La explosión que mató a tres personas en Moscú el pasado fin de semana, durante la celebración del cumpleaños del coronel general Alexander Chaiko, no fue un ataque terrorista improvisado. Fue, en mi opinión, una operación de inteligencia meticulosamente ejecutada. Los fragmentos de la bomba, el lugar elegido —un restaurante frecuentado por militares de alto rango— y la propia fecha apuntan a un trabajo de HUMINT fino, probablemente de la Dirección Principal de Inteligencia (GUR) o el Servicio de Seguridad de Ucrania (SBU).
El ataque dejó otros 21 heridos, algunos de gravedad, según fuentes del Ministerio de Emergencias ruso. La respuesta del Kremlin fue inmediata: la embajada rusa en Italia lanzó una acusación directa contra Ucrania, aunque sin presentar ni una sola prueba que sustente su versión. Es una constante en esta guerra: Moscú atribuye sin rubor, mientras los servicios de seguridad rusos intentan contener la narrativa del miedo en casa.
El ‘tradecraft’ de un golpe a corazón parado
Colocar un artefacto explosivo a las puertas del local donde Chaiko celebraba su cumpleaños requiere conocimiento de agenda, vigilancia previa y, casi con seguridad, un equipo local con disciplina operativa. No se trata de un dron lanzado desde 500 kilómetros: es un ataque que exige presencia humana, reclutamiento o infiltración. El tradecraft —ese oficio del espía que tanto valoro— grita operación encubierta clásica, de las que el SBU ha ejecutado en suelo ruso durante los últimos dos años.
Le recuerdo al lector el asesinato de Daria Dugina en 2022 mediante un coche bomba, o el atentado contra el bloguero militar Vladlen Tatarsky en 2023 en un café de San Petersburgo. Ambos fueron atribuidos a células ucranianas y ambos demostraron que la inteligencia de Kiev puede penetrar el territorio ruso con una precisión que los drones no alcanzan. Aquella noche, Chaiko no era un civil cualquiera: comandaba fuerzas de tierra en el frente y su nombre figuraba en las listas de objetivos legítimos para el GUR ucraniano.

Rusia acusa sin pruebas: un clásico de la guerra de atribuciones
La dinámica es vieja. Cada vez que en en suelo ruso aparece un cadáver o estalla una bomba, la maquinaria propagandística del Kremlin señala a Ucrania, sin esperar a que la inteligencia interna termine su investigación. Lo mismo hizo el FSB con el envenenamiento de Litvinenko en 2006 en Londres, y con el ataque al exespía Serguéi Skripal en Salisbury doce años después: culpó a otros mientras los servicios británicos trazaban el polonio-210 y el Novichok hasta laboratorios rusos.
Un bombazo en el corazón de Moscú demuestra que la inteligencia ucraniana ha alcanzado la capacidad de golpear donde duele, sin necesidad de misiles.
Sin embargo, en el caso de Chaiko, la atribución no es descabellada. Ucrania ha demostrado una capacidad creciente para golpear en profundidad: desde el ataque con drones al corazón de Moscú en mayo de 2023 hasta las recientes campañas contra las refinerías rusas. Pero una cosa es un dron Shahed reprogramado y otra muy distinta es un equipo humano que activa un explosivo a metros de un general. Eso cambia el tablero de la contrainteligencia.
Dossier Moncloa: Ojos en la Sombra
En esta redacción llevamos años analizando cómo los servicios de inteligencia recurren al asesinato selectivo como herramienta de guerra. El ataque a Chaiko encaja en un patrón que exige, desde el punto de vista del oficio, tres lecturas obligadas.
Vector de ataque. Explosivo improvisado colocado en un espacio público. La carga detonó por control remoto o temporizador, según los fragmentos recogidos por los artificieros del FSB. La elección del lugar —un restaurante de carretera en la periferia de Moscú— indica que el equipo de vigilancia conocía los movimientos del comandante. Es una operación HUMINT pura, de las que el SBU ha ejecutado con medios propios o a través de células dormidas, infiltradas desde 2023.
Agencias en juego. El atacante presumible es la Dirección Principal de Inteligencia de Ucrania (GUR) o el Servicio de Seguridad de Ucrania (SBU), ambos con un historial demostrado de operaciones encubiertas en suelo ruso. El defensor es el Servicio Federal de Seguridad (FSB), responsable de contrainteligencia de de Moscú, que ha fracasado al no detectar la trama. Un detalle que me hace sospechar de una infiltración profunda: el FSB no intervino antes de la explosión, y eso es un fallo de manual.
En tercer lugar observan los aliados. La OTAN, a través de la CIA y el MI6, sigue muy de cerca cualquier operación ucraniana que demuestre alcance táctico detrás de las líneas rusas. Un ataque exitoso como este legitima, a ojos de los servicios occidentales, la doctrina ucraniana de llevar la guerra a casa del invasor.
Cuando escribí El quinto elemento, advertí de que el mundo se dirigía hacia un conflicto en la sombra donde los Estados delegarían en pequeñas unidades de inteligencia la capacidad de matar sin firma. Veo ese augurio hecho realidad en Moscú. La pregunta no es si Ucrania lo hizo, sino cómo de profundo calaron en la retaguardia rusa.
El nivel de clasificación de la información que manejó el equipo atacante —agendas personales, protocolos de seguridad del alto mando— sería al menos Secreto dentro de la doctrina del FSB. Si fue un agente doble, estaríamos hablando de información de nivel Top Secret. La filtración, por otra parte, puede haber sido electrónica: intercepción de comunicaciones (SIGINT) que reveló la cena de cumpleaños. Pero algo me dice, tras años cubriendo estas lides, que lo más probable es que hubiera un informante humano dentro del círculo de confianza del general. Una traición que, de confirmarse, dejaría al FSB temblando.
El precedente inmediato fue el asesinato del teniente general ruso Igor Kirillov en 2024, también mediante explosivos, que el SBU reivindicó discretamente. La negativa oficial de Kiev a atribuirse este nuevo ataque no despeja las dudas: forma parte del protocolo de negación plausible. No esperen un comunicado triunfal del presidente Zelenski, pero las fuentes de inteligencia consultadas por Moncloa.com apuntan que el GUR considera el golpe un éxito operativo.
Verá usted que la inteligencia no solo mata: también desgasta la moral de un ejército y, sobre todo, pone en evidencia a los sistemas de seguridad del Estado ruso. Si un general no puede celebrar su cumpleaños sin que una bomba le explote a la puerta, ¿de qué vale el supuesto blindaje antiterrorista de Moscú?
Me quedo con una certeza incómoda. La guerra entre servicios ya no se libra solo en las trincheras del Donbás sino en los bulevares de Moscú. Y el CNI, aunque a años luz de la primera línea, toma nota: la frontera sur con Marruecos es un patio de recreo para agentes durmientes; lo de Moscú podría replicarse en cualquier capital europea.

