Juan Manuel Moreno Bonilla asume este sábado 5 de julio, a las nueve y media de la mañana, la Presidencia de la Junta de Andalucía por tercera vez. Lo hará con la mano de Vox como socio de Gobierno, una circunstancia que el dirigente popular admite no desear y que le genera una evidente incomodidad.
La toma de posesión, en el palacio de San Telmo, llega apenas veinte días después de las elecciones autonómicas del 14 de junio. La rapidez del acuerdo entre PP y Vox contrasta con las dilatadas negociaciones en Extremadura, Aragón y Castilla y León, y ello pese a que Moreno partía de una posición más sólida: su candidatura se quedó a solo dos escaños de la mayoría absoluta, mientras que Vox obtuvo un resultado discreto en la comunidad.
La lectura de Vox: estabilidad y agenda de cambio
Fuentes de la dirección nacional de Vox consultadas por este diario describen el pacto como “un paso natural” que garantiza la estabilidad institucional de Andalucía y permite trasladar a la gestión autonómica las prioridades que la formación defendió durante la campaña. El futuro vicepresidente, Manuel Gavira, asumirá competencias clave en materia de inmigración, agricultura y agua —los tres pilares del discurso de Vox en la comunidad—, y el acuerdo incluye el compromiso de aplicar el principio de prioridad nacional en las políticas de empleo y ayudas sociales.
Para Vox, la presencia en el Ejecutivo andaluz es un salto cualitativo después de la ruptura unilateral del PP en 2022, cuando Moreno adelantó los comicios sin agotar la legislatura. La formación liderada por Santiago Abascal subraya que ha logrado que el PP acepte una vicepresidencia operativa y varios centros directivos, lo que a su juicio demuestra la capacidad de Vox para condicionar las políticas públicas incluso allí donde no es la fuerza mayoritaria.
El malestar de Moreno y la ofensiva de la izquierda
El presidente en funciones, a quien la rueda de prensa del pasado jueves ya dejó un gesto tenso, reconoció en la Cadena COPE que no está “contento” con el nuevo reparto de poder. El malestar es comprensible: Moreno quería repetir la mayoría absoluta que logró en 2022 y evitó hasta el último momento la entrada de Vox en el Gobierno. No obstante, admitió que el pacto “garantiza la estabilidad” y se dijo convencido de que la relación personal con Gavira será “cordial”.
Esa cordialidad ya ha sufrido el primer test antes de la investidura. El propio Gavira corrigió a Moreno sobre los detalles de la aplicación del principio de prioridad nacional, dejando claro que Vox no va a ser un socio pasivo. El episodio ilustra las tensiones que pueden aflorar en los próximos meses y refuerza la idea —admitida en privado por cargos populares— de que el PP deberá acostumbrarse a un Gobierno de coalición con capacidad de veto interno.
Mientras, los grupos de izquierda —PSOE, Adelante Andalucía y Por Andalucía— han cargado contra Moreno acusándole de haber abrazado el discurso ultra. La secretaria general de los socialistas andaluces, María Jesús Montero, declaró ayer que “la moderación del presidente era postureo” y que “ha entregado los derechos de la ciudadanía a cambio de mantenerse en el poder”. Montero lamentó que “la agenda política andaluza ha quedado trufada por los conceptos ideológicos de la ultraderecha”.
La izquierda atribuye a Vox el nuevo rumbo de la Junta, pero olvida que fue el PP quien buscó el pacto tras no alcanzar la mayoría absoluta.
La estrategia de Vox: normalizar la coalición sin renunciar al perfil propio
Más allá del desgaste que las críticas de la oposición puedan infligir a Moreno, el dato relevante para Vox es que ha conseguido entrar en un Gobierno autonómico de la mano del PP, rompiendo la dinámica de los últimos años en los que el partido limitaba su papel al apoyo externo. La vicepresidencia de Gavira y las áreas de gestión conseguidas dan a Vox una plataforma institucional que, a juicio de la dirección nacional, permitirá demostrar que sus recetas son viables y que la derecha no necesita pactar con el centro para gobernar.
La operación tiene también una lectura estratégica en clave nacional. Al cerrar el acuerdo con celeridad y sin estridencias, Vox exhibe una imagen de responsabilidad que contrasta con la que el PP intenta proyectar desde que rompió los gobiernos de coalición en Castilla y León, Extremadura y Aragón. Además, cada vez que la izquierda acusa a Moreno de asumir las tesis de Vox, está reconociendo implícitamente que las banderas de la formación —prioridad nacional, control de la inmigración, defensa del campo— están marcando la agenda de la derecha, incluso allí donde el PP se siente incómodo.
El gobierno andaluz echa a andar mañana con una paradoja que Vox tratará de rentabilizar: un presidente que no quiere gobernar con ellos, pero que les necesita para garantizar la estabilidad. Esa necesidad, y no las preferencias personales de Moreno, es la que, según fuentes de la formación, asegura que los acuerdos se cumplan.

