Trump recibe a Ali al-Zaidi en la Casa Blanca para renegociar la presencia militar y el petróleo iraquí

La reunión entre Trump y Al-Zaidi redefine la estrategia de Washington en Irak: menos tropas, más negocios petroleros y un pulso directo con Irán. El impacto para España se medirá en el surtidor.

Una reunión con múltiples frentes: tropas, petróleo y desarme

Donald Trump ha recibido este martes en la Casa Blanca al nuevo primer ministro iraquí, Ali al-Zaidi, un empresario sin experiencia política que llegó al cargo con un guiño determinante de Washington. No era una visita de cortesía. Sobre la mesa del Despacho Oval había tres carpetas gruesas: la reducción del contingente militar estadounidense, los contratos de reconstrucción que beneficiarán a las empresas estadounidenses y el papel de Irak en la producción de petróleo para estabilizar los mercados globales.

La apuesta de Trump por al-Zaidi no fue improvisada. Cuando los partidos chiíes agrupados en el Marco de Coordinación —próximos a Teherán— intentaron imponer al ex primer ministro Nouri al-Maliki, el presidente estadounidense amenazó con cortar toda la ayuda a Irak. En un mensaje en sus redes sociales lo dejó claro: si querían prosperidad, al-Maliki no era el camino. Al-Zaidi surgió entonces como el candidato de consenso y en abril fue designado formalmente. Trump lo celebró como el “comienzo de un nuevo capítulo”.

Trump no se limita a hablar de seguridad. Quiere contratos, quiere petróleo barato y quiere que las empresas estadounidenses reconstruyan Irak.

El pulso con Irán: las milicias y el plazo de septiembre

El trasfondo de la visita es el pulso con Irán. Desde el estallido de la guerra entre Estados Unidos e Israel contra Teherán en febrero de 2026, Irak ha sido un campo de batalla indirecto. Las milicias respaldadas por Irán han atacado bases y diplomáticos estadounidenses en suelo iraquí, y el gobierno de Bagdad ha fijado el final de septiembre como fecha límite para que los grupos armados no estatales se disuelvan. El problema es que las milicias más poderosas ya han dicho que no piensan hacerlo.

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Un alto funcionario de la administración Trump, que habló bajo condición de anonimato, adelantó a los periodistas que las decisiones de Washington serán “informadas” en función de los esfuerzos reales de Irak por desarmar esas facciones. Renad Mansour, director de la Iniciativa para Irak del think tank Chatham House, lo resume con crudeza: “Estados Unidos va a presionar mucho a al-Zaidi, y él va a pedir a cambio apoyo de inteligencia, técnico y armado. Pero si el gobierno iraquí empieza a desarmar a estos grupos, también ellos irán contra el gobierno”.

España observa desde la distancia, pero no como mero espectador. Importa el noventa por ciento del petróleo que consume y cualquier escalada en Oriente Próximo se traduce en gasolinas más caras y una factura energética más pesada para hogares y empresas. Unas milicias descontroladas en Irak son un riesgo tan real para el surtidor de una gasolinera en Andalucía como un desajuste en la OPEP.

La Lógica de Washington

Hay que entender la doctrina que mueve a Trump en este tablero. No se trata solo de contener a Irán, aunque ese sea el objetivo inmediato: se trata de reducir la presencia militar estadounidense sin perder influencia económica. En la filosofía America First, cada soldado en Oriente Próximo es un gasto que debe amortizarse con contratos y acceso preferente a los recursos. Ronald Reagan ya hizo algo parecido en los ochenta cuando, sin enviar tropas de ocupación a gran escala, aseguró el flujo de petróleo del Golfo durante la guerra entre Irán e Irak y situó a las empresas estadounidenses en primera línea de la reconstrucción. Trump conoce ese manual.

La visita de al-Zaidi encaja en ese esquema: un primer ministro que debe su puesto al respaldo de Washington y que llega con una delegación cargada de empresarios. Su oficina ha declarado que busca “fortalecer las asociaciones económicas y de desarrollo, atraer inversión y ampliar el papel de las compañías estadounidenses en proyectos de infraestructuras”, además de desarrollar el sector energético de un país que flota sobre una de las mayores reservas de crudo del mundo. Para Trump, es el tipo de trato que le gusta: seguridad a cambio de negocio.

Para España, el impacto va más allá del precio del barril. Si la producción iraquí aumenta y la OPEP se ve forzada a ajustar sus cuotas, los mercados internacionales se moverán. Las grandes energéticas españolas, con inversiones en la región, pueden encontrar oportunidades si la estabilidad se consolida. Pero si el desarme de las milicias fracasa y la violencia escala, el riesgo es compartido: los seguros de fletes se encarecen, las primas de riesgo suben y las familias españolas lo notan en la cesta de la compra.

La próxima ventana clave llega en septiembre. Si Bagdad no logra avances visibles en el desarme, Washington podría tomar decisiones “informadas” que van desde sanciones selectivas hasta un replanteamiento completo del apoyo financiero. Y entonces, el crudo no será solo una cuestión de geopolítica. Será un dolor de cabeza en cada gasolinera española.

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Ficha del Caso

  • El caso: El presidente estadounidense recibe al nuevo primer ministro iraquí, un empresario sin trayectoria política, para redefinir la cooperación bilateral en materia militar, económica y energética.
  • Datos clave: La guerra entre EE.UU./Israel e Irán estalló en febrero de 2026. Irak ha dado hasta finales de septiembre para que las milicias chiíes respaldadas por Irán se disuelvan. Al-Zaidi lideraba un banco que fue vetado para operar en dólares por lavado de dinero en 2024.
  • Para España: La estabilidad iraquí afecta directamente al precio del petróleo y, con ello, a la factura energética de los hogares y a las inversiones españolas en la región.