La COP17 biodiversidad ha cerrado este sábado en Ereván (Armenia) sin que los países hayan cumplido un solo objetivo de naturaleza en los 34 años de historia del convenio, con las peticiones de reforma del sistema multiplicándose.
Dos semanas en Ereván y un balance que repite el patrón
Las negociaciones han durado dos semanas y han terminado con la promesa de siempre: los gobiernos se comprometen a redoblar sus esfuerzos para cumplir las metas fijadas para esta década. El resultado, según el balance que hacen los críticos con el proceso, es una declaración de intenciones sin ningún mecanismo nuevo que la respalde.
Sobre la mesa siguen los tres compromisos que definen la década: proteger el 30% del planeta para la naturaleza, restaurar cerca de un tercio de los ecosistemas degradados y reformar los 500.000 millones de dólares en subsidios ambientalmente dañinos. El plazo oficial expira en 2030. A este ritmo, la fecha llegará antes que las políticas.
El registro histórico es el dato que más pesa. Desde la firma del Convenio sobre la Diversidad Biológica en la Cumbre de la Tierra de 1992, las partes no han cumplido íntegramente ninguna de las metas que se han fijado. Ni el objetivo de frenar la pérdida de biodiversidad para 2010. Ni las 20 metas de Aichi, que expiraron en 2020 con un balance casi idéntico.
La crítica apunta al reglamento. El convenio funciona por consenso, de modo que una sola delegación puede bloquear una decisión respaldada por todas las demás. Los observadores lo resumen con una imagen incómoda: el sistema está diseñado para que el país más reticente marque el ritmo del resto. El diagnóstico no es nuevo y volvió a repetirse en Ereván.
Un convenio que exige unanimidad para avanzar convierte a la parte más reticente en el legislador de todas las demás.
La letra pequeña del Marco de Kunming-Montreal
El Marco de Kunming-Montreal, aprobado en diciembre de 2022, es la hoja de ruta vigente: 23 metas para 2030 y cuatro objetivos de largo plazo para vivir en armonía con la naturaleza a mediados de siglo. De ahí salen el 30×30, la restauración de ecosistemas y la reforma de subsidios. Sobre el papel, es el plan más ambicioso que ha tenido la biodiversidad.
Casi cuatro años después de aprobarlo, ninguna de las 23 metas cuenta con un mecanismo que obligue a rendir cuentas por incumplirla.
La diferencia con un tratado convencional está en esa letra pequeña: el marco fija metas comunes, pero no impone sanciones ni obligaciones verificables a quien no las cumple. El seguimiento depende de los planes nacionales que cada país presenta y de la presión política que esté dispuesto a tolerar.

Aquí está el detalle que de verdad pesa. Reformar 500.000 millones de dólares en subsidios significa tocar partidas consolidadas: energía fósil, agricultura intensiva, pesca industrial. Ningún gobierno quiere ser el primero en retirar la subvención que sostiene a su sector, y menos en un ciclo político corto. Por eso es la meta que menos avanza y la que nadie pone por delante en su discurso.
📊 Impacto ecológico en cifras
- Superficie protegida: el 30×30 exige blindar el 30% de la tierra y del océano para 2030.
- Ecosistemas a restaurar: cerca de un tercio de los degradados; la fuente oficial no detalla el reparto por país.
- Subsidios a reformar: 500.000 millones de dólares que hoy sostienen actividades dañinas para la naturaleza.
- Plazo: 2030, fijado en el Marco de Kunming-Montreal y sin cambios pese al retraso.
Reformar la cumbre o cambiar la regla del consenso
Las propuestas de reforma llevan años sobre la mesa y todas apuntan al mismo cuello de botella: pasar del consenso a mayorías cualificadas, hacer obligatoria la revisión de los planes nacionales y abrir la agenda a las causas de fondo. Organizaciones como Friends of the Earth International advirtieron al arranque de la cumbre de que las preguntas que importan no estaban en el orden del día.
El texto del convenio, las decisiones adoptadas y los planes nacionales presentados se publican en la web oficial de la secretaría, que cualquiera puede consultar para comprobar qué ha firmado su país y qué ha ejecutado después.
Hay un interés económico inmediato en resolverlo. La naturaleza ya está en el balance: el bloque normativo europeo —Taxonomía Verde, CSRD— incorpora la biodiversidad como criterio de reporte y de elegibilidad de la inversión. Sin reglas estables, cada empresa descuenta a ciegas el riesgo de que su cadena de suministro dependa de un servicio ecosistémico que nadie protege.
El efecto llega a la cadena de suministro. Alimentación, textil, y farmacéutica dependen de polinizadores, suelo fértil y agua limpia; cuando esas bases se degradan, el coste aparece en la cuenta de resultados y, antes o después, en la etiqueta del producto que el consumidor elige en el supermercado.
De Aichi a Ereván: tres décadas de metas sin mecanismo
El precedente más útil para entender Ereván son las metas de Aichi, aprobadas en 2010 con horizonte 2020. Eran 20 objetivos, entre ellos reducir a la mitad la pérdida de hábitats naturales y proteger el 17% de la superficie terrestre. Diez años después, la evaluación oficial concluyó que ninguno se había cumplido plenamente. El Marco de Kunming-Montreal nació con la lección aprendida y con el mismo agujero: ambición en el texto, ausencia de rendición de cuentas.
La posición es incómoda pero sostenible con los datos: no hace falta otra cumbre, hace falta otra regla. Una conferencia que solo puede avanzar por unanimidad convierte cualquier objetivo en una promesa condicionada al país menos dispuesto. Mientras esa regla no cambie, el 30×30, la restauración de ecosistemas y los 500.000 millones en subsidios seguirán siendo la misma lista de buenas intenciones que ya fracasó en 2010 y en 2020.
Para las próximas generaciones, la factura es concreta. Un planeta con menos polinizadores y menos suelo fértil encarece la comida, tensiona el agua y reduce la capacidad de absorber carbono. Cada década perdida en biodiversidad se paga con intereses en la siguiente, y los 34 años de objetivos incumplidos ya son el mejor argumento para reformar el sistema antes de convocar otra cumbre.
🌍 El Impacto Real para el Futuro
- Beneficio medible: nada que celebrar todavía: el 30% de protección terrestre y marina y la restauración de un tercio de los ecosistemas siguen pendientes de verificación.
- Modelo que cambia: el consenso obligatorio como método de decisión queda en cuestión y la reforma de las cumbres pasa a ser condición previa de cualquier meta.
- Para las próximas generaciones: recuperar el suelo y los polinizadores que sostienen la alimentación cuesta menos hoy que la factura acumulada de 34 años.

