¿Puede un territorio colonial seguir siendo británico toda la vida? Para el columnista de The Guardian Simon Jenkins, la respuesta es no. El reciente acuerdo entre Reino Unido y España para demoler la frontera en Gibraltar le sirve de espejo: si dos viejos adversarios han logrado un compromiso, ¿por qué no pensar en un futuro diferente para las Malvinas? Su artículo, publicado tras la semifinal del Mundial en la que Argentina eliminó a la selección inglesa, devuelve al debate público una herida que muchos creían cerrada.
La pieza de Jenkins sostiene que ninguna de las posesiones de ultramar heredadas del imperio británico tiene derecho a permanecer como está para siempre. Y lo ilustra con una cifra: el mantenimiento de las Falklands cuesta al contribuyente británico más de 60 millones de libras al año en gastos de defensa. El columnista añade una pincelada polémica: a diferencia de lo ocurrido con los ciudadanos de Hong Kong o del archipiélago de Diego García, el apego a los isleños se debe, sospecha, a que son blancos y británicos.
El artículo de The Guardian que une dos disputas coloniales
El texto, firmado por uno de los columnistas más veteranos de la cabecera británica, no es un editorial del diario pero tiene un peso simbólico considerable. Jenkins recuerda que la victoria en la guerra de 1982 rescató al gobierno de Margaret Thatcher de la impopularidad y cubrió de gloria a la primera ministra, un eco que ha marcado la política británica durante décadas. Sin embargo, el acuerdo sobre Gibraltar, alcanzado tras largos años de negociación, demuestra que las soluciones dialogadas son posibles incluso entre antiguos enemigos.
Jenkins se pregunta si no podría surgir una negociación parecida a raíz de la derrota inglesa ante Argentina en el Mundial, ironizando sobre el abrazo entre Lionel Messi y Harry Kane. La provocación no es menor: plantea que el estatus de las Malvinas como territorio de ultramar ha sido defendido por sucesivos gobiernos británicos como precio de aquella victoria militar, pero que el contexto ha cambiado radicalmente.
Por qué este análisis importa para España
El diario británico publicó una extensa análisis que, aunque centrado en el Atlántico Sur, tiene una lectura directa para los intereses españoles. La demolición de la frontera gibraltareña, pactada entre Londres y Madrid, es la prueba tangible de que la diplomacia puede desmontar herencias coloniales sin traumas. Para España, que siempre ha defendido que Gibraltar es un anacronismo pendiente de resolver, el artículo de Jenkins supone un refuerzo argumental: si el principal diario progresista británico admite que las Malvinas no pueden permanecer bajo soberanía del Reino Unido eternamente, el mismo principio puede aplicarse al Peñón.
Conviene recordar que Gibraltar figura en la lista de territorios no autónomos de la ONU y que el consenso internacional ha ido moviéndose hacia soluciones de soberanía compartida o retrocesión pactada. La columna de Jenkins no es una postura oficial, pero refleja un cambio de sensibilidad en la izquierda británica que, a largo plazo, puede inclinar la balanza en Bruselas y en los foros multilaterales.
El coste para los contribuyentes británicos y la ausencia de una solución negociada convierten a las Malvinas en un lastre cada vez más insostenible.
El columnista aprovecha también para recordar que el apoyo a la causa de los isleños ha tenido un componente racial no menor: frente al abandono de otros territorios con población no blanca, el caso de las Falklands ha sido tratado como una cuestión de orgullo nacional. Este señalamiento, aunque incómodo, es coherente con la línea editorial progresista del diario.
El precedente de Gibraltar y la diplomacia de los territorios no autónomos
Para entender la verdadera dimensión del argumento de Simon Jenkins hay que mirar al listado de territorios pendientes de descolonización que mantiene Naciones Unidas. Gibraltar es uno de los casos más longevos, junto con las Malvinas y otros enclaves. La reciente decisión de demoler la verja, aunque no resuelve la disputa de soberanía, sí normaliza las relaciones entre el Peñón y el resto de España, y crea una inercia favorable a la cooperación.
El caso de las Malvinas es diferente: la población isleña rechaza de plano cualquier acercamiento a Argentina, y el recuerdo de la guerra de 1982 sigue presente en la política británica. Pero el artículo de The Guardian introduce un elemento que no puede ignorarse: la opinión pública británica puede empezar a cuestionar el coste económico y diplomático de mantener un territorio a 13.000 kilómetros. Si ese debate prende, la posición española en Gibraltar ganaría un aliado argumental en la propia sociedad británica.
Visto en perspectiva, el texto de Jenkins no es un exabrupto aislado. Hace unos años, la devolución de las islas Chagos a Mauricio tras una larga batalla legal demostró que el Reino Unido puede verse forzado a ceder soberanía cuando la presión internacional y los principios jurídicos se alinean. Gibraltar no es las Malvinas, y las Malvinas no son Chagos, pero sí comparten un denominador común: el tiempo corre en contra de los residuos del imperio.
📌 Ficha del Caso
- Ficha sobre el caso: El columnista de The Guardian Simon Jenkins publica un artículo que compara el reciente acuerdo sobre Gibraltar con la disputa de las Malvinas, sugiriendo que las islas no pueden seguir siendo británicas para siempre.
- Datos importantes: El coste anual de defensa de las Falklands es de más de 60 millones de libras; Gibraltar figura en la lista de territorios no autónomos de la ONU y la demolición de la frontera fue pactada en 2026.
- Resumen: La pieza refuerza la tesis de que los acuerdos dialogados son posibles y que la sensibilidad británica puede virar hacia una solución pactada, lo que beneficia la posición histórica de España sobre el Peñón.
