Camilo José Cela, el Nobel que retrató la posguerra en «La colmena»

Camilo José Cela publicó La colmena en Buenos Aires en 1951 después de que la censura franquista rechazara la obra en España. La edición española no llegó hasta 1963, y el autor recibió el Premio Nobel de Literatura en 1989.

El café de doña Rosa huele a café barato, a tabaco frío y a brasero de picón. Fuera, Madrid se cubre de una niebla sucia. Dentro, toda clase de gente se sienta a esperar que pase la tarde. Así es el mundo que abre Camilo José Cela en La colmena, la novela que publicó en 1951 en Buenos Aires porque la censura franquista le había negado el permiso en España. No hay un héroe, ni una trama limpia, ni una lección final. Hay, más bien, un hormigueo de voces que se cruzan, se desean, se roban y se apiadan en el Madrid de la posguerra.

«nadie va a salir indemne. A partir de ahí, Cela despliega un tapiz de tres días de invierno de 1942 en el que caben oficinistas con hambre, prostitutas de La Corrala, novios que no terminan de casarse, intelectuales que malviven y un espejo que devuelve una ciudad endurecida».

Capítulo I: El café que lo explica todo

El café de doña Rosa no es un decorado. Es la trinchera donde la ciudad se refugia del frío y de la calle. En sus mesas se cuecen negocios de poca monta, se firman promesas imposibles y se mastica la escasez con una dignidad hecha de gestos. Cela no moraliza: retrata. Muestra a Martín Marco, el poeta que no acaba de ganarse la vida, y a una galería de vidas que se rozan sin llegar a conocerse del todo. La colmena, como su título anuncia, funciona por acumulación: cientos de pequeñas celdas que forman un organismo mayor.

El Madrid de 1942 es una ciudad de niebla y bolsillos vacíos. La guerra ha terminado hace apenas tres años, pero las cartillas de racionamiento todavía organizan el hambre. El estraperlo alimenta a unos y hunde a otros. Los expedientes de censura, cuando se conservan, suelen decir más por lo que tachan que por lo que autorizan. En ese paisaje de alambre y sabañones, la novela de Cela se lee hoy como una partida de defunción de la pureza literaria: aquí no hay evasión posible.

Capítulo II: Un gallego roto por la guerra

Camilo José Cela Trulock había nacido en Iria Flavia, junto a Padrón, el 11 de mayo de 1916. Creció en una Galicia húmeda y marinera, con un padre campesino enriquecido y una infancia de mar y silencio. Luego llegó Madrid, la guerra y una biografía llena de contradicciones que el propio escritor nunca se molestó en limpiar. La posguerra lo encontró escribiendo con una mezcla de rabia y precisión. En 1942 había publicado La familia de Pascual Duarte, una novela violenta que desconcertó a los lectores de su tiempo y asentó un nombre nuevo en la narrativa española.

La colmena fue el siguiente salto. Cela llevaba años observando los cafés, las pensiones, las casas de vecindad y las aceras de una capital herida. No quiso escribir una historia con principio, nudo y desenlace. Prefirió levantar un friso de personajes que entran y salen, como en la vida real, sin explicar del todo de dónde vienen ni adónde van. Aquel método resultó incómodo para la maquinaria editorial del régimen. El novelista aprendió pronto que retratar la miseria con tanta exactitud podía resultar más peligroso que una soflama.

La colmena de Cela

Capítulo III: La novela que viajó al exilio

La censura franquista rechazó La colmena y cerró la puerta a su edición en España. Cela, que por entonces ya conocía los usos de la burocracia, envió el manuscrito a América. La editorial bonaerense Emecé la imprimió en 1951 y la distribuyó lejos del control peninsular. Los ejemplares entraron después en España mediante cauces casi clandestinos, de mano en mano, como tantos libros de aquella época. La novela era demasiado cruda, demasiado viva y demasiado triste para los despachos que vigilaban el papel impreso.

Hubo que esperar hasta 1963 para ver una edición española. Para entonces, La colmena ya era una leyenda subterránea. El tiempo ha dado la razón al texto: la prohibición no lo apagó, sino que lo convirtió en una pieza cargada de prestigio. Los archivos de la censura guardan silencios elocuentes, y el episodio editorial forma parte hoy del propio andamiaje de la novela. Cada edición, cada prólogo, cada estudio recuerda que aquella historia de posguerra nació fuera de su país.

La colmena de Cela

Capítulo IV: El Nobel y la Academia

El reconocimiento internacional le llegó a Cela en 1989, cuando la Academia Sueca le concedió el Premio Nobel de Literatura. Tenía entonces setenta y tres años y una obra vasta, polémica y traducida. En la ceremonia de Estocolmo leyó un discurso titulado Elogio de la fábula. En él defendió la invención como una forma de verdad: el fabulador no falsea, compone con la realidad un artefacto más hondo que el dato. No era una idea nueva, pero sonaba distinta viniendo de un autor que había atravesado la censura y la dictadura con la pluma siempre afilada.

Para entonces, Cela ocupaba desde 1957 el sillón Q de la Real Academia Española y había acumulado una autoridad indiscutible. Años después sumaría el Premio Príncipe de Asturias de las Letras en 1987, el Premio Cervantes en 1995 y el marquesado de Iria Flavia en 1996. También había sido senador en las primeras Cortes democráticas. Su figura nunca fue cómoda. Su lengua viperina, sus provocaciones y sus silencios en asuntos que otros habrían explicado lo mantuvieron en el centro de todas las polémicas. El Nobel no lo domesticó.

La colmena de Cela

Capítulo V: La posteridad de una colmena

La novela encontró una segunda vida en las aulas, en el cine y en las rutas literarias de la capital. La adaptación que Mario Camus estrenó en 1982 fijó en imágenes aquel Madrid de pensiones y cafeteras. La ciudad, entretanto, ha cambiado decenas de veces: la niebla de 1942 ya no es la misma, y las cartillas de racionamiento han quedado en los archivos. Pero la novela sigue viva porque no cuenta la posguerra desde los despachos, sino desde la calle. Recoge el pulso de la gente menuda: los que no firman decretos, sino vales de empeño.

La colmena es, ante todo, un mosaico de carateres a la intemperie. Cada lector encuentra en sus páginas una voz distinta, un rincón de aquella ciudad espectral que Cela iluminó con una prosa seca y piadosa a un tiempo. El café de doña Rosa, con su café recalentado y sus conversaciones a media voz, permanece como un lugar real en la memoria de quienes no lo pisaron nunca.

Hoy, La colmena se sigue reeditando y el Nobel de 1989 sigue asociado, por justicia, a la novela que nació en el exilio. El Madrid de Cela ya no es el de los hambrientos. Pero en cada página queda un olor a brasero, a tabaco barato y a frío que no prescribe.