EN 30 SEGUNDOS
- ¿Qué ha pasado? Rusia anuncia en el SPIEF que desarrollará capacidad propia para producir tierras raras ligeras, con el horizonte de 2028.
- ¿Quién está detrás? El Gobierno ruso, encabezado por el viceprimer ministro Denis Manturov, con el respaldo de su sector industrial y minero.
- ¿Qué impacto tiene? Reduce la dependencia de China, tensiona la cadena global de suministro y obliga a la UE y a España a replantear sus fuentes de minerales críticos.
Rusia acelera su plan para producir tierras raras ligeras sin ayuda externa y desafía así el monopolio que China ejerce en el mercado de minerales críticos. El viceprimer ministro Denis Manturov, durante una mesa redonda celebrada este jueves en el marco del Foro Económico Internacional de San Petersburgo (SPIEF), confirmó que el país ya posee las capacidades necesarias para las tierras raras pesadas y que el objetivo a corto plazo es replicar ese know-how en las ligeras de aquí a 2028.
Las tierras raras no son raras. Son difíciles de procesar. Y ahí está el truco. Estos 17 elementos químicos son imprescindibles para imanes de alta potencia, sistemas de defensa, vehículos eléctricos y telecomunicaciones. China controla más del 60% de la producción mundial y casi el 90% del refinado, una ventaja que Pekín ya ha usado como arma comercial. De hecho, en 2010 cortó el suministro a Japón durante una disputa territorial, dejando clara su capacidad de estrangulamiento.
Tierras raras: el eslabón más débil de la globalización
Rusia es uno de los pocos países con reservas relevantes de tierras raras, pero tras el colapso de la URSS perdió las cadenas de suministro integradas que necesitaba para explotarlas. Manturov reconoció que la competencia china dificultó la recuperación. Sin embargo, la administración de Moscú ha decidido pisar el acelerador. «Tenemos una relación estrecha, estratégica y de cooperación con China. Y les compramos sus productos», dijo. «Pero nos interesa la soberanía tecnológica y seguiremos avanzando en esa dirección».
El panel que acompañó al viceprimer ministro incluyó a varios altos cargos rusos, directivos industriales y ministros de minería de Arabia Saudí, Kazajistán y Sierra Leona. La presencia de estos países no es casual: el foro, conocido como «el Davos ruso», quiere tejer alianzas con el Sur Global y reducir la vulnerabilidad ante sanciones occidentales. Las tierras raras se convierten en un activo diplomático más.
Moscú apuesta por la soberanía tecnológica, pero sin romper con Pekín
La estrategia rusa es ambivalente. Por un lado, mantiene su alianza económica con China —el principal comprador de gas y petróleo rusos— y evita cualquier gesto que pueda interpretarse como hostil. Por otro, invierte en cerrar la brecha de procesamiento que tanto le ha costado. Manturov evitó calificar la dependencia china de «crítica», pero admitió que la meta es tener capacidad propia incluso en los elementos ligeros antes de que termine esta década.
El calendario es ajustado. La minería de tierras raras requiere procesos químicos complejos y un volumen de agua y energía que encarece cualquier proyecto. Rusia está aprovechando su amplia base nuclear para abaratar costes y planea levantar nuevas plantas de separación en Siberia. Si lo consigue, no solo dejará de importar de Pekín: podrá empezar a exportar, sobre todo a países que buscan alternativas tras la guerra comercial de Trump.
La pregunta no es si China reaccionará. Es cuándo y con qué intensidad.
Moscú confía en que su alianza estratégica amortigüe cualquier represalia inmediata. Pekín necesita el músculo energético y militar ruso tanto como Moscú los mercados chinos. Pero el movimiento altera los equilibrios del mercado global y añade un nuevo foco de tensión entre las dos potencias, que hasta ahora habían mantenido una cooperación casi incondicional.

Equilibrio de Poder
La entrada de Rusia en el club de los productores de tierras raras modifica la ecuación geoeconómica del triángulo Washington-Moscú-Pekín. Para Estados Unidos, la noticia es un arma de doble filo: debilita el monopolio chino —un objetivo declarado de la administración Trump—, pero fortalece al Kremlin, al que Bruselas y Washington mantienen bajo sanciones. Desde el Pentágono se observa con recelo cualquier avance ruso en materiales que nutren la industria de defensa, desde motores de misiles hasta sistemas de guiado.
En la UE, la reacción inicial es de sigilo. Bruselas tiene en marcha su propia Ley de Materias Primas Fundamentales, que busca diversificar fuentes y reducir la dependencia china. Pero, al igual que con el gas, una hipotética oferta rusa de tierras raras podría tentar a países dentro del bloque, generando divisiones. Para España, la situación es delicada: importamos prácticamente todos nuestros minerales críticos, y nuestra transición ecológica —aerogeneradores, paneles solares, baterías— necesita imanes cada vez más potentes. Un suministro ruso más barato plantearía un dilema entre geopolítica y competitividad industrial.
El precedente más evidente es el embargo chino a Japón en 2010, que disparó los precios y obligó al resto del mundo a reaccionar. Entonces, Pekín demostró que puede usar las tierras raras como instrumento de presión. La maniobra rusa introduce un nuevo proveedor y rompe la unanimidad del duopolio, pero también añade complejidad a un mercado que no está preparado para absorber la volatilidad. La lectura estratégica de este movimiento es que Moscú busca un as en la manga para futuras negociaciones con Occidente y a la vez estrechar lazos con el Sur Global. Las próximas reuniones del Consejo Europeo y la Cumbre de la OTAN serán termómetros de cómo los Veintisiete evalúan esta amenaza-oportunidad.

