Guerra con Irán fractura al Golfo: Arabia Saudí frena mientras EAU ataca

Irán ha convertido los ataques con misiles y drones en una sofisticada operación de influencia que fragmenta a los monárquicos del Golfo. Arabia Saudí aboga por la desescalada mientras los Emiratos Árabes Unidos ejecutan represalias directas en suelo iraní, amparadas por el Mossa

El juego de Irán: fragmentar a los rivales del otro lado del golfo

La operación es tan antigua como la inteligencia misma y, sin embargo, en los últimos meses ha alcanzado una eficacia demoledora. Irán ha conseguido que la guerra contra Estados Unidos divida a los monárquicos del Golfo en lugar de unirlos. Durante semanas han caído misiles y drones —más de 2.800 sobre Emiratos Árabes Unidos, según datos de Mandiant— pero lo más afilado no está en las ojivas: está en la capacidad de Teherán para excitar las diferencias que llevan años durmiendo bajo la alfombra de los palacios. Arabia Saudí llama a la desescalada mientras el emirato vecino ejecuta ataques de represalia contra suelo iraní. Kuwait, que la semana pasada detuvo a una pequeña unidad de la Fuerza Quds del IRGC intentando infiltrarse en la isla de Bubiyán, también se inclina por la contención. La postura de Riad no es nueva. El príncipe heredero Mohammad bin Salman arrastra un delicado equilibrio doméstico que no se aplica a los estados más pequeños del Golfo.

MBS necesita que el turismo, la tecnología y las finanzas sigan funcionando. Visión 2030, ya recortada, se vendría abajo si la guerra se prolonga con el estrecho de Ormuz cerrado —aunque el reino sortea el bloqueo con oleoductos que rodean el cuello de botella por el Mar Rojo, un lujo que Baréin o Catar no tienen—. Pero lo que frena al monarca saudí es, sobre todo, la presencia de Israel como combatiente del bando estadounidense. Operación Epic Fury puede hacer añicos los esfuerzos de normalización con el Estado judío que la administración Trump venía cocinando. El embajador saudí Rayed Krimly lo ha dejado negro sobre blanco en un mensaje de X: “El Reino de Arabia Saudí sigue apoyando la desescalada y el diálogo”. Traducción para el oficio: no abrimos fuego.

Abu Dabi, sin embargo, lee la partida con otro manual. Mohammed bin Zayed (MBZ) está convencido de que solo una respuesta militar contundente estabiliza la región. De hecho, impulsó la guerra contra los hutíes en 2015 junto a los saudíes, y ahora ha decidido alinearse inequívocamente con Washington y Tel Aviv. La embajadora estadounidense ante la ONU confirmó el lunes que los Emiratos han recibido el sistema israelí Cúpula de Hierro y lo han utilizado para derribar misiles entrantes. Es una coordinación defensiva operativa sin precedentes. Y aún hay más: según el New York Times, Emiratos Árabes Unidos lanzó ataques de represalia contra Irán a principios de abril, justo cuando Trump ordenaba un alto el fuego temporal. Funcionarios americanos filtraron que no molestó; al contrario, “bienvenida la participación”.

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La fractura, por tanto, no es solo entre saudíes y emiratíes. Baréin, anclado al pacto de Abraham con Israel, sigue la estela de Riad por pura dependencia estratégica. Kuwait, con la detención del comando iraní aún caliente, insiste en que las milicias chiíes controladas por Teherán han atacado sus intereses y pide desescalada. Catar, con su independencia habitual, se alinea con la mayoría no beligerante. El resultado es un mapa de alianzas roto que debilita tanto al CCG como a la capacidad de respuesta conjunta frente a Irán.

Todo esto es inteligencia pura, ejecutada sobre el terreno y en el ciberespacio. Teherán ha sabido leer mejor que nadie el libro de la divergencia. Las brechas entre saudíes y emiratíes venían de atrás —la guerra en Yemen, el conflicto en Sudán— pero la guerra de Estados Unidos contra el régimen iraní las ha convertido en una trinchera activa. El dato más revelador es la salida de Emiratos de la OPEP el 1 de mayo, tras años de rumores. No es solo economía: es un mensaje de autonomía estratégica que golpea los intereses saudíes en la cartel, debilita a la OPEP+ y, de paso, castiga a Irán con un bloque de influencia alternativo. Esta era la jugada que Moscú o Pekín llevaban años esperando, pero ahora Roma la ha movido el pequeño socio de Washington.

En los pasillos del CNI llevan meses estudiando este escenario, aunque públicamente no figure en los informes que se elevan a la Comisión de Secretos Oficiales. Lo que ocurra en el Golfo afecta directamente a la seguridad energética española, y más cuando el gas natural licuado de Catar —que sí o sí transita por Ormuz— alimenta las plantas de Regasificación de la Península. Pero la capa confidencial que me transmiten es otra: la cooperación entre Emiratos Árabes Unidos e Israel está creando un nodo de espionaje tecnológico que ya supera en agilidad a los canales tradicionales de Five Eyes. Tel Aviv comparte inteligencia sobre la red de misiles iraníes casi en tiempo real; Abu Dabi la traduce a objetivos concretos. Es un modelo que MBS no puede emular sin sacrificar su legitimidad en casa.

El Golfo se parte en dos, y el que pierde no es Irán: somos todos los que dependemos de que el estrecho de Ormuz siga siendo un pasillo, no un campo de pruebas para la inteligencia.

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Pese a la apariencia de desorden kabuki, lo que estamos presenciando en el Golfo es una operación de inteligencia en toda regla. El vector de amenaza no es solo cinético: es una combinación de infiltración HUMINT, sabotaje a la cohesión política y guerra de influencia. La detención en Kuwait de una célula del IRGC con planes para actos hostiles revela que Teherán sigue utilizando operativos clandestinos en suelo árabe con la misma naturalidad con la que se usan los misiles. La inteligencia humana es el complemento perfecto de las lluvias de drones, porque la confianza no se rompe solo con explosiones: se rompe cuando un aliado sospecha que el vecino está negociando a sus espaldas.

Las agencias implicadas son fáciles de identificar sobre el papel, pero difíciles de dibujar en el tablero. Atacando está, sin duda, la Unidad 400 de la Fuerza Quds, más conocida como el ala exterior del IRGC, que opera con autonomía del Ministerio de Inteligencia de Irán (MOIS). En el lado que resiste el intento de división, la Agencia de Inteligencia de los Emiratos (AED) ha tejido una red de enlaces con el Mossad que, si me apura, es el salto más relevante desde que el Sha perdió el trono en 1979. El director de la CIA, mientras tanto, actúa como el gran certificador de las operaciones de represalia emiratíes, bendiciendo ataques que no figuran en ninguna notificación de la Casa Blanca. Riad, por su parte, está en una posición incómoda: la Presidencia General de Inteligencia saudí (Al-Mukhabarat Al-A’amah) traslada información a Washington y Tel Aviv, pero se niega a convertirla en fuego directo.

El material comprometido en estos días —detalles de los ataques a infraestructuras, comunicaciones entre altos mandos, informes sobre células durmientes en Kuwait— supera, en mi estimación, el nivel Secreto. La naturaleza de la infiltración frustrada y la coordinación entre Emiratos e Israel exigen canales de transmisión que operan con protocolos de Top Secret bilateral, de los que ni siquiera la OTAN tiene visibilidad completa.

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El precedente histórico que rescato en esta ocasión es menos aparatoso que Stuxnet pero igual de revelador. En 1996, los atentados contra las Torres Khobar en Arabia Saudí, atribuidos a Hezbolá con apoyo iraní, ya forzaron a los saudíes a elegir entre la represalia visible y la asimilación del golpe. Optaron por lo segundo, y desde entonces cultivaron una política de apaciguamiento que MBS heredó. Lo que ha cambiado esta vez es que Emiratos ha decidido no heredar nada: ha saltado la valla. Como escribí en El quinto elemento, el próximo 11S empezará con un clic, pero la fractura del Golfo demuestra que también puede comenzar con un misil que nadie reclama.

Mi posición editorial es moderada pero firme: no es sensato pedir a los Estados del Golfo una unidad que nunca han tenido, pero sí es imprescindible que el CNI y el CCN-CERT analicen este cisma como un posible patrón de ataque híbrido exportable al Magreb o a la propia frontera sur. La cooperación emiratí-israelí es un modelo que, si se consolida, dejará fuera a Rabat —no por falta de voluntad, sino porque la arquitectura de inteligencia del Magreb es aún muy dependiente de la DGST marroquí y del enfoque franco-español. Habrá que ver cómo reacciona Pekín, que hasta ahora era el facilitador de la distensión entre saudíes e iraníes. ¿Seguirá siendo el mediador si la guerra entierra la reconciliación que consiguió en marzo de 2023?

El próximo informe de la Casa Blanca sobre la Operación Epic Fury, que según fuentes internas se presentará a finales de junio, será la primera prueba de fuego. Y añado: la incertidumbre en la atribución de los ataques, un arte siempre resbaladizo, me obliga a recordar que el humo de la guerra cubre también las operaciones encubiertas.