Mariano Rajoy no se disculpa. Al contrario: el expresidente del Gobierno ha vuelto a publicar una columna en el diario digital El Debate en la que ironiza sobre la polémica desatada por sus palabras sobre la selección francesa y carga contra el Ejecutivo de Pedro Sánchez. La crisis diplomática entre España y Francia, alimentada por un comentario futbolero, escala de nuevo y coloca la imagen del país en el punto de mira.
Indignómetro
Nivel de impacto para España: 8/10. Las declaraciones del expresidente han provocado que varios ministros franceses tilden de racista a un antiguo jefe del Gobierno español y han forzado al actual presidente a pedir disculpas en París. El ruido perjudica las relaciones bilaterales y la reputación exterior de España, justo en un momento de alta exposición internacional por el Mundial de fútbol.
Lo que dijo Rajoy y la tormenta diplomática que desató
Todo arrancó el pasado viernes 10 de julio, cuando Mariano Rajoy firmó una columna en El Debate en la que, al comentar las semifinales del Mundial, afirmó que la selección francesa contaba con «una plantilla de altísimo nivel; eso sí, sin franceses». La frase, que para muchos aludía al origen diverso de los jugadores, fue interpretada en Francia como un ataque racista a la identidad nacional.
El ministro francés de Asuntos Exteriores, Jean-Noël Barrot, calificó el comentario de «estupidez, racismo o una combinación de ambas cosas» en una entrevista televisiva. La ministra de Ultramar, Naïma Moutchou, habló de «odio metódico y banalizado hacia Francia». Y el presidente de la Federación Francesa de Fútbol, Philippe Diallo, denunció «resabios de racismo intolerables» y defendió que los jugadores no necesitan «ningún certificado de nacionalidad» de un antiguo primer ministro español.
El Gobierno español, entre la disculpa y el ataque político
La tormenta obligó al presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, a pronunciarse. Primero en redes sociales, con un tuit en el que contraponía «quien mide la pertenencia por el apellido, el lugar de nacimiento o el color de piel» frente a quienes la miden «por el arraigo y la voluntad de contribuir». Y luego en persona: durante la Fiesta Nacional francesa, el martes 14 de julio, Sánchez confesó ante el primer ministro Sébastien Lecornu sentirse «muy avergonzado» por las palabras de su antecesor.
El Ejecutivo exigió a Rajoy una rectificación y unas disculpas públicas, algo que el expresidente del PP ha ignorado por completo. Para el Gobierno, el episodio es una mancha en la imagen de España y una muestra de la «xenofobia» que, en su opinión, anida en ciertos discursos.
Rajoy responde con un segundo artículo: ni disculpas ni rectificación, y dardos a Sánchez
En lugar de disculparse, la noche del martes Mariano Rajoy publicó una nueva columna en El Debate. Con su característica ironía, agradecía «a las autoridades por la atención que me prestaron en este Mundial» y lamentaba que «tantos esfuerzos dedicados a glosar mis virtudes les hayan distraído de otras cuestiones (…) que importan a los españoles». El dardo iba dirigido directamente al Gobierno de Sánchez.
«Les interesa más chivarse a un ministro extranjero o hacer una reverencia a un primer ministro para provocar ruido, distraer la atención y que no se hable de lo que estamos viviendo», escribió Rajoy, en una crítica que muchos interpretan como una respuesta directa a Sánchez.
En ningún momento de su nuevo texto el expresidente alude directamente a la polémica francesa ni a la exigencia de disculpas. Pero el mensaje resulta transparente: «Ustedes ya saben cómo soy y lo que pienso», añadía en un guiño a sus seguidores, descartando de plano cualquier rectificación. La maniobra le permite mantener su base de apoyo mientras carga contra el jefe del Ejecutivo, a quien acusa de utilizar el incidente para desviar la atención de los problemas internos.
Lo que la historia reciente enseña: cuando el ruido diplomático erosiona la imagen de España
Conviene recordar que no es la primera vez que un exdirigente español genera un roce internacional con unas declaraciones controvertidas. Ya en el pasado, comentarios de otros expresidentes —o de líderes en ejercicio— sobre socios comunitarios o sobre asuntos de Estado han obligado a la diplomacia española a emplearse a fondo para limar asperezas. La diferencia esta vez es el altavoz global del fútbol y la sensibilidad francesa con el racismo, especialmente en un equipo que la propia Francia presenta como modelo de integración.
El verdadero coste para España no está en el rifirrafe partidista, sino en la percepción exterior: un expresidente del Gobierno es acusado de racismo por todo el espectro político francés, mientras el actual presidente se ve forzado a pedir perdón en territorio galo. La imagen de un país serio, fiable y respetuoso queda en entredicho. Y todo, a partir de una frase que, con otra formulación, jamás habría llegado a las portadas.
El episodio revela, además, la fragilidad de las relaciones bilaterales cuando se mezcla la política doméstica con la diplomacia. España y Francia mantienen una de las alianzas más sólidas de la Unión Europea, pero incidentes como este pueden alargar innecesariamente la agenda de cooperación y restar tiempo a proyectos conjuntos en defensa, energía o migración.
La pelota sigue en el tejado de Mariano Rajoy, que por ahora se siente cómodo en su papel de polemista. Pero el coste reputacional lo paga el país entero, y especialmente sus empresas, que compiten en un escenario internacional donde la imagen nacional importa tanto como la calidad del producto.
📌 Ficha del Caso
- Ficha sobre el caso: El ex presidente Mariano Rajoy publica dos columnas en El Debate sobre la selección francesa de fútbol, desatando una crisis diplomática con Francia y un choque con el Gobierno de Pedro Sánchez.
- Datos importantes: La primera columna, del 10 de julio, afirmaba que los Bleus jugaban “sin franceses”. El ministro francés de Exteriores calificó el comentario de racista. Sánchez pidió disculpas en París. Rajoy respondió el 14 de julio con ironía y sin rectificar.
- Resumen: La polémica debilita la imagen de España en el exterior y evidencia cómo las declaraciones de una figura política pueden convertirse en un lastre diplomático, especialmente cuando el fútbol amplifica el mensaje.
