EN 30 SEGUNDOS
- ¿Qué ha pasado? El Washington Post asegura que el registro público de bajas del Pentágono omite hasta cinco militares muertos en la guerra con Irán. La base oficial, el DCAS, da 18 nombres; cinco fuentes militares hablan de al menos 22 y una sexta eleva la cifra a 23.
- ¿Quién está detrás? El Departamento de Defensa y su secretario de Guerra, Pete Hegseth, que ha negado el reportaje con un mensaje en X. El diario estadounidense cita fuentes militares anónimas y datos internos no publicados.
- ¿Qué impacto tiene? Abre un frente político a seis semanas de las legislativas de noviembre, con el coste declarado de la guerra en 43.600 millones de dólares y una moción para destituir a Hegseth ya registrada en la Cámara.
El Pentágono sostiene que 18 militares estadounidenses han muerto en la guerra con Irán desde el 28 de febrero. El Washington Post publicó este viernes que el registro oficial omite hasta cinco bajas y que la cifra real se sitúa en 22, quizá 23. El secretario de Guerra, Pete Hegseth, ha respondido en X con dos palabras: ‘completa MENTIRA’.
Una lista oficial con 18 nombres y dos ausencias que nadie explica
El diario estadounidense, que cita cinco fuentes militares, sostiene que al menos 22 uniformados han fallecido desde el inicio de las hostilidades. Una sexta fuente eleva el total a 23. No todas esas muertes estarían vinculadas de forma directa a los combates, según la misma información, pero sí corresponden a personal desplegado en Oriente Próximo durante la guerra. A la cuenta se suman tres contratistas estadounidenses fallecidos en la región desde que arrancaron las operaciones.
Dos nombres concretos ilustran el desfase. El sargento Devin Seibel murió el 31 de mayo en un accidente de instrucción en Irbil Irak. El comandante Sorffly Davius falleció el 6 de marzo en Kuwait por una emergencia médica no especificada. Ninguno de los dos figura en el DCAS, el sistema con el que el Pentágono publica sus bajas, pese a que ambos estaban destinados en bases atacadas por fuerzas iraníes.
Ya en julio hubo un episodio parecido. En pleno alto el fuego después fallido, el Pentágono retiró temporalmente cuatro muertes de su listado público: tres militares fallecidos en un ataque con misiles iraníes contra una base estadounidense en Jordania y un cuarto que murió al día siguiente durante la detonación controlada de un dron iraní en Irak. La institución atribuyó la desaparición a un error de procesamiento de datos cuando el Congreso exigió explicaciones. Las cuatro bajas reaparecieron después junto a otros 207 heridos, eso sí, bajo el epígrafe de Overseas Contingency Operations y no bajo el de Operation Epic Fury, el nombre oficial que la Administración Trump da a la guerra.
Hegseth no ha dado margen a la interpretación. ‘Esto es ASQUEROSO y FALSO. Una completa MENTIRA. Vergüenza debería darle al Washington Post: son peores que los medios estatales iraníes’, escribió en su cuenta de X el viernes 18 de septiembre. El Pentágono, por su parte, declinó responder a las preguntas del diario sobre las discrepancias y no ha aclarado si la diferencia responde a un intento de minimizar el coste humano o a un problema de clasificación administrativa.
Una guerra que se libra con misiles y drones se pierde también en la contabilidad de sus muertos, y ahí el Pentágono lleva meses perdiendo.
El coste de la guerra y la factura electoral de noviembre
La polémica por las bajas aterriza en el peor momento posible para la Casa Blanca. Según las cifras que el CENTCOM ha trasladado al Congreso, la guerra acumula un coste de 43.600 millones de dólares hasta el 3 de septiembre, de los cuales 28.100 millones corresponden a munición consumida. El total no incluye los daños materiales en bases estadounidenses repartidos por ocho países de Oriente Próximo.
La opinión pública se ha girado contra el conflicto. Una encuesta de Reuters e Ipsos publicada en septiembre sitúa el apoyo a la gestión de Trump sobre Irán en el 28%, frente a un 62% de desaprobación. El precio de la gasolina, camino de los 5 dólares por galón, se ha convertido en munición electoral para los demócratas, que han prometido investigar la gestión de las notificaciones de bajas si recuperan la mayoría.
En el flanco republicano también hay grietas. La mayoría de la Cámara ha bloqueado las resoluciones contra la guerra, pero varios legisladores del partido han respaldado iniciativas bipartidistas para invocar los límites que fija la Ley de Poderes Bélicos de 1973 o para cortar la financiación del conflicto. El representante Thomas Massie, de Kentucky, ha forzado esta semana una votación en la Cámara para destituir a Hegseth, alegando precisamente que violó esa norma al sostener hostilidades sin autorización del Congreso.
Trump, mientras, juega con el calendario. Ha declarado a Axios que afronta ‘una gran decisión’ sobre si reanudar las operaciones de combate a gran escala para cerrar el conflicto, y ha dicho a los periodistas que la guerra terminará probablemente justo después de las legislativas. Enfrente, Teherán no da señales de ceder: el presidente del Parlamento y jefe negociador, Mohammad Bagher Ghalibaf, ha advertido de una represalia ‘más rápida, más pesada y más dolorosa’. El viernes, la República Islámica presentó una nueva fuerza de voluntarios y el jefe de los IRGC, la Guardia Revolucionaria, Hassan Hassanzadeh, aseguró a la televisión estatal que más de 600.000 personas se han inscrito y que espera superar el millón.
Nadie en el Pentágono sostiene ya que la operación sea sostenible a este ritmo. Altos mandos militares advirtieron a Hegseth el mes pasado de que una campaña prolongada contra Irán es insostenible, según las fuentes citadas por el Washington Post. Y ahí está el nudo del asunto: si la guerra se cierra por razones electorales y no por razones militares, la contabilidad de bajas será lo menos grave que se revise en los próximos meses.
Equilibrio de Poder
Lo que observamos es un patrón que se repite en todas las guerras largas de Estados Unidos desde Vietnam: la contabilidad de bajas deja de ser un ejercicio administrativo y se convierte en un instrumento político. En Vietnam, el body count se usó como métrica de progreso hasta que la métrica se comió la credibilidad del mando. El caso Tillman —el sargento Pat Tillman, muerto por fuego propio en Afganistán en 2004 y presentado durante días como baja en combate— marcó un antes y un después en la relación entre el Pentágono y la prensa estadounidense. Dos décadas después el mecanismo es idéntico; solo cambia la plataforma.
A Moscú le basta con dejar hacer. Cada semana que Washington dedica a Irán es una semana que no dedica a Ucrania ni al Indo-Pacífico, y el desgaste presupuestario del Pentágono reduce el margen para sostener el flujo de ayuda a Kiev. Bruselas, en cambio, mira con inquietud a una Administración que presume de transaccionalidad y que ahora necesita cerrar el frente iraní cuanto antes para no llegar a noviembre con la gasolina a cinco dólares. La pregunta que planea en las cancillerías europeas es si ese repliegue se traducirá en menos presión sobre Teherán o en un vacío que deje el Golfo en manos de Irán y de sus proxys.
Para España, la consecuencia es indirecta pero tangible. Las bases de Rota y Morón, con los cuatro destructores AEGIS asignados al dispositivo estadounidense en el Mediterráneo y el Atlántico oriental, forman parte de la arquitectura que sostiene la presión sobre Irán. Un cierre precipitado de la guerra reordena ese despliegue y obliga a Moncloa a recalcular su aportación a la OTAN justo cuando el debate del 5% del PIB sigue abierto. A eso se suma el efecto energético: cada dólar que sube el barril por el riesgo en Ormuz se traduce en inflación importada para una economía que depende del crudo ajeno, y en menos aire para la frontera sur, donde el Sahel sigue siendo el agujero negro de la seguridad europea.
El riesgo inmediato tiene fecha. Las legislativas estadounidenses del 3 de noviembre funcionan como horizonte de todo el tablero: la Casa Blanca quiere cerrar la guerra antes, Teherán quiere que llegue con Trump debilitado y el Congreso quiere saber cuántos muertos ha costado antes de votar. Nadie en el Pentágono ha explicado todavía por qué dos militares fallecidos en bases atacadas por Irán no aparecen en su base de datos pública. Esa es la pregunta que Hegseth no ha respondido con insultos, y la que seguirá abierta cuando pase el ruido de X.

