Foxtrot, el proxy sueco de Irán en Europa: recluta adolescentes para atentados

La detención de un joven noruego en Reino Unido destapa el modelo de 'violencia como servicio' del grupo criminal sueco. El MOIS iraní externaliza sus ataques a través de adolescentes sin vínculo directo con el régimen.

El 19 de marzo de 2026, agentes británicos irrumpieron en un hotel de West Yorkshire para detener a un noruego de 19 años, Johannes Natland. Llevaba un revólver, munición y un encargo: asesinar a un objetivo aún no identificado por un precio de 28.000 dólares. Había sido reclutado a través de redes sociales por un contacto que se hacía llamar ‘Agente 47’. No militaba en Hezbolá ni viajó a Irán. Tampoco odiaba a Israel. Formaba parte de la nueva cadena de suministro del terror: jóvenes vulnerables conectados con una red criminal sueca que trabaja para el Ministerio de Inteligencia y Seguridad iraní, el MOIS.

El plan de asesinato que desveló la red

La investigación británica —que la fiscalía ha ido desgranando ante la prensa— revela un modus operandi tan sencillo como perturbador. Natland fue contactado en una plataforma de videojuegos, recibió instrucciones cifradas y viajó a un bosque cerca de Manchester para recoger el arma. No conocía al destinatario de la bala; el único vínculo era un número de dead drop virtual y la promesa de un pago. Según la autoridad judicial, el operador de Foxtrot que daba las órdenes utilizaba el alias de un personaje de videojuego para comunicarse con el adolescente. Un método de cut-out que difumina el rastro hasta el MOIS.

Le adelanto que esto no es un caso aislado. La organización Foxtrot —bautizada en los bajos fondos de Suecia y encabezada por el kurdo-iraní Rawa Majid— lleva años reclutando a menores en centros de acogida, instituciones mentales y plataformas de juego. Los investigadores del Centro para el Análisis de Políticas Europeas (CEPA) advierten de que la elección de adolescentes es deliberada: minimiza la responsabilidad penal y dificulta los interrogatorios. El objetivo no es ideológico; el pago mueve la aguja. Es lo que el investigador Guy Fiennes denomina ‘violencia como servicio’, una economía de bajo coste que capitaliza el caos social europeo.

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En enero de 2024, dos jóvenes daneses lanzaron granadas de mano contra la embajada israelí en Copenhague; ese mismo año, Foxtrot intentó volar con explosivos la legación israelí en Estocolmo. Ambos atentados fueron interceptados o erraron el blanco por poco. En marzo de 2026, una célula familiar —tres hermanos y su madre— empotró un artefacto explosivo improvisado en la entrada de la embajada de Estados Unidos en Oslo sin causar víctimas. La pista Foxtrot apareció de inmediato en todas las pesquisas. El MOIS no ensucia sus manos directamente: subcontrata a la mafia sueca y a pandilleros menores de edad, difuminando la línea entre crimen organizado, terrorismo y actor estatal.

Eso sí, el vínculo con Irán ya no es rumor. La inteligencia sueca e israelí han atribuido varias de estas acciones a sindicatos criminales alineados con el MOIS. Estados Unidos impuso sanciones al grupo y a Majid en marzo de 2025; Reino Unido las replicó en abril de 2026. El secretario de Estado, Marco Rubio, fue explícito al señalar la sintonía del capo con los líderes políticos iraníes. El mensaje de Washington y Londres es firme: quien ejecuta el trabajo sucio para Teherán en territorio aliado se convierte en objetivo de la inteligencia occidental.

Ya no hace falta un agente del MOIS en cada capital; basta con un adolescente, una red social y un precio. La guerra en la sombra se ha vuelto asequible.

Anatomía del reclutamiento: violencia como servicio

El modelo que describe el Soufan Center en su último informe es una adaptación pragmática. Con sus proxies clásicos —Hezbolá o las milicias chiíes iraquíes— diezmados por los bombardeos estadounidenses, Teherán se ha visto forzado a externalizar el wet work a redes criminales sin filiación política. El reclutamiento empieza en un chat de Discord, una partida de Fortnite o un grupo de Telegram. Se identifica la vulnerabilidad —deudas, adicciones, soledad— y se pone un precio. No hay adoctrinamiento ni mezquita. Solo dinero y una dirección.

Este sistema recuerda, con matices, a los ‘ilegales’ que el KGB plantaba durante la Guerra Fría, pero con una diferencia radical: aquellos se formaban durante años; estos muchachos pasan de cero a pistolero en semanas. La red Foxtrot funciona como un broker ilícito: conecta la necesidad operativa del MOIS —golpear patrimonio israelí o estadounidense en territorio europeo— con la oferta de violencia barata que anida en los márgenes del estado del bienestar. Yo mismo escribí en El quinto elemento que «el próximo 11S empezará con un clic»; ahora ese clic es un adolescente que acepta un encargo por el mismo canal que usa para pedir una pizza.

Las cifras que manejan fuentes de la policía británica consultadas para este artículo son elocuentes: en los últimos doce meses se han frustrado al menos cinco planes con patrones similares en suelo europeo. En Bélgica, una bomba detonó ante una sinagoga de Lieja en marzo; en París, dos jóvenes fueron investigados por preparar un ataque antisemita; en Ámsterdam, un explosivo alcanzó una escuela ortodoxa. Todos los casos comparten tres rasgos: ejecutores jóvenes, redes sociales como medio de reclutamiento y una huella química que conduce a Foxtrot o a intermediarios aún más opacos.

Al mismo tiempo, Estados Unidos ha desarticulado a Mohammad Baqer Saad Dawood al-Saadi, de Kataib Hezbolá, quien ofrecía 10.000 dólares por atacar sinagogas en Nueva York, California o Arizona a carteles locales y ‘lobos solitarios’. La conexión entre el crimen callejero y la estrategia de la Fuerza Quds ya no es hipótesis: es un manual.

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Cabe recordar que esta mutación es perfectamente racional desde el punto de vista del oficio de inteligencia. Al emplear segundos y terceros escalones, Irán gana negabilidad y enturbia la atribución, mientras obliga a los servicios europeos a dispersar recursos entre la contrainteligencia clásica y la investigación criminal. La respuesta de la policía y del MI5, con todo, ha sido ágil: las detenciones de Natland y de la célula iraní que vigilaba centros judíos en Londres lo confirman.

Rawa Majid

Dossier Moncloa: Ojos en la Sombra

Si algo caracteriza a este nuevo ciclo es su naturaleza híbrida. No estamos ante una operación HUMINT dirigida por un oficial de inteligencia, sino ante una externalización masiva que convierte al MOIS en un cliente de redes criminales. El vector de amenaza es doble: por un lado, la infiltración HUMINT ‘ligera’ de jóvenes vulnerables; por otro, el uso de la economía colaborativa del crimen para colocar artefactos explosivos o armas en puntos emblemáticos. El ataque a la embajada de EE.UU. en Oslo, con un artefacto rudimentario pero suficiente para dañar la entrada, demuestra que el listón técnico no es alto; basta con voluntad y un interlocutor que facilite el recurso.

Las agencias implicadas dibujan un tablero complejo. El atacante es el MOIS, que se sirve de Foxtrot como brazo armado desechable. Los defensores son, en primera línea, los servicios de inteligencia y las policías de Suecia, Reino Unido, Dinamarca, Noruega y Bélgica, junto con el MI5 y la DGSE cuando los intereses nacionales se ven amenazados. Los terceros que miran de reojo son el Mossad —porque los objetivos son israelíes—, la CIA y, por supuesto, el CNI. Me consta, por fuentes de la comunidad de inteligencia, que el Centro Criptológico Nacional ha elevado la vigilancia sobre posibles réplicas en suelo español, especialmente en enclaves diplomáticos de Barcelona y Madrid. No hay constancia de una célula Foxtrot activa en nuestro país, pero el patrón sueco indica que la captación de adolescentes no conoce fronteras.

El caso recuerda, salvando las distancias, a la Operación Litvinenko de 2006: una acción de Estado ejecutada con un arma exótica y una cadena de intermediarios que dificultó la atribución. Aquí el veneno se llama dinero fácil. La diferencia es la escala: el MOIS aspira a mantener una presión constante sin levantar la mano, disimulando sus ataques en un paisaje de bandas y delincuentes. En mi opinión, este es el giro doctrinal más relevante de la inteligencia iraní desde la creación de la Fuerza Quds: convertir la desesperación juvenil de media Europa en un arma estratégica, barata y negable.

El nivel de clasificación de la información que manejan los servicios sobre la conexión entre Foxtrot y el MOIS se sitúa, a juzgar por la naturaleza del material interceptado, en la banda de ‘Secreto’ o superior. Los datos de geolocalización de los contactos de Majid con agentes iraníes en Turquía y Kurdistán iraquí no son públicos. Sin embargo, la labor de OSINT del Soufan Center permite reconstruir un relato sólido sin necesidad de acceder al expediente judicial completo.

Termino con una reflexión abierta: la próxima cumbre del Consejo de Seguridad de la ONU, prevista para después del verano, abordará sin duda la difuminación de las líneas rojas en el terrorismo de Estado. España, que ostenta la presidencia de turno, tendrá la oportunidad de poner sobre la mesa un debate incómodo: cuando una red sueca ejecuta lo que un régimen no se atreve a firmar, la arquitectura de la respuesta colectiva se resquebraja. No es solo un problema de policía; es el síntoma de que la guerra en la sombra se ha vuelto asequible. Y los más baratos, como casi siempre, son los más vulnerables.