Ceuta, Ucrania y Palestina avivan el debate sobre la política en el fútbol español

La imagen de Vinicius Júnior, Kylian Mbappé e Ibrahima Konaté entrando al césped del Martínez Valero con la camiseta de apoyo a Ceuta enrollada hasta ocultar buena parte del mensaje ha abierto un debate que va mucho más allá de una prenda deportiva. Los tres jugadores del Real Madrid evitaron mostrar con claridad el lema «Todos somos caballas», promovido en el marco de una campaña de solidaridad con la ciudad autónoma, y se la quitaron antes que el resto de sus compañeros. La escena fue interpretada por algunos sectores como una falta de respeto a Ceuta y por otros como el ejercicio de una decisión personal ante un mensaje que consideraban políticamente cargado.

El Real Madrid respaldó la iniciativa, pero defendió la libertad de sus futbolistas para decidir cómo participar. Mbappé explicó después a AS que sentía solidaridad con Ceuta, pero que no quería priorizar el sufrimiento de sus habitantes sobre el de los inmigrantes que también padecen situaciones extremas y recordó las 145 muertes de migrantes de las que casi nadie parece acordarse. La controversia se ha centrado en el gesto de los tres jugadores, mientras que el presidente de LaLiga, el ultraderechista Javier Tebas, criticó su actitud por no mostrar correctamente la camiseta.

La campaña había sido promovida por la conservadora Asociación Valenciana de Empresarios y contaba con el apoyo de LaLiga y de varios clubes. El mensaje «Todos somos caballas» hacía referencia al apodo de los habitantes de Ceuta y pretendía expresar respaldo a la ciudad tras la crisis migratoria del verano. El Barcelona no participó en la iniciativa.

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¿Por qué quieren decir politización cuando quieren decir izquierdofobia?

La reacción a lo ocurrido resulta reveladora por el modo en que se aborda la política en el fútbol español. No porque los futbolistas deban ser obligados a secundar cualquier campaña, sino porque la controversia suele alcanzar una intensidad particular cuando una expresión política afecta a la unidad territorial del Estado o a una idea determinada de España. En esos casos, el debate deja de centrarse en la libertad individual del jugador y pasa a examinar su patriotismo, su compromiso con el país o su supuesta falta de respeto a los españoles.

El contraste se aprecia en otros episodios recientes. Cuando los jugadores de la selección española cantaron «Gibraltar español», la prensa madrileña tiende a tratarlo como una manifestación de orgullo nacional o como una escena festiva del fútbol. No se aplicó con la misma intensidad la exigencia de neutralidad que se plantea cuando un jugador decide no exhibir una camiseta de apoyo a Ceuta. La diferencia no está en la existencia de una dimensión política, sino en qué tipo de nacionalismo se considera aceptable.

La misma lógica aparece en el debate sobre el Barcelona y el procés. Durante los años del proceso independentista catalán, la implicación política del club y las expresiones de sus jugadores fueron objeto de una atención intensa por parte de los medios de Madrid. El fútbol se convirtió en uno de los escenarios de la disputa territorial. Sin embargo, las críticas a la politización del deporte no siempre se han extendido con la misma fuerza a las expresiones de españolismo de clubes, jugadores o aficionados.

Dos varas de medir: Ucrania y Palestina

La solidaridad internacional ofrece otro ejemplo. LaLiga ha promovido iniciativas de apoyo a Ucrania desde la invasión rusa, con mensajes institucionales y acciones vinculadas a los partidos. Esa solidaridad fue presentada como una respuesta humanitaria ante una agresión militar.

Ceuta
Huellas del genocidio de Gaza. Foto: EP.

La pregunta que surge ahora es por qué una organización que puede adoptar posiciones públicas ante un conflicto internacional no ha desarrollado una respuesta comparable ante la situación de Palestina, donde las denuncias de graves violaciones del derecho internacional y de crímenes de guerra han generado una movilización social de alcance mundial. El debate sobre la posición de LaLiga respecto al genocidio de Palestina no puede resolverse simplemente con la afirmación de que el fútbol debe ser neutral: la organización ya ha demostrado que puede intervenir en asuntos políticos y humanitarios.

La cuestión no es exigir que todos los jugadores o clubes apoyen la misma causa. Al contrario, la libertad de conciencia debe ser compatible con la posibilidad de que las instituciones deportivas expresen solidaridad. Pero esa libertad pierde credibilidad cuando se convierte en un argumento selectivo.

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Si se defiende el derecho de los futbolistas a no participar en una campaña de apoyo a Ceuta, también debe defenderse su derecho a no participar en una campaña sobre Ucrania, Palestina o cualquier otro conflicto. Y si se considera legítimo que una organización deportiva tome posición ante una guerra, debe poder explicar por qué decide hacerlo en unos casos y no en otros.

La reacción a las camisetas de Ceuta también revela la dificultad de separar solidaridad y política en un deporte que se ha convertido en una plataforma de comunicación de primer orden. El fútbol mueve audiencias masivas, concentra identidades colectivas y tiene una capacidad extraordinaria para convertir cualquier gesto en un mensaje.

Los clubes lo saben y utilizan las camisetas, los brazaletes y los homenajes para transmitir valores, reforzar vínculos con sus aficionados y construir una imagen pública. El problema no es que lo hagan, sino que pretendan presentar unas iniciativas como humanitarias y otras como políticas en función de su contenido.

En este contexto, la decisión de Vinicius, Mbappé y Konaté merece ser analizada sin convertirla en una prueba de lealtad nacional. La solidaridad con Ceuta no debería exigir la adhesión a una interpretación política concreta de la crisis migratoria, del mismo modo que la solidaridad con Ucrania no obliga a respaldar todas las decisiones de los gobiernos implicados. Un futbolista puede sentir empatía por las víctimas de una tragedia y, al mismo tiempo, discrepar de la forma en que una institución presenta el conflicto.

El fútbol español necesita un debate menos condicionado por la identidad territorial. La politización del deporte no desaparece cuando se cantan consignas nacionales, se reivindica Gibraltar o se apoya una causa internacional. Simplemente cambia de signo. Lo que debe exigirse a clubes, federaciones, ligas y medios de comunicación es coherencia: respeto a la libertad individual de los jugadores, transparencia sobre las campañas institucionales y una misma exigencia de responsabilidad cuando el fútbol se convierte en un altavoz político.