Argelia, Nigeria y Níger avanzan en el gasoducto transahariano con nueva fase de construcción

El consorcio liderado por Sonatrach inicia los trabajos del tramo argelino tras años de parálisis. La tubería de 4.000 kilómetros transportará gas nigeriano a Europa, con implicaciones estratégicas para España y el equilibrio energético del Mediterráneo.

EN 30 SEGUNDOS

  • ¿Qué ha pasado? Argelia, Nigeria y Níger han iniciado la construcción del tramo argelino del gasoducto transahariano (TSGP), una infraestructura de 4.000 kilómetros.
  • ¿Quién está detrás? La petrolera estatal argelina Sonatrach lidera un consorcio con el respaldo de los gobiernos de los tres países.
  • ¿Qué impacto tiene? Si se completa, enviará hasta 30.000 millones de metros cúbicos de gas nigeriano al año a Europa a través del Mediterráneo, reforzando la posición de Argelia y de España como puerta de entrada energética.

La ceremonia en la región argelina de Adrar reunió a altos cargos de los tres países y puso fin a más de una década de retrasos. El proyecto, que parecía condenado al olvido por la inseguridad en el Sahel, ha recibido ahora un impulso político decidido. Incluso antes de que se hayan asegurado todos los fondos, Argelia ha empezado a mover excavadoras. La decisión coincide con un deshielo diplomático entre Argel y Niamey y con la creciente presión europea por diversificar el suministro de gas.

La tubería transahariana tiene una capacidad prevista de entre 20.000 y 30.000 millones de metros cúbicos anuales. Nace en el delta del Níger, atraviesa la franja saheliana y alcanza el litoral argelino, donde podría conectarse con los gasoductos que ya llegan a España (Medgaz) o Italia (TransMed). Las cifras son elocuentes: equivalen a algo más de la mitad del gas que Europa importaba de Rusia antes de la guerra de Ucrania. Nigeria posee las novenas reservas mundiales de gas natural y lleva años buscando una salida al mercado que no pase exclusivamente por licuefacción y GNL.

Una obra mastodóntica aplazada por las armas y la política

El TSGP se concibió hace más de quince años y desde entonces ha sido más un proyecto de despacho que una realidad sobre el terreno. La inseguridad en el Sahel —con grupos yihadistas activos, tráficos ilícitos y golpes de Estado— lo convirtió en un riesgo casi inasequible para los inversores. El secuestro de trabajadores, los sabotajes y la inestabilidad crónica de la región aconsejaban postergar cualquier obra. Sin embargo, el nuevo alineamiento político entre los gobiernos de Argel, Abuja y Niamey ha cambiado las reglas.

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El comité de dirección del proyecto aprobó la semana pasada el estudio de viabilidad definitivo y dio luz verde a la fase de ejecución en suelo argelino. En el acto, el ministro de Estado nigeriano para Recursos Petroleros, Ekperikpe Ekpo, subrayó que el gasoducto “significa mucho para los tres países en términos de industrialización y creación de empleo”. Desde Argelia, el mensaje fue similar: el TSGP “encarna la voluntad política común” de las tres naciones.

La pregunta no es ya si el proyecto se iniciará, sino si podrá terminarse sin que la violencia lo paralice otra vez. La ruta atraviesa zonas donde el Estado tiene un control limitado, y el tramo nigerino —el más extenso— discurre por un territorio que viven bajo la amenaza permanente de Al Qaeda en el Magreb Islámico y el Estado Islámico en el Gran Sáhara. Para mitigarlo, Argelia ha reactivado su influencia diplomática y de inteligencia sobre Niamey, en un giro que ha sorprendido a más de un analista occidental.

El gasoducto transahariano dejará de ser un sueño cuando la seguridad en el Sahel se convierta en prioridad compartida, no en excusa para la inacción.

El giro diplomático: de la guerra de drones al abrazo energético

Resulta imposible entender la aceleración del proyecto sin mirar la tensión que estalló en abril de 2025, cuando Argelia derribó un dron armado cerca de su frontera sur, en las inmediaciones de Mali. El incidente desató una crisis diplomática inmediata. Níger, junto con Mali y Burkina Faso, retiró a sus embajadores en Argel, y el Sahel parecía fracturarse en un bloque antioccidental escorado hacia Moscú y Pekín. Sin embargo, en febrero de 2026 —tras un encuentro en Argel entre el presidente Abdelmadjid Tebboune y el líder militar nigerino, general Abdourahamane Tchiani—, ambos países acordaron retomar los trabajos. Tebboune anunció que la construcción empezaría después del Ramadán, y así ha sido.

El gas ha servido de pegamento. Argelia necesita mantener su estatus de proveedor fiable para Europa en un momento en que la demanda de GNL se dispara y los precios siguen altos. Níger, aislado tras el golpe de julio de 2023, necesita inversión externa y legitimidad regional. Nigeria, el gigante demográfico del continente, busca monetizar sus reservas y al mismo tiempo estabilizar una región cuyos conflictos se filtran hacia el sur. Todos ganan, sobre el papel.

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Equilibrio de Poder

La reactivación del TSGP reordena las fichas en tres tableros interconectados. Eje Washington-Moscú-Bruselas: para la Unión Europea, un corredor gasista nigeriano-argelino es la diversificación más tangible desde la invasión rusa de Ucrania. Reduciría la exposición a los vaivenes del mercado de GNL y a las presiones de Moscú, que aún mantiene cierto flujo a través de Turquía. Sin embargo, la arquitectura de seguridad del Sahel está cada vez más fuera del control de Bruselas. Rusia, mediante la presencia de mercenarios de Wagner (ahora Africa Corps), y China, con inversiones extractivas, se han convertido en actores de referencia para Niamey y Bamako. Si el gasoducto avanza, Moscú podría optar por tolerarlo —a cambio de beneficios en minería o uranio— o por sabotearlo si percibe que Europa sale demasiado fortalecida.

Para Washington, el proyecto es ambiguo. Por un lado, un mercado europeo bien abastecido resta urgencia al GNL estadounidense. Por otro, un Sahel estable bajo un paraguas energético argelino podría aliviar la presión migratoria hacia el Mediterráneo, una de las pocas coincidencias entre las agendas de Trump y Bruselas. En esta redacción creemos que la Casa Blanca mantendrá un perfil bajo siempre que los flujos de gas no alteren el equilibrio de precios y las compañías estadounidenses conserven su cuota.

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España, en el punto de mira. El TSGP puede convertir la península en el principal hub gasista del sur de Europa. El gas argelino ya llega a través del Medgaz hasta Almería, y desde ahí se redistribuye hacia el resto del continente mediante buques y futuras interconexiones. Si se conectan los 20.000-30.000 millones de metros cúbicos nigerianos, la capacidad de España para reexportar a Francia e Italia se multiplicaría de forma sustancial. Pero la dependencia de Argelia como país de tránsito introduce un riesgo político no menor: en 2021, Argel cortó el suministro a Marruecos a través del Magreb-Europa como represalia por el respaldo de Rabat a la autonomía del Sáhara Occidental. Un giro en la política exterior de Madrid podría desestabilizar el flujo.

Lectura a diez años. Si la tubería se completa y se mantiene segura, el mapa energético del Mediterráneo occidental habrá cambiado. Argelia consolidará su papel de potencia energética regional, Nigeria se convertirá en un proveedor clave para Europa y Níger ganará una renta que podría estabilizar un país hoy sumido en la pobreza extrema. Pero el riesgo es simétrico: un solo ataque yihadista en el tramo nigerino bastaría para que los inversores huyan otra vez y el proyecto quede, por enésima vez, en papel mojado. Para España, la lección es que la seguridad del suministro no se compra solo con kilómetros de tubería, sino con una diplomacia activa en el Sahel que vaya más allá de la contención migratoria. La próxima reunión del comité de dirección del TSGP, prevista para otoño, dará una pista más clara de si el gas fluirá o si volverá a secarse.