Kallas propone una misión naval de la UE en el estrecho de Ormuz para desminado estratégico

La iniciativa situaría a la Operación Aspides como actor principal en la limpieza de minas del estrecho por donde transita un tercio del crudo mundial. La propuesta choca con la negativa previa de Bruselas a involucrarse y exige la unanimidad de los 27, en plena escalada entre Wa

EN 30 SEGUNDOS

  • ¿Qué ha pasado? La Alta Representante de la UE, Kaja Kallas, ha propuesto que la misión naval europea ‘Aspides’ asuma el liderazgo del desminado en el estrecho de Ormuz.
  • ¿Quién está detrás? El Servicio Europeo de Acción Exterior (SEAE), que ha circulado un documento interno para recabar el respaldo de los 27 Estados miembros.
  • ¿Qué impacto tiene? Desbloquearía una vía por la que transita un tercio del crudo mundial y gran parte del GNL que abastece a España, pero la unanimidad requerida y la oposición inicial de Bruselas a involucrarse en el conflicto auguran un debate complejo.

La Alta Representante de la UE para Asuntos Exteriores, Kaja Kallas, ha puesto sobre la mesa una ampliación de la misión naval europea Operación Aspides para asumir el papel principal en las operaciones de desminado del estratégico estrecho de Ormuz, según un documento interno del SEAE filtrado este jueves a varios medios.

Una misión que pone a prueba la autonomía de defensa europea

La Operación Aspides, lanzada en febrero de 2024, patrulla desde entonces el mar Rojo, el golfo de Adén y el noroeste del Índico escoltando buques comerciales frente a los ataques de los hutíes yemeníes. La propuesta de Kallas busca ahora extender esa cobertura al Golfo Pérsico, donde las minas navales han vuelto a ser una amenaza crítica tras los ataques de Estados Unidos e Israel contra Irán a finales de febrero.

El texto del SEAE plantea que Aspides asuma el «papel principal» en la limpieza de minas, complementando así los esfuerzos de una coalición ad hoc liderada por Francia y Reino Unido. Londres y París anunciaron en abril su intención de lanzar una «misión multinacional para proteger la libertad de navegación en cuanto las condiciones lo permitan», pero la iniciativa europea busca institucionalizar esa presencia bajo bandera comunitaria en el el estrecho de Ormuz.

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La viabilidad del plan depende de algo que Bruselas conoce bien: la unanimidad de los 27. Países como Alemania o los socios nórdicos ya han mostrado reticencias a comprometer activos navales en un escenario que consideran de alto riesgo. España, con una posición geopolítica sensible en el flanco sur, no ha fijado postura oficial, aunque fuentes de Defensa consultadas por Moncloa.com reconocen que el debate interno está abierto. La Armada dispone de dos cazaminas de la clase Segura con experiencia en desminado en el Mediterráneo, lo que la convierte en un actor potencialmente relevante si la misión sale adelante.

Una cosa es el desminado como misión humanitaria y otra muy distinta entrar en un tablero donde Washington y Teherán intercambian misiles cada pocas semanas. La línea entre la protección del tráfico comercial y la implicación directa en un conflicto armado es fina.

Europa se enfrenta a una disyuntiva existencial: asumir el coste de asegurar sus rutas energéticas con medios propios o seguir dependiendo de un paraguas estadounidense cada vez más imprevisible.

Guerra en la sombra: Irán, Trump y la energía europea

estrecho de Ormuz desminado

El estrecho de Ormuz, por donde transita un tercio del petróleo mundial y alrededor del 20% del gas natural licuado que consume Europa, se ha convertido en el epicentro de la crisis energética europea. Tras los bombardeos de finales de febrero, el tráfico marítimo se ha reducido de forma drástica, encareciendo los fletes y disparando la volatilidad en los mercados de gas. Esta misma semana, Estados Unidos e Irán han vuelto a intercambiar ataques con misiles, poniendo en jaque el alto el fuego alcanzado en abril.

El presidente estadounidense Donald Trump ha redoblado la presión sobre sus aliados europeos para que se impliquen militarmente. «Si no vienen, nos iremos de la OTAN», llegó a amenazar en varias comparecencias. Sin embargo, hace apenas dos meses la propia Kallas reconoció que la UE no tenía «apetito» de expandir Aspides y sentenció que «esta no es la guerra de Europa».

El giro que ahora propone obedece a una lectura más pragmática: el coste económico de no actuar es mayor que el de enviar dragaminas. Varios funcionarios comunitarios han sugerido, incluso, restablecer los lazos energéticos con Rusia para aliviar la presión, una opción que choca frontalmente con la línea dura mantenida desde la invasión de Ucrania en 2022.

Para España, el estrecho de Ormuz es la puerta de entrada del GNL qatarí, que ha sustituido en buena medida al gas ruso. Una interrupción prolongada dispararía la factura energética nacional y pondría en riesgo la recuperación económica. El Gobierno, según fuentes cercanas a Moncloa, observa con «preocupación contenida» el debate europeo, consciente de que comprometer buques de la Armada en una zona de guerra podría ser impopular.

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Equilibrio de Poder

La propuesta de Kallas no es solo un movimiento táctico: representa un test de estrés para la autonomía estratégica europea. Si los 27 aprueban la misión, la UE dará un paso sin precedentes al asumir la responsabilidad de asegurar una ruta marítima vital sin el liderazgo de Estados Unidos. Si fracasa, quedará en evidencia la parálisis crónica de la Política Común de Seguridad y Defensa y la dependencia del paraguas militar estadounidense.

Washington, por su parte, observa con interés. La administración Trump prefiere que los europeos carguen con el coste de la estabilidad del Golfo mientras ella concentra sus recursos en el Indopacífico. Pero no todos en la Casa Blanca ven con buenos ojos que la UE adquiera músculo naval autónomo. El precedente histórico es elocuente: en 2019, tras los ataques a buques en el golfo de Omán, la Operación Sentinel liderada por EE.UU. dejó claro que la seguridad marítima era un bien público que Washington gestionaba en solitario. Ahora, Bruselas aspira a compartir ese liderazgo.

En el tablero ruso, la crisis también deja réditos. Una Europa ahogada por los precios de la energía está más receptiva a reactivar las importaciones de gas ruso, algo que Moscú viene insinuando discretamente. Si las negociaciones nucleares con Irán se desbloquean, el Kremlin podría ejercer de mediador, reforzando su papel de actor indispensable en Oriente Medio.

La lectura a 5-10 años es nítida: el estrecho de Ormuz será el campo de pruebas de la capacidad de la UE para actuar como un actor de seguridad global, no solo como un bloque económico. El éxito o el fracaso de esta propuesta definirá en gran medida la credibilidad de la Defensa europea en la próxima década.

De momento, la pelota está en el tejado de los 27. La próxima reunión del Consejo de Asuntos Exteriores, prevista para la segunda quincena de junio, será el primer escenario de un debate que promete ser tan técnico como políticamente explosivo.