Nadia Calviño ha descartado este martes cualquier aspiración a presidir el Banco Central Europeo (BCE). La exvicepresidenta económica del Gobierno español, hoy al frente del Banco Europeo de Inversiones (BEI), ha respondido con un rotundo «no, no, no, no» a la posibilidad de suceder a Christine Lagarde, cuyo mandato expira en el otoño de 2027. La aclaración, realizada durante la cumbre Reuters NEXT en Londres, cambia de golpe las quinielas del relevo al frente de la institución de Fráncfort.
«Estoy absolutamente orgullosa, comprometida y feliz de estar al frente del Banco Europeo de Inversiones», ha zanjado Calviño. La declaración, seca y sin matices, cierra la puerta a una de las bazas más sólidas que el sur de Europa —y en particular España— podía colocar sobre la mesa. La presidenta del BEI llevaba semanas figurando en todas las listas informales de candidatos, tanto por su perfil técnico como por su conocimiento de los resortes comunitarios tras haber pilotado la cartera de Asuntos Económicos en plena negociación de los fondos Next Generation.
Un «no» que despeja la carrera y deja a Moncloa sin plan B
La negativa de Calviño no es una sorpresa para quienes siguen de cerca los pasillos del Berlaymont y del Eurogrupo. La exministra encontró en el BEI un refugio de alta política sin el desgaste diario de la política monetaria, y su gestión al frente del brazo financiero de la UE ha sido valorada por varias capitales. Sin embargo, hasta hoy mantenía ese silencio táctico que alimentaba las especulaciones. Ahora, la carrera por la presidencia del BCE queda oficialmente sin un perfil español de primer nivel.
El movimiento deja a Moncloa ante un dilema incómodo. Con la cuota de poder española en las instituciones europeas debilitada tras la salida de Josep Borrell y la jubilación de varios comisarios, la pérdida de la única candidatura vertebral al BCE obliga al Gobierno a reorientar sus fichas hacia otras posiciones. Fuentes diplomáticas consultadas por Moncloa.com reconocen que Madrid esperaba contar con Calviño como moneda de cambio en el gran reparto de altos cargos previsto para 2027, cuando se renueven simultáneamente la Comisión Europea, la presidencia del Consejo Europeo y la del propio BCE.
Francia, Alemania y los halcones del norte se reparten las cartas

El vacío que deja Calviño será ocupado, salvo giro inesperado, por candidatos del eje franco-alemán o de los países frugales. El actual vicepresidente del BCE, Luis de Guindos, podría aspirar a dar el salto, aunque su peso político es menor. En París suena con fuerza el nombre del gobernador del Banco de Francia, François Villeroy de Galhau, un perfil moderado pero con la etiqueta del Elíseo. Berlín, por su parte, guarda silencio mientras coloca discretamente a Joachim Nagel, presidente del Bundesbank, reconocido halcón monetario que aboga por tipos de interés estructuralmente más altos. Los Países Bajos, con Klaas Knot, y Austria, con Robert Holzmann, también vigilan de cerca la partida.
La geometría es clara: el BCE no elige a su presidente en una votación abierta, sino tras un complejo regateo en el Consejo Europeo. Y en ese tablero, España acaba de perder su ficha más valiosa. «La retirada de Calviño es un síntoma de que el Sur no va a apostar por una candidatura agresiva, sino que buscará negociar un perfil de consenso que no inquiete a Berlín», analiza un veterano funcionario del Mecanismo de Estabilidad Europeo (MEDE) consultado por esta redacción.
El adiós de Calviño deja al sur de Europa sin un candidato natural para el BCE. La presidencia se jugará ahora entre un halcón del norte o un pacto franco-alemán que diluya las diferencias.
El Eje del Poder Europeo
La sucesión de Lagarde es mucho más que un cambio de caras: define el rumbo monetario de la Eurozona durante los próximos ocho años. Con la inflación aún en niveles superiores al objetivo del 2% y los tipos de interés en el 2,75% tras el último recorte, el próximo presidente heredará un equilibrio frágil. Si el cargo recae en un halcón declarado —como Nagel—, el BCE podría acelerar la normalización monetaria, encareciendo la financiación de la deuda pública de países como España e Italia. Si, por el contrario, se impone un perfil más pragmático —al estilo de Villeroy—, la institución mantendrá un sesgo expansivo que beneficia al sur.
España observa este pulso con la impotencia de quien ha perdido a su mejor jugador. La exclusión de Calviño de la contienda refuerza la percepción de que el Eurogrupo y el Consejo Europeo están cada vez más dominados por la alianza entre París y Berlín, con los frugales como terceros en discordia. De hecho, el precedente histórico más directo fue la propia elección de Lagarde en 2019, cuando Francia impuso a su candidata tras un pacto secreto con Berlín a cambio de la presidencia de la Comisión para Ursula von der Leyen. Aquel intercambio de cromos se repitió en 2024 con el nombramiento de un primer ministro estonio para la cartera de Defensa, mientras España se conformaba con una vicepresidencia sin cartera visible.
La retirada de Calviño, además, obliga a Moncloa a recolocar sus apuestas. El Gobierno ya baraja reforzar la candidatura de la vicepresidenta económica, María Jesús Montero, para un puesto de peso en la Comisión o, en su defecto, presionar para que Guindos se mantenga en la vicepresidencia del BCE. Cualquiera de esas opciones dependerá de la capacidad de Pedro Sánchez para tejer alianzas en un Consejo Europeo que en 2027 estará condicionado por las elecciones alemanas y francesas. La partida acaba de empezar.
