Japón revisa su doctrina nuclear: Koizumi pide un debate ‘sin prejuicios’ sobre los principios que rigen desde 1967.
El ministro de Defensa japonés intervino el martes en un simposio en Tokio con un reloj muy concreto sobre la mesa. Los tres documentos rectores de la seguridad nacional —la Estrategia de Seguridad Nacional, la Estrategia de Defensa Nacional y el Programa de Refuerzo de la Capacidad de Defensa— deben quedar actualizados antes de que acabe el año. ‘Debemos crear un entorno en el que podamos mantener conversaciones francas y de mente abierta sobre las políticas de seguridad que resultan necesarias’, dijo. La fórmula suena inocua. No lo es. Es el lenguaje con el que se prepara el terreno antes de mover una línea roja.
Qué significa ‘sin prejuicios’ cuando quien habla es el ministro de Defensa
Los tres principios no nucleares los enunció el gabinete de Eisaku Sato en 1967 y los refrendó el Parlamento en 1971: no poseer armas nucleares, no producirlas y no permitir su despliegue en territorio japonés. El tercero es el que se rompe primero.
La razón es técnica. El concepto de despliegue es exactamente el que se interpone en cualquier fórmula de reparto nuclear, el mismo esquema por el que varios aliados europeos de la OTAN albergan y entrenan con bombas tácticas B61 estadounidenses sin ser potencias nucleares formales. Tokio no necesita fabricar nada para cambiar de categoría: le bastaría con dejar de prohibir. Ese es el detalle que convierte un debate académico en una decisión estratégica, y ese es el motivo por el que la revisión de los tres documentos no es un trámite administrativo.
Koizumi, eso sí, no anunció cambio alguno de postura sobre armas nucleares. Abogó por ‘compartir con el conjunto de la sociedad la conciencia de la amenaza nuclear’, prometió la mejor versión posible de los documentos ‘pese a las restricciones que enfrentamos’ y puso encima de la mesa una propuesta concreta y distinta: submarinos de propulsión nuclear. No es lo mismo que un arma nuclear, aunque en Tokio nadie lo diga demasiado alto. Quien domina un reactor naval domina el combustible y, con él, la opción.
La respuesta social ha sido inmediata y no es nueva. En julio ya pidió un debate ‘sin tabúes’ y el rechazo llegó desde el movimiento pacifista, desde las organizaciones de hibakusha —los supervivientes de Hiroshima y Nagasaki— y desde las asociaciones de las comunidades afectadas por los bombardeos. Masao Tomonaga, de la Asociación de Amistad del Cuaderno de los Hibakusha de Nagasaki, lo resumió en agosto: ‘Hacer estas declaraciones en un momento en el que las normas internacionales que regulan las armas nucleares se están erosionando revela una comprensión superficial del asunto’.
Una línea roja no se cruza con un discurso, sino con un calendario: Tokio tiene tres documentos que reescribir antes de enero.
El espejo que Koizumi eligió tiene nombre propio: Antti Hakkanen, su homólogo finlandés. En octubre, tras la reunión entre ambos, el ministro japonés citó de memoria la frase que más le había impresionado: ‘No debemos ser ingenuos. Debemos avanzar en nuestras políticas sobre la base del realismo’. Helsinki acaba de levantar su propia prohibición y permite ya la importación, fabricación, almacenamiento y despliegue de armas nucleares en su territorio. Finlandia, que comparte 1.340 kilómetros de frontera con Rusia, ha hecho en dos años lo que Japón discute en voz baja desde hace cinco.
El espejo finlandés y el flanco que nadie mira: los submarinos de propulsión nuclear
La diferencia entre propulsión y ojiva es la clave de todo el asunto, y conviene glosarla. Un submarino de propulsión nuclear no lanza bombas atómicas: usa un reactor para generar vapor y navegar meses bajo el agua sin emerger. Australia dio ese paso en el marco de AUKUS; Brasil lo persigue con el Álvaro Alberto. La tecnología exige uranio altamente enriquecido, un material que vive en la frontera difusa de las salvaguardias del OIEA y que, en la práctica, coloca a un país a meses de la latencia nuclear, la capacidad de fabricar un arma sin haberlo hecho. Para un archipiélago con el grueso de su población y su industria en la costa, esa autonomía vale tanto como una ojiva.
Las reacciones han llegado por el flanco esperado. El portavoz del Kremlin, Dmitri Peskov, advirtió en octubre que ‘los problemas deben resolverse mediante el diálogo, no con lanzamientos demostrativos de misiles’ y calificó de callejón sin salida construir una identidad de seguridad sobre la confrontación con Rusia. Pekín subió el tono un escalón: su embajador en Moscú, Zhang Hanhui, firmó en agosto en TASS que Rusia y China ‘se oponen firmemente a la remilitarización acelerada de Japón y a su búsqueda de armas nucleares’, y añadió que si las fuerzas de derecha japonesas ‘siguen jugando con fuego en política nuclear’, los japoneses volverán a encontrarse en el banquillo de la historia.
El marco material tampoco es neutral. Japón viene de elevar su gasto de defensa hacia el 2% del PIB con horizonte 2027, de dotarse de capacidad de contraataque y de encargar hasta 400 misiles de crucero Tomahawk. Los datos de gasto militar del SIPRI sitúan a Tokio entre los diez mayores inversores del planeta. Sobre esa base industrial, un debate sobre propulsión nuclear deja de ser Filosofía y se convierte en un capítulo del presupuesto.
Equilibrio de Poder
Washington tiene aquí una contradicción que no resuelve con un comunicado. La administración Trump exige a los aliados que paguen su defensa y contempla el paraguas nuclear extendido como una póliza cuyo coste debe repartirse. Pero un Japón nuclear abriría la cascada que el Pentágono teme más que cualquier rearme convencional: Seúl primero, quizá Taipéi después, y el régimen de no proliferación convertido en papel mojado justo cuando el TNP encara su ciclo de revisión.
Moscú y Pekín leen la revisión japonesa como una pieza de la misma pinza. Rusia ha convertido el rearme de sus vecinos en argumento domesticado; China, que ya libra su pulso comercial con Tokio, prefiere el marco histórico —el banquillo— antes que el técnico. Lo que observamos es una coordinación de mensajes más sólida que de capacidades: ni Moscú puede sostener dos flancos a la vez ni Pekín quiere una carrera nuclear en su periferia, porque cada ojiva japonesa es una razón más para que Corea del Sur reclame la suya. La cascada es el problema.
Para Europa, y para España, el precedente finlandés es el aviso serio. Cuando un país que comparte frontera con Rusia levanta su prohibición nuclear y nadie en Bruselas parpadea, el tabú deja de ser una norma y pasa a ser una preferencia. España no está en esa discusión, pero la paga: sostiene cuatro destructores AEGIS en Rota dentro del despliegue naval permanente de Estados Unidos en Europa, y cada grupo de ataque que Washington reorienta al Indo-Pacífico es un grupo de ataque que no está en el Atlántico ni en el Mediterráneo. La frontera sur —Marruecos, el Sáhara, y el Sahel— se vigila con lo que queda en casa, no con lo que se desplaza.
A eso se suma el calendario presupuestario y la promesa de La Haya: el 5% del PIB en 2035, con un 3,5% de gasto militar puro, aprobado en junio de 2025. Si el argumento de la amenaza nuclear se instala en Asia y en el Báltico a la vez, la presión sobre las cuentas españolas no vendrá del debate atómico, sino de la fatiga del contribuyente y de la competencia por la misma munición. España, que no firmó el Tratado sobre la Prohibición de las Armas Nucleares, se juega aquí su credibilidad como socio fiable más que su seguridad física.
La lectura a cinco o diez años no es ‘Japón con la bomba’. Es algo más incómodo: un país que conserva la ambigüedad como activo, que declara ante el OIEA del orden de 45 toneladas de plutonio separado —buena parte almacenada en Francia y Reino Unido— y que no necesita decidir hoy para decidir mañana. El precedente útil no es 1945, sino 2022: la revisión de los tres documentos que introdujo la capacidad de contraataque y el Zeitenwende alemán, dos giros que también se anunciaron como ajustes técnicos y acabaron redefiniendo el papel militar de ambos países.
Lo que viene tiene fecha. Los documentos deben cerrarse antes del 31 de diciembre y la Dieta tendrá que discutir el presupuesto en su sesión ordinaria de 2027 con la propuesta de los submarinos ya sobre la mesa. Entre una cosa y otra sabremos si Koizumi hablaba de realismo o de calendario. De momento ha conseguido lo más difícil: que una palabra prohibida desde 1967 se pronuncie en voz alta sin que nadie haya tenido que dimitir.

