Abres una botella de agua mineral pensando que es la opción más limpia y segura, y resulta que cada trago lleva pasajeros invisibles. Microplásticos. Diminutos, indetectables al ojo, y según la ciencia reciente, presentes en prácticamente todas las marcas que se venden en el supermercado. La pregunta ya no es si los bebemos, sino cuántos.
Un estudio reciente analizó 280 muestras de agua embotellada procedentes de marcas comercializadas en distintos países y el resultado es para sentarse: solo una se libró del contagio plástico. Una entre 280. El resto, todas, contenían partículas de polietileno tereftalato (PET), polipropileno o poliamida, los mismos materiales con los que se fabrican las botellas y sus tapones.
El secreto del éxito
- El envase manda más que el origen: el agua puede salir purísima del manantial, pero la concentración de microplásticos depende sobre todo del tipo de botella, del tiempo de almacenamiento y de la exposición al calor.
- El vidrio reduce, no elimina: las muestras envasadas en vidrio mostraron concentraciones menores, aunque también presentaban partículas procedentes del recubrimiento del tapón metálico.
- Evita las botellas que han pasado calor: dejarlas en el coche al sol o almacenarlas cerca de una fuente de calor multiplica la migración de partículas del plástico al agua. Es probablemente el factor más fácil de controlar en casa.
Qué encontraron los investigadores
El equipo identificó una media de cientos de partículas por litro en buena parte de las muestras analizadas, con picos muy superiores en algunas marcas premium. La paradoja es evidente: pagar más no garantiza beber menos plástico. De hecho, varias aguas de gama alta envasadas en PET fino para parecer más ligeras mostraron concentraciones por encima de la media.
La única marca que apareció libre de microplásticos detectables en el estudio fue una embotelladora europea que usa vidrio retornable y un proceso de filtrado adicional antes del envasado. Los investigadores fueron prudentes: ‘libre’ significa por debajo del umbral de detección de su instrumental, no ausencia absoluta. Aun así, la diferencia con el resto fue contundente.
Para contextualizar la cifra, conviene asomarse a la posición de la EFSA sobre microplásticos en alimentos, que reconoce la presencia generalizada de estas partículas en la cadena alimentaria pero matiza que aún faltan datos toxicológicos concluyentes sobre el impacto real en humanos a las dosis habituales de exposición.
Qué puede hacer el consumidor
La primera tentación es pasarse al grifo, y en muchos casos es buena idea: el agua de red en España está sometida a controles estrictos y, según los datos disponibles, suele contener menos microplásticos que la embotellada. Pero ojo con el filtro de jarra de plástico: si lo dejas semanas con el cartucho viejo, multiplicas el problema.
Si sigues comprando agua embotellada, hay decisiones sencillas que reducen la exposición. Elige envases de vidrio siempre que puedas, aunque el formato sea menos cómodo. Compra botellas grandes, de cinco litros o garrafas, en lugar de packs de pequeñas: menos superficie de plástico por litro consumido. Almacénalas en lugar fresco, oscuro y nunca cerca del horno o del radiador. Y consume el contenido en pocas semanas, no las dejes meses esperando.
La guía de AESAN sobre presencia de microplásticos insiste en que la mayor fuente de exposición no es el agua sino los envases plásticos en general, incluidos los films, los táperes calentados al microondas y los utensilios de cocina deteriorados. El agua embotellada es solo la punta del iceberg.
Variaciones y maridaje
Para quien quiere reducir al máximo la huella plástica, la opción más coherente es instalar un filtro de ósmosis inversa en casa. Una buena instalación elimina la mayoría de los microplásticos junto con cloro, metales pesados y otros residuos, y se amortiza en menos de dos años frente al gasto en botellas. Eso sí, hay que cambiar las membranas con regularidad o el remedio acaba siendo peor que la enfermedad.
Si prefieres seguir con embotellada, el truco doméstico que mejor funciona es trasvasar el agua a una jarra de cristal en cuanto abres la botella y guardarla en la nevera. Reduces la exposición continuada al envase y, de paso, el agua sabe mejor fría y aireada. Un gesto pequeño con efecto acumulado a lo largo del año.

