Cuando José Augusto Trinidad Martínez Ruiz estampó por primera vez la palabra «Azorín» al pie de un artículo de prensa, no firmaba todavía un seudónimo: firmaba el nombre de un personaje. Había inventado a Antonio Azorín en dos novelas que hoy se leen como avisos de lo que estaba por llegar. Aquella firma breve, sin apellidos, terminó devorando al joven de Monóvar que la estampaba. La literatura española del primer tercio del siglo XX ganaba con ella una de sus voces más personales y menos ruidosas.
Capítulo I: El personaje devora al autor
José Augusto Trinidad Martínez Ruiz nació en Monóvar, Alicante, el 8 de junio de 1873, en el seno de una familia acomodada y conservadora. Su padre ejercía la abogacía. El niño pasó por el colegio de los Padres Escolapios de Yecla, un internado de pasillos largos, disciplina severa y silencio que después flotaría en algunas de sus páginas más ajustadas. Aquel mundo de provincias, con su rutina y sus campanas, fue la primera escuela de observación de un escritor que haría de la lentitud un método.
Estudió Derecho en Valencia, se movió por Granada y terminó en Madrid, donde la universidad le importó menos que las redacciones. Para entonces ya publicaba crónicas y artículos con seudónimos de combate, entre ellos Cándido o Ahrimán. En 1902 apareció La Voluntad, novela en la que un joven llamado Antonio Azorín intenta pensar contra su tiempo. En 1903, con Antonio Azorín, aquel personaje regresó como quien ocupa ya un sitio propio. Un año después, el autor decidió fundirse con su criatura: Las confesiones de un pequeño filósofo salió firmada por Azorín a secas. La operación quedó sellada.
El nombre era breve, sonoro y español. Servía para un programa estético y para una actitud moral. A partir de entonces, José Martínez Ruiz continuó existiendo en los registros civiles y en las nóminas, pero en los periódicos y en los libros mandaba Azorín.
Capítulo II: El ruido del desastre
El horizonte no invitaba al sosiego. En 1898 España perdió Cuba, Puerto Rico y Filipinas; el Tratado de París se firmó el 10 de diciembre de aquel año. Azorín tenía veinticinco años y ya había tocado el periodismo radical. Su firma apareció en cabeceras como El Progreso, El Imparcial o la revista Alma Española. No era un espectador lejano: era uno de los jóvenes que opinaban sobre la derrota en tertulias y redacciones.
La Generación del 98 no se llamó así en 1898. Aquello era un estado de ánimo, una herida colectiva y un puñado de escritores que rondaban los mismos cafés. Miguel de Unamuno, Pío Baroja, Ramiro de Maeztu, Ramón María del Valle-Inclán y Antonio Machado compartieron época, ruido y descontento. Parecían más bien un elenco de individualidades a la contra que una escuela con manifiesto. El nombre llegó más tarde, cuando Azorín decidió poner orden en la memoria.

Capítulo III: El bautismo de una generación
En febrero de 1913, el diario ABC publicó una serie de artículos firmados por Azorín con un título que no necesitaba más explicación: «La generación de 1898». Aquel material se recogió ese mismo año en el libro Clásicos y modernos. Azorín no inventó a los escritores, pero les puso la cartela.
La jugada era literaria y provocadora. Agrupar bajo una etiqueta a temperamentos tan dispares resultó discutible desde el primer día. El propio Baroja se pasó la vida negando aquella clasificación. Aun así, la fórmula hizo fortuna en la prensa, en los manuales y en la conversación. Con el tiempo resultó difícil hablar de la crisis del 98 sin recurrir a la etiqueta que Azorín dejó fijada en letra impresa.
El término funcionó porque unía una fecha compartida con un cambio de sensibilidad. No era una escuela estética cerrada, sino una manera de leer la España posterior al imperio. Azorín lo explicó sin aspavientos: literatura, historia y vida cotidiana cabían en el mismo renglón.

Capítulo IV: La estética de lo pequeño
Azorín construyó un estilo inconfundible: frases cortas, adjetivos exactos, una atención casi de relojero por los pueblos, los caminos y las vidas anónimas. En Los pueblos, de 1905, miró la España rural sin condescendencia. En La ruta de Don Quijote, también de 1905, un encargo periodístico convertido en libro, siguió los itinerarios del Caballero. En Castilla, de 1912, alcanzó su mejor tono.
Allí dejó una de sus frases más citadas: «Vivir es ver volver». No era una boutade metafísica, sino una manera de entender el tiempo. En los breves ensayos de Castilla, un balcón, una ciudad y un paseante bastan para sostener una idea entera de la existencia. La prosa no grita; observa, compara y deja que las cosas aparezcan.
La Real Academia Española lo eligió en 1924, aunque no leyó su discurso hasta 1943, en plena posguerra. Para entonces su nombre estaba ya en todas las antologías. Su influencia sobre el periodismo literario y el ensayo breve fue inmensa. En Clásicos y modernos, Los valores literarios y Al margen de los clásicos dejó un modo de leer a los clásicos españoles sin solemnidad de manual.

Capítulo V: El anciano de Monóvar
Azorín vivió hasta el 2 de marzo de 1967. Murió en Madrid, con noventa y tres años cumplidos, convertido en un superviviente de una literatura que había nacido con el desastre y envejecido con él. Su pueblo, Monóvar, guarda hoy la casa-museo y la biblioteca personal del escritor.
Aquel pequeño filósofo había logrado lo más difícil: dar nombre a una conversación colectiva. La etiqueta tiene lagunas, pero sigue ahí, medio siglo después, tan discutida como viva. Si la Generación del 98 fue una invención, fue una invención con la que todavía pensamos.

