El frío de Oviedo en enero calaba los hábitos de lana y se colaba por las rendijas del monasterio de San Vicente. Aquella mañana de 1750, el padre Benito Jerónimo Feijoo, con setenta y tres años y la vista cansada de tanto escrutinio, no esperaba visitas. Se había levantado antes del alba, como cada jornada, para rezar maitines y corregir las pruebas de un nuevo ensayo sobre los supuestos milagros de la fuente de San Isidro. Un rumor de herraduras sobre el empedrado interrumpió el silencio. Poco después, el abad le mandó recado: un correo del rey aguardaba en la sala capitular con un pliego sellado en lacre carmesí.
Aquella no era una carta cualquiera. Fernando VI, por consejo de su confesor el padre Rávago y del secretario de Estado José de Carvajal, había firmado una real cédula que prohibía a cualquiera atacar las obras del anciano benedictino. En la práctica, el rey le extendía un salvoconducto intelectual que le ponía a resguardo de los inquisidores y de los predicadores airados que llevaban años exigiendo su cabeza. Feijoo desdobló el documento con manos quietas, leyó las fórmulas cortesanas, y pidió a su asistente que guardara el pliego en el cajón de los papeles importantes. No hubo celebraciones. El monje regresó a su celda, mojó la pluma y siguió escribiendo. La batalla contra la superstición podía continuar.
Capítulo I: El correo del rey en la celda de Oviedo
El episodio del pliego real no fue un golpe de suerte. Para entenderlo hay que viajar al origen de aquel hombre menudo y de salud frágil, nacido en la aldea orensana de Casdemiro el 8 de octubre de 1676. Benito Jerónimo Feijoo Montenegro pertenecía a una familia hidalga gallega, pero a los catorce años tomó el hábito negro en el monasterio benedictino de San Salvador de Lérez, en Pontevedra. Desde el principio destacó por su avidez lectora. Los superiores lo enviaron a estudiar a San Vicente de Salamanca, y en 1709, tras una oposición brillante, obtuvo la cátedra de teología en la Universidad de Oviedo. Allí, en la capital asturiana, residiría el resto de su vida, entre las aulas y los muros del monasterio de San Vicente, que miraba a la torre de la catedral.
Oviedo era entonces una ciudad de provincias, húmeda y recoleta, pero Feijoo convirtió su celda en un observatorio del mundo. Mantenía correspondencia con sabios de media Europa, recibía gacetas y libros en francés, inglés e italiano, y empleaba las horas libres —que eran muchas, pese a la enseñanza— en desmontar con paciencia de miniaturista los errores y las patrañas que anidaban en la cultura popular española. La ignorancia, repetía sin descanso, era la madre de todas las supersticiones. Y él se había propuesto combatirla con la única arma de la que disponía: la razón impresa.
Capítulo II: Un benedictino contra las brujas
La España de la primera mitad del siglo XVIII seguía credulona y magullada por el miedo al demonio. En los púlpitos se seguía predicando la existencia de brujas; en las aldeas se encendían hogueras para ahuyentar a los duendes; y los médicos discutían si los astros influían en las enfermedades más que los humores del cuerpo. Contra ese telón de fondo, Feijoo publicó en 1726 el primer tomo de su Teatro crítico universal. La imprenta de Francisco del Hierro, en Madrid, tiró aquella primera edición, que se agotó con rapidez. El libro no era una novela ni un tratado teológico al uso: era una colección de ensayos breves, escritos en castellano limpio, donde el monje se atrevía a negar que los cometas anunciaran desgracias, a defender que las mujeres eran intelectualmente iguales a los hombres y a calificar de «patraña ridícula» la creencia en duendes caseros.
El escándalo no se hizo esperar. El franciscano fray Francisco de Soto y Marne, entre otros, le acusó de herejía y de sembrar dudas sobre relatos bíblicos. Algunos obispos pidieron que la Inquisición examinara sus escritos. Los libelos llovieron sobre la celda ovetense, y Feijoo, que jamás había salido de Asturias, se encontró en el centro de una tormenta que atravesaba los Pirineos. Lo sorprendente es que el monje no reculó. En los siete volúmenes siguientes del Teatro —el último vio la luz en 1739— y en las cinco entregas de las Cartas eruditas y curiosas (1742-1760), siguió aplicando el escalpelo racionalista a falsos milagros, pronósticos astrólogicos, métodos curativos extravagantes y al prurito nacional de creer cualquier prodigio con tal de que viniera envuelto en misterio.

Capítulo III: El ‘Teatro’ que irritó a muchos
La novedad del Teatro crítico universal no radicaba tanto en lo que decía —otros autores europeos del racionalismo ya habían apuntado en la misma dirección— como en el público al que se dirigía. Feijoo escribía para el común de las gentes, para el cura de aldea, el hidalgo ocioso y la dama leída, no para la Academia. Usaba ejemplos tomados de la vida cotidiana: el barquero que juraba haber visto una serpiente marina resultaba ser, tras la indagación, un madero flotante. La mujer acusada de brujería en una aldea asturiana no era más que una anciana con demencia senil. El método era siempre el mismo: observación, testimonio contradictorio, sentido común y un elegante escepticismo.
Este programa irritó profundamente a los sectores más intransigentes del clero, que veían en cada página una zapa a su autoridad. Pero también generó adhesiones inesperadas. Entre los alumnos que asistían a sus clases en la Universidad de Oviedo, donde Feijoo expuso teología durante más de medio siglo, fue calando una manera distinta de mirar el mundo. Uno de los jóvenes que bebieron de aquel magisterio, aunque años después, fue Gaspar Melchor de Jovellanos, que siempre citó al benedictino como su principal referente intelectual. La semilla del método experimental hispánico había sido plantada, no en un salón de Versalles, sino en un aula fría de la capital asturiana.
Capítulo IV: La Inquisición y el escudo real
Las denuncias ante el Santo Oficio no fueron un rumor. La Inquisición abrió diligencias sobre algunas proposiciones de Feijoo, en particular aquellas que parecían cuestionar la intervención divina en los milagros. Pero el monje jugaba con una ventaja: su ortodoxia doctrinal en lo teológico era irreprochable. Jamás negó un dogma; simplemente sostenía que la mayoría de los hechos extraordinarios que se contaban por los pueblos no eran auténticos milagros, sino embustes o fenómenos naturales mal explicados. Los calificadores del Santo Oficio se encontraron con un hueso difícil de roer: condenar a Feijoo habría sido tanto como declarar herética la razón, y eso en pleno siglo de las Luces hubiera desprestigiado a la institución.
Así las cosas, la corte de Fernando VI optó por cortar por lo sano. El monarca, influido por un círculo de ministros reformistas, vio en el benedictino una figura útil para contrarrestar la influencia de los sectores más oscurantistas. La real cédula de 1750 prohibió taxativamente los ataques escritos contra su obra y declaró a Feijoo limpio de toda sospecha herética. No fue un capricho real, sino una decisión política: blindar al intelectual significaba enviar un mensaje a la Europa ilustrada de que España también se sumaba al tren de la modernidad, aunque fuera con lentitud. El decreto llegó, como se ha contado, en un día frío de enero, y el monje lo guardó sin aspavientos. Continuó, simplemente, su tarea.

Capítulo V: El legado del fraile sabio
Desde aquel año hasta su muerte, el 26 de septiembre de 1764, Feijoo no cesó de escribir. Publicó las Cartas eruditas, donde respondía a las consultas de sus lectores sobre los temas más variopintos: desde la causa del arco iris hasta la conveniencia de que las mujeres estudiaran latín. Su celda se convirtió en un confesonario laico, por donde pasaban preguntas sin número y de donde salían respuestas templadas, siempre con la moderación del que sabe que la verdad absoluta es esquiva. El monje, a su manera, había construido un puente entre el barroco declinante y la Ilustración española por venir.
Cuando falleció, en ese mismo monasterio donde había pasado casi toda su vida, la noticia corrió por España y por las cortes extranjeras. Las reediciones de sus obras se multiplicaron; en vida había visto veinte ediciones del Teatro. Traducciones al francés, al italiano y al alemán llevaron sus argumentos más allá de las fronteras que él nunca cruzó. Y, sin embargo, su mayor triunfo fue silencioso: en las décadas siguientes, ningún escritor español volvió a mencionar los duendes como si existieran. Algo, en la cabeza de aquel país, había empezado a cambiar.

Capítulo VI: El eco en las aulas
El eco de Feijoo resonó con fuerza en la Universidad de Oviedo. Aquella institución, que durante el siglo XVIII fue un hervidero de reformas ilustradas, convirtió al viejo catedrático en un símbolo. Los expedientes del claustro registran cómo, a partir de 1770, se incorporaron a los planes de estudio las obras de Feijoo como lectura recomendada para los estudiantes de teología y filosofía. La razón práctica que él había defendido con tanto ahínco encontraba por fin acomodo oficial.
Es famosa la anécdota —recogida por biógrafos posteriores— de que Jovellanos, de regreso a Gijón tras sus años de ministro, pidió que en la biblioteca del Instituto de Náutica y Mineralogía no faltaran los ocho volúmenes del Teatro crítico. El propio Jovellanos escribió que Feijoo le había enseñado «a pensar sin muletas», frase que se ha perdido en los papeles pero que resume bien la influencia del benedictino en una generación que soñaba con sacar a España del atraso. No en vano, cuando el siglo XIX alumbró el primer periodismo de divulgación científica, los editores acudieron a los textos de Feijoo como modelo de claridad y de estilo. El monje, sin pretenderlo, había inventado el ensayo moderno en español.
Aquella travesía arrancó en una celda humilde de Oviedo, con un pliego de lacre rojo sobre la mesa y la determinación de un anciano que nunca pidió permiso para dudar. Los archivos del Santo Oficio aún conservan las diligencias —nunca conclusivas— contra el fraile, y en la Biblioteca Nacional aguardan las ediciones príncipe del Teatro, anotadas con letra menuda por lectores anónimos que subrayaban las líneas donde el sentido común desbarataba un siglo de miedos. Hoy, paseando por el claustro de lo que fue el monasterio de San Vicente, convertido en parte del campus universitario, es fácil imaginar al monje encorvado sobre los folios mientras fuera, en la plaza, los pregoneros anunciaban el último prodigio que él, con tinta y paciencia, se disponía a desmontar.

