar que arrastre a la OTAN a una respuesta más activa.
El calendario inmediato marca la próxima cumbre del Consejo Europeo, donde los líderes deberán decidir si mantienen o aumentan la asistencia a Kiev en un momento en que Ucrania pierde terreno. Mientras tanto, en el campo de batalla, cada ganancia rusa se responde con drones que sobrevuelan dormitorios y depósitos de combustible. La guerra no tiene pausa.
