EN 30 SEGUNDOS
- ¿Qué ha pasado? CENTCOM estudia una operación terrestre con fuerzas especiales sobre Isfahán para neutralizar a la Guardia Revolucionaria y capturar uranio enriquecido iraní, según informes filtrados que la Casa Blanca no ha confirmado.
- ¿Quién está detrás? El Mando Central estadounidense (CENTCOM), bajo la administración Trump, con apoyo eventual de la Quinta Flota desde Bahréin y supuesta coordinación con activos israelíes.
- ¿Qué impacto tiene? Riesgo de escalada regional inmediata, presión sobre el estrecho de Ormuz y consecuencias directas para España vía precio de la energía y misión de la Armada en el Índico.
El Pentágono baraja una operación terrestre de fuerzas especiales sobre Isfahán para capturar el uranio enriquecido iraní, según los informes filtrados que circulan en círculos de inteligencia desde la última semana. La afirmación no ha sido verificada por fuente oficial.
Hablamos de un escenario de asalto quirúrgico, no de invasión. CENTCOM, según las filtraciones, contemplaría el despliegue de unidades del JSOC —el mando conjunto de operaciones especiales que agrupa al SEAL Team Six y al Delta Force— sobre el complejo nuclear de Isfahán, en el centro de Irán, con un doble objetivo: neutralizar células de la Guardia Revolucionaria (IRGC) que custodian el material y exfiltrar las reservas de uranio enriquecido al 60% que Teherán acumula desde 2023.
El plan filtrado: qué se baraja sobre Isfahán
Isfahán no es un objetivo cualquiera. Allí se concentra una de las tres instalaciones principales del programa nuclear iraní, junto con Natanz y Fordow. Es el centro de conversión de uranio y el punto donde el OIEA (Organismo Internacional de Energía Atómica) perdió visibilidad sobre el material más sensible tras la suspensión de inspecciones.
Según las fuentes filtradas, el plan contemplaría una ventana de actuación inferior a 90 minutos sobre el terreno. Helicópteros MH-47 Chinook y MH-60 Black Hawk del 160º Regimiento de Aviación de Operaciones Especiales —los célebres Night Stalkers— entrarían desde bases avanzadas en Irak o desde portaaviones en el Golfo. Apoyo aéreo con cazas F-35 desde la base de Al Udeid en Catar y supresión de defensas antiaéreas iraníes mediante misiles AGM-88 HARM.
Cabe recordar que Irán dispone del sistema antiaéreo S-300 ruso —de largo alcance y capacidad multiobjetivo—, además de plataformas Bavar-373 de fabricación nacional. El Pentágono no comenta. Como siempre.
La Casa Blanca tampoco ha confirmado ni desmentido que la opción esté sobre la mesa, aunque portavoces del Consejo de Seguridad Nacional han remitido a las declaraciones de Trump del mes pasado, en las que advertía de que ‘todas las opciones siguen disponibles’ frente al programa nuclear iraní.
Por qué ahora, y por qué Isfahán y no Fordow
La elección del objetivo, si las filtraciones son precisas, tiene lógica operativa. Fordow está enterrada bajo cien metros de roca, en una montaña al norte de Qom. Solo la bomba GBU-57 Massive Ordnance Penetrator tendría capacidad teórica de penetrarla, y su empleo dejaría una firma imposible de ocultar. Isfahán, en cambio, es un complejo industrial accesible, con perímetro defendible pero no impenetrable para fuerzas especiales bien coordinadas.
La pregunta de fondo es por qué este movimiento ahora. En esta redacción observamos tres factores convergentes: el agotamiento del canal diplomático tras el colapso definitivo del JCPOA en 2024, el avance iraní hasta el umbral del uranio apto para uso militar (90% de enriquecimiento) y la lectura transaccional de Trump sobre la doctrina de disuasión —prefiere golpes rápidos y visibles a campañas largas—.

De hecho, el precedente más citado en los pasillos de Tampa, sede de CENTCOM, no es la operación contra Bin Laden en Abbottabad en 2011, sino la incursión israelí Operación Ópera de 1981 sobre el reactor iraquí de Osirak. Aquella decisión retrasó una década el programa nuclear de Sadam. La ventana ahora sería más corta.
Los riesgos son evidentes. Una operación así, fallida o exitosa, desencadenaría represalias iraníes sobre buques estadounidenses en el Golfo, sobre bases en Irak y sobre Israel mediante Hezbolá y los hutíes. El estrecho de Ormuz —por donde transita el 20% del petróleo mundial— quedaría comprometido en cuestión de horas.
Los números no engañan.
Una operación terrestre estadounidense en suelo iraní rompería treinta años de doctrina de contención: ningún presidente, ni siquiera Bush hijo tras el 11-S, autorizó botas sobre el terreno persa.
Equilibrio de Poder
El movimiento, si se materializa, reordena el tablero global de manera abrupta. Washington recuperaría iniciativa frente a un Irán que ha sabido jugar la carta del enriquecimiento gradual durante cinco años, pero pagaría un precio diplomático severo: ningún aliado europeo respaldaría públicamente una incursión sin mandato del Consejo de Seguridad de la ONU. Bruselas ya ha trasladado, según fuentes diplomáticas consultadas por Moncloa.com, su ‘profunda preocupación’ por el tono de los últimos mensajes desde la administración Trump.
Moscú observa con interés táctico. El Kremlin necesita que Estados Unidos disperse atención y recursos lejos del frente ucraniano, y un foco iraní cumple esa función. Pekín, por su parte, no aceptará sin réplica una operación contra su principal proveedor energético en la región: el 47% de las exportaciones de crudo iraní van a China, según los datos de la AIE. La OCS (Organización de Cooperación de Shanghái) podría activar su mecanismo de consultas.
Para España, el impacto sería triple e inmediato. Primero, el precio del Brent escalaría por encima de los 120 dólares por barril en cuestión de días, con efecto directo sobre la inflación energética que el Banco de España ya advirtió en su último boletín. Segundo, la Armada tendría que reforzar su presencia en la Operación Atalanta y reevaluar la Operación Aspides en el Mar Rojo, donde la fragata Victoria ha cubierto rotaciones contra los hutíes. Tercero, la base de Rota —con cuatro destructores AEGIS— se convertiría en nodo logístico de primer orden para el reabastecimiento del CENTCOM, lo que reabriría el debate sobre el uso bilateral del enclave.
El precedente histórico aquí es la crisis del Golfo de 1990-91. España autorizó entonces el uso de Rota y Morón sin debate parlamentario amplio. La situación política en Moncloa hoy es más frágil, y consultamos con fuentes de Defensa que apuntan a que cualquier petición de Washington abriría una crisis interna en el Ejecutivo.
El riesgo inmediato es la escalada incontrolada en las próximas seis semanas. La AIEA tiene prevista una reunión de su Junta de Gobernadores en junio, y antes el OIEA debe presentar su informe trimestral sobre Irán. Si el documento confirma avances hacia el 90% de enriquecimiento, la presión política sobre Trump para actuar se multiplicará. La próxima cumbre del Consejo Atlántico marcará el termómetro real de hasta dónde está dispuesta a llegar la alianza si Washington decide moverse en solitario. Hasta entonces, prudencia con las filtraciones.

