El consumo de carbón alcanzará un récord de 8.940 millones de toneladas en 2026, según la AIE, que un año antes anticipaba su declive: la crisis energética del Estrecho de Hormuz ha reabierto la puerta al combustible más sucio.
Del declive anunciado al récord: qué ha cambiado en doce meses
Vamos a los datos, porque el giro merece contexto. En 2025, la Agencia Internacional de la Energía certificó que la demanda global del combustible fósil más contaminante se había estancado y estaba a punto de bajar. Doce meses después, el organismo proyecta un máximo histórico de 8.940 millones de toneladas métricas para el ejercicio en curso. Los titulares hablaron de regreso. La realidad es más incómoda.
El detonante tiene nombre geográfico: el Estrecho de Hormuz. La guerra con Irán estranguló una parte relevante del suministro mundial de petróleo y gas y empujó al mundo a una crisis energética de manual. Muchos países tiraron del carbón como sustituto de emergencia. La explicación de Daan Walter, responsable de investigación estratégica sobre el futuro de la energía en el think tank Ember, es casi tautológica: el carbón sube porque el gas baja.
Ojo con la etiqueta. Christine Shearer, analista de carbón de Global Energy Monitor —la plataforma que rastrea plantas de carbón y otros proyectos energéticos—, introduce el matiz imprescindible: no es lo mismo un repunte pequeño de corto plazo que un resurgimiento genuino de la industria. La distinción no es semántica. Es la diferencia entre un bache y una tendencia.
Y el combustible importa. El carbón es la fuente de electricidad más sucia: libera más carbono y más contaminantes atmosféricos por unidad de energía generada que el petróleo o el gas natural. Por eso casi todos los países acordaron en la conferencia climática de Glasgow, hace cinco años, una fase de declive del carbón, el célebre ‘phase down’. Ese compromiso sigue escrito.
El dinero, sin embargo, se movió en otra dirección. En junio de 2026 la propia AIE señaló que la inversión en carbón había alcanzado su nivel más alto en 14 años. Con ese viento, mineras y políticos de derecha han convertido la crisis en argumento comercial.
Un repunte de demanda por un shock de gas no es una estrategia energética: es una factura ambiental que pagará quien no estaba en la sala.
La letra pequeña: dos proyectos nuevos no son un renacimiento

Conviene bajar al detalle concreto, porque ahí se ve el tamaño real del fenómeno. En el estado australiano de Queensland, su primer ministro, David Crisafulli, dijo que vería con buenos ojos propuestas de nuevas centrales de carbón para alimentar los centros de datos de inteligencia artificial de Anthropic. En Alberta (Canadá), la minera Northback trabaja para reabrir una explotación que llevaba casi 60 años cerrada, apoyándose en proyecciones de que el mundo necesitará carbón la próxima década.
Es el ‘sugar rush’ que describe Walter: todos entran a la vez con planes de negocio que considera imprudentes. El problema del azúcar es que el bajón llega. Y puede llegar antes de que esos proyectos estén terminados.
📊 Impacto ecológico en cifras
- Consumo récord: 8.940 millones de toneladas de carbón proyectadas para 2026, el nivel más alto registrado.
- Inversión en carbón: máximo de los últimos 14 años, según la AIE en junio de 2026; importe no detallado en la fuente.
- Alternativa limpia desplegada: India ha cuadruplicado su capacidad renovable hasta unos 300 GW en una década.
- Combustible sustituido: parte del gas natural recortado por el bloqueo del Estrecho de Hormuz, no una demanda estructural nueva.
La otra mitad de la historia incomoda a los entusiastas del carbón. El mismo encarecimiento del petróleo y el gas ha empujado a los países hacia las renovables y la tecnología limpia, y puede haber dañado de forma permanente la demanda de crudo. El ataque de febrero de 2026 —Trump e Israel contra Irán— disparó los precios hasta niveles que algunos analistas compararon con aplicar un impuesto al carbono. Fue el segundo shock petrolero en cuatro años, tras la invasión rusa de Ucrania en 2022.
Con esa volatilidad, la eólica y la solar se leen como una póliza de seguro más barata que importar fósiles. La demanda eléctrica crece por los centros de datos de IA y por más aire acondicionado con temperaturas al alza, pero buena parte de ese aumento lo cubren ya las renovables. El Fondo Monetario Internacional señaló en un informe de octubre que el despliegue limpio ha amortiguado el shock y advirtió de que el mundo se acerca a los límites de su capacidad de resistencia.
La respuesta inmediata a una crisis energética puede ser quemar más fósil; la respuesta estructural es dejar de depender de él.
India: más carbón este año, 300 GW renovables en una década
India resume mejor que nadie la contradicción. El responsable de su sector eléctrico advirtió hace unos días que el país podría verse obligado a añadir mucha más potencia de carbón de la prevista, por la subida de la demanda y una generación hidroeléctrica más débil por el monzón flojo. Es la foto del corto plazo.
La otra foto es la de la década: el país ha cuadruplicado su capacidad renovable hasta unos 300 GW, lo que le sitúa por delante del calendario para cumplir sus objetivos climáticos del Acuerdo de París.
Para Walter, el carbón está ganando peso dentro del pastel fósil, pero ese pastel pierde tamaño frente al resto de fuentes. Su comparación es difícil de olvidar: es el hombre más poderoso del Titanic. Se disfruta un par de horas y después uno se hunde con el barco.
Análisis: rectificar una proyección no cambia la dirección del viaje
Hay un precedente que ordena la lectura. El shock de 2022, con la invasión rusa de Ucrania, ya empujó a quemar más fósil mientras se aceleraba el despliegue renovable. La respuesta de emergencia y la respuesta estructural rara vez coinciden en el calendario. Lo que ocurre en 2026 responde a la misma lógica: el gas se encarece, el carbón ocupa su hueco y los gobiernos priman la seguridad de suministro sobre la trayectoria climática. Nada de eso convierte al carbón en el futuro; lo convierte en la muleta de una transición que avanza a dos velocidades.
Aquí está la letra pequeña que conviene retener. El compromiso de ‘phase down’ acordado en Glasgow sigue sin calendario vinculante ni mecanismo de sanción, y esa es la debilidad real del sistema. Mientras no exista obligación, cada país decidirá caso por caso si enciende una central o instala un parque solar, y la decisión la tomará el precio del gas, no la ciencia del clima. Las emisiones de CO2 del carbón son la variable que peor tolera estos bandazos: se acumulan en la atmósfera durante siglos, no durante un ejercicio fiscal.
La conclusión es incómoda para ambos bandos. El riesgo relevante no está en el dato de 2026, sino en el capital que se está comprometiendo al calor del pico. Una central de carbón aprobada hoy funciona durante décadas y fija la factura climática de 2040. Quien firma esa inversión no cubre un bache: hipoteca la herencia energética de la próxima generación. La AIE ha rectificado una previsión. El problema sería que el mercado rectificara la suya en la dirección contraria.
🌍 El Impacto Real para el Futuro
- Beneficio medible: la energía limpia cubre ya buena parte del aumento de demanda eléctrica y la India suma unos 300 GW renovables en una década.
- Modelo que cambia: la sustitución de gas por carbón se revela como un parche de seguridad de suministro, no como un modelo de negocio estable.
- Para las próximas generaciones: cada central aprobada ahora fija emisiones durante décadas; el dato de 2026 se corrige, la infraestructura construida no.
