El Pentágono cesa a la cúpula de Stars and Stripes por denunciar injerencias del Gobierno en su línea editorial. La purga se produce en plena guerra de Irán y evidencia un giro autoritario en la gestión de la prensa militar estadounidense.
Qué ha pasado en Stars and Stripes: una purga con nombres y apellidos
La cabecera, fundada en 1861 durante la Guerra Civil estadounidense, es una de las más antiguas en activo y alcanza a 1,4 millones de lectores diarios entre su edición digital y sus tiradas en el extranjero. Aunque recibe fondos del Pentágono, la legislación estadounidense exige que mantenga independencia editorial. Más contexto en la entrada de Stars and Stripes en Wikipedia.
El redactor jefe, Erik Slavin; el editor responsable, Max Lederer; y la reportera de Oriente Próximo, Lara Korte, recibieron el viernes una notificación de cese por insubordinación. La decisión se comunicó tras una entrevista en CBS en la que los periodistas criticaron la presión del Pentágono para eliminar lo que la institución llama ‘distracciones woke que minan la moral’.
Slavin dijo a AP que fue despedido ‘por afirmar en una entrevista de CBS que una hipotética censura de noticias para los militares constituiría una línea roja’. Y añadió: ‘Mantengo el principio de que Stars and Stripes debe permanecer editorialmente independiente, tal como exigen la ley y las propias normas del departamento’. La mayoría de los despidos se ha concentrado en la cúpula editorial de Stars and Stripes.
Korte, que participó en la misma entrevista el mes pasado, escribió en X que fue cesada tras decir a CBS que trabajaba para Stars and Stripes y ‘no para el Pentágono, ni para ninguna administración ni para ningún responsable político’. Lederer, que llevaba 19 años al frente de la publicación y tenía previsto jubilarse en septiembre, dejó escrito en su carta de dimisión del martes que su visión del ‘valor y la misión’ del periódico difería ‘de manera fundamental’ de los planes de la cúpula del Pentágono.
La defensora del lector, Jacqueline Smith, había sido despedida en enero tras publicar un artículo crítico con las restricciones de prensa del Pentágono. Posteriormente demandó al Departamento de Defensa alegando que su cese fue una represalia. Stars and Stripes fue de los primeros medios en informar del deterioro de las condiciones de vida y la baja moral a bordo del portaaviones USS Abraham Lincoln, que operó más de 200 días cerca de Irán sin tocar puerto.
El control de la narrativa militar no se ejerce solo con tijeras: se ejerce con ceses, con amenazas y con la gestión del miedo a publicar.
De la censura a la batalla cultural: el Pentágono y la guerra de Irán

La ofensiva contra Stars and Stripes no ocurre en un vacío informativo. El presidente Donald Trump ha acusado repetidamente a los medios de difundir ‘noticias falsas’. El secretario de Defensa, Pete Hegseth, ha prometido expulsar la ‘cultura woke’ de las Fuerzas Armadas y recuperar lo que llama el ‘espíritu guerrero.
En julio, los periodistas de la cabecera criticaron la orden de eliminar ‘distracciones woke’ y los cambios normativos que debilitaban las garantías de independencia. Slavin explicó entonces que a su equipo se le prohibió publicar noticias de agencias de pago como AP, lo que dificultaba cubrir la información de última hora.
El rotativo también ha informado de escasez de municiones y publicó este mes un artículo de opinión del teniente coronel retirado Daniel L. Davis, que sostiene que ‘la guerra de Estados Unidos contra Irán ya se ha perdido a nivel estratégico’. Ese tipo de cobertura incomoda al mando.
Equilibrio de Poder
La lectura estratégica de la destitución va más allá del caso. Washington está normalizando una doctrina según la cual la prensa sufragada con dinero público es una herramienta de guerra, no un contrapeso. La administración Trump considera que la cobertura crítica de la campaña contra Irán socava la moral de las tropas y la cohesión interna. Para Moscú, el episodio es oro propagandístico: RT lo difunde como prueba de la hipocresía occidental, mientras el Kremlin mantiene un férreo control sobre sus propios medios. Bruselas no lo dice en voz alta, pero observa con preocupación: si el principal aliado de la OTAN erosiona la independencia de su prensa militar, la alianza pierde parte de su piso moral.
Para España, el impacto directo es menor, pero la advertencia es pertinente. Los medios públicos y de defensa españoles operan bajo mandato parlamentario, y la tentación de control gubernamental en tiempos de crisis no es exclusiva de Washington. La frontera sur, con Marruecos y el Sahel como escenarios sensibles, exige una prensa militar que pueda informar de fallos sin miedo a represalias. El precedente del Pentágono en 2026 podría convertirse en coartada para futuros recortes de transparencia en democracias europeas.
A cinco o diez años vista, el riesgo es que Stars and Stripes deje de ser un periódico de servicio para convertirse en boletín oficial. La administración ha demostrado que los ceses selectivos bastan para disciplinar redacciones: no hace falta prohibir una noticia si se puede despedir a quien la publica. La próxima prueba llegará con la evolución de la campaña contra Irán y con la demanda de Smith contra el Pentágono. El Congreso tiene ahora la llave: la financiación de Stars and Stripes se debate cada año, y el control editorial puede colar por la vía presupuestaria.

