Felipe VI recibió este jueves por la tarde en Marivent al presidente de Ceuta, Juan Jesús Vivas, en una audiencia excepcional. Fue la primera vez que un mandatario autonómico no balear es convocado al palacio mallorquín. El gesto, sin precedentes, encerraba un compromiso de Estado: «El Rey está comprometido con la visita a Ceuta y la hará, porque el Rey cumple con sus compromisos», desveló Vivas al término de un encuentro que se prolongó más de hora y media.
La reunión se produjo a petición del monarca, según confirmó Zarzuela, una semana después de la crisis migratoria del 30 de julio, cuando 72.000 personas cruzaron a nado el paso de El Tarajal. Felipe VI ya había trasladado por escrito su «gran preocupación e indignación» por los hechos. Ahora, cara a cara, sellaba su palabra de viajar a la ciudad autónoma. Sería la primera visita de un rey español en 19 años; desde que Juan Carlos I lo hiciera en 2007.
Sin embargo, el calendario de esa visita no depende de la voluntad del jefe del Estado. La Constitución, en su artículo 64, exige que todos los actos del Rey estén refrendados por el Gobierno. Moncloa, de momento, no se pronuncia. «El Gobierno no opina ni sobre los compromisos del Rey ni sobre sus viajes», se limitaron a señalar fuentes del Ejecutivo. Esa ambigüedad deja la promesa en el aire, justo cuando la frontera ceutí vive su momento más tenso en décadas.
Vivas, visiblemente afectado, describió ante los medios un escenario de «alma en vilo» para los ceutíes. «La población se siente amenazada y vulnerable. Se preguntan si volverá a ocurrir», afirmó, mientras recordaba que la soberanía de Ceuta es puesta en cuestión por Marruecos. En paralelo, la agencia oficial marroquí difundió una felicitación de Felipe VI a Mohamed VI por el Día del Trono, fechada el mismo 30 de julio, como intento de instrumentalizar la figura del monarca.
La cita en Marivent funcionó como contrapeso institucional a esa injerencia. El Rey, que siguió los acontecimientos con «indignación», quiso que Vivas sintiera el respaldo de la jefatura del Estado. La imagen en las escaleras del palacio —saludo afectuoso, semblantes serios— reflejó la gravedad del momento.
El Rey necesita el refrendo del Gobierno para viajar; un silencio que deja a Ceuta sin la visita institucional que la Corona considera necesaria.
La decisión del Ejecutivo de no mojarse se explica, en buena parte, por la relación con Marruecos. Temen que una visita real pueda ser leída en Rabat como una provocación. Así lo sugirió Vivas al señalar que «nuestra frontera está en manos de un país tercero». El Gobierno evita, por ahora, cualquier gesto que tensione aún más el vínculo diplomático. Pero ese cálculo choca con el compromiso personal del Rey y con la demanda de los ceutíes de sentirse parte del proyecto común.
La audiencia de ayer introdujo, además, un hito protocolario: ningún presidente autonómico de fuera de Baleares había sido recibido antes en Marivent. La Casa del Rey subrayó así la relevancia política del encuentro. El mensaje fue inequívoco: la Corona no se desentiende de Ceuta, aunque el camino hacia la visita oficial pase por una negociación soterrada con Moncloa.
En sus doce años de reinado, Felipe VI no ha visitado ni Ceuta ni Melilla. La princesa Leonor sí hizo escala técnica en la ciudad a bordo del buque escuela Juan Sebastián Elcano. Ahora, el monarca quiere romper esa inercia. Pero hasta que el Gobierno ponga la firma del refrendo, el acto seguirá siendo una promesa aplazada.
La Corona ante la encrucijada de Ceuta: el compromiso del Rey y los límites constitucionales
La monarquía parlamentaria sitúa al Rey como árbitro y moderador, no como poder ejecutivo. El artículo 64 de la Constitución lo sujeta al refrendo, trasladando la responsabilidad política a quien lo otorga. Ese mecanismo, diseñado para preservar la neutralidad de la Corona, se convierte en ocasiones en un freno que paraliza la acción del jefe del Estado. El caso ceutí es el ejemplo más reciente.
El compromiso verbal de Felipe VI con Vivas no tiene fuerza jurídica sin el aval del Gobierno. Pero su carga simbólica es enorme: por primera vez, un monarca expresa en público su deseo de visitar Ceuta desde hace casi dos décadas. Ese gesto, en plena crisis migratoria y con la propaganda marroquí acechando, refuerza la cohesión territorial. A la vez, evidencia la tensión entre el papel constitucional del Rey y la agenda política del Ejecutivo.
La prudencia de Moncloa responde a una ecuación de política exterior que prioriza las relaciones con Rabat. Sin embargo, la Corona maneja otra ecuación: la de la legitimidad afectiva con los ciudadanos de las ciudades autónomas. Ceuta no es un problema, como enfatizó Vivas, sino parte de España. Y la visita del monarca, cuando se produzca, será la constatación de esa pertenencia.
La duda que sobrevuela Marivent es cuándo. Mientras el Gobierno no mueva ficha, el viaje seguirá siendo un horizonte sin fecha. La Casa del Rey, fiel a su discreción, no presionará en público. Pero el mensaje de ayer fue claro: Felipe VI ha empeñado su palabra. Y, como recordó el presidente ceutí, «el Rey cumple con sus compromisos».
Claves del Protocolo y Estado
- Contexto del acto: La audiencia en Marivent responde a la crisis migratoria del 30 de julio y busca transmitir respaldo institucional a Ceuta. Es la primera vez que un presidente autonómico no balear es recibido en el palacio de verano.
- El detalle de protocolo: La falta de refrendo del Gobierno impide que la visita real se produzca de inmediato. El encuentro en Palma fue un gesto excepcional para sortear esa limitación sin vulnerar la Constitución.
- Próximos pasos: La promesa del Rey depende de que Moncloa autorice el viaje. No hay fecha confirmada, pero el compromiso verbal ya está sobre la mesa y Vivas confía en que se materializará.
