Alonso de Ercilla, el soldado poeta que narró la conquista de Chile en versos

Escribió La Araucana en plena guerra, sobre cuero y corteza de árbol, mientras combatía a los mapuches. El poema épico, publicado en tres partes entre 1569 y 1589, le valió el título de «el Homero español».

«Escribí esta obra en la guerra, y en la misma guerra, a falta de papel, algunas veces en cuero, y otras en cortezas de árboles». La confesión la estampó el propio Alonso de Ercilla en la dedicatoria a Felipe II que abre la primera parte de La Araucana. No era una hipérbole literaria: sobre un pedazo de cuero de caballo, curtido a medias por la intemperie de los bosques del sur de Chile, el soldado poeta había arañado los primeros versos de la que sería la gran epopeya del Siglo de Oro español.

La imagen es casi irreal: un hidalgo de veintitantos años, con la espada todavía manchada de barro y la mecha del arcabuz recién apagada, agachado junto a la lumbre del campamento mientras raspa los endecasílabos con un punzón de hierro. A su alrededor, el silencio de la noche solo lo rompen los lamentos de los heridos y el rumor del río Bíobío. No había papel, ni tinta decente, ni quietud. Y sin embargo, allí nacía un monumento de la lengua castellana.

Capítulo I: El joven cortesano que se embarcó a las Indias

Alonso de Ercilla y Zúñiga había llegado a Chile en 1557, a bordo de la expedición del nuevo gobernador García Hurtado de Mendoza. Tenía entonces unos veinticuatro años y nada en su biografía madrileña presagiaba al poeta épico. Hijo de Fortún García de Ercilla, jurista del Consejo Real, y de Leonor de Zúñiga, el niño Alonso quedó huérfano de padre al año de nacer. Su madre logró colocarlo como paje del príncipe Felipe, el futuro rey, y aquel destino marcó su educación: latín, esgrima, música y, sobre todo, el roce con los grandes literatos de la corte.

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Acompañó al príncipe en su viaje a Inglaterra para la boda con María Tudor y allí respiró los aires del Renacimiento europeo. Pero cuando en 1555 supo que el nuevo gobernador de Chile, un Hurtado de Mendoza veinteañero y ambicioso, preparaba una expedición de conquista, Ercilla pidió plaza. No iba como soldado raso: lo admitieron como gentilhombre, un puesto que le permitía alternar la pluma con la espada sin desdoro de su linaje.

Capítulo II: La guerra araucana, una trinchera sin fin

El Chile que encontró el poeta no era la tierra prometida que cantaban las relaciones de Indias. Era un territorio agreste, selvático, donde los mapuches —los «araucanos» del poema— combatían con una fiereza que los españoles no habían visto en el Perú ni en México. La conquista, iniciada por Pedro de Valdivia una década antes, se había empantanado tras la muerte del propio Valdivia a manos de Lautaro en 1553. Ercilla desembarcó en medio de la ofensiva de García Hurtado para sofocar la rebelión.

Durante los siguientes cinco años, el joven madrileño cabalgó entre las columnas castellanas por los valles de Arauco, Purén y Tucapel. No era un mero espectador. Combatió en la batalla de Lagunillas, en la toma del fuerte de Penco, en la fundación de Cañete y en el asedio de Concepción, que los mapuches habían convertido en una ratonera de barro y cadáveres. Las fuentes no detallan sus cicatrices, pero sí aseguran que en más de una ocasión salvó el pellejo por los pelos. El cronista, sin embargo, tomaba notas mentales incluso mientras se defendía a mandoble limpio.

Capítulo III: El poema que nació en cuero y corteza

Fue en aquella vorágine donde empezó a componer La Araucana. Lo hizo, según su propio testimonio, casi en secreto, robándole horas al sueño y al descanso de las guardias. La falta de papel lo obligó a escribir sobre el material que tenía más a mano: los cueros de las monturas, las cortezas de los árboles, los pergaminos reaprovechados de los partes de guerra. «No con pequeño trabajo», apostilla él mismo en la dedicatoria al rey, con esa elegante contención que delata un orgullo inmenso.

La obra no es un panegírico de los conquistadores. Ercilla, con una audacia insólita para su época, dedicó cantos enteros a la dignidad de los adversarios. Caupolicán, Lautaro, Galvarino, Rengo —los jefes mapuches— aparecen retratados con la misma grandeza que los capitanes españoles. En el canto II, el poema se abre con un verso que aún hoy estremece: «No las damas, amor, no gentilezas / de caballeros canto enamorados… / mas el valor, los hechos, las proezas / de aquellos españoles esforzados, / que a la cerviz de Arauco no domada / pusieron duro yugo por la espada». Era la declaración de principios de un soldado que, sin dejar de ser leal a su rey, se negaba a envilecer al enemigo.

La Araucana

La primera redacción se extendió durante las pausas de la guerra, entre 1558 y 1562. Los compañeros de armas le oían recitar octavas en voz baja alrededor del fuego y, según contaría después, algunos lo alentaban y otros lo creían medio loco. Pero Ercilla persistió. Cuando por fin regresó a España en 1562 o 1563, traía en el equipaje varios rollos de cuero manuscrito y una ambición literaria que pronto conmocionaría los círculos cortesanos.

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Capítulo IV: La gloria tardía del «Homero español»

Instalado de nuevo en Madrid, Ercilla pulió su borrador durante cinco años. La primera parte de La Araucana vio la luz en 1569, editada en la imprenta de Pierres Cosin, y la acogida fue inmediata. La corte del taciturno Felipe II, tan poco dada a los entusiasmos, celebró aquellos endecasílabos como el nacimiento de una epopeya nacional. En 1578 apareció la segunda parte y, una década después, en 1589, la tercera y última, completando los treinta y siete cantos que suman la obra.

El éxito le abrió las puertas de la diplomacia: Felipe II lo envió como emisario a diversas cortes alemanas e italianas. Pero Ercilla no volvió a empuñar la espada en combate. El poeta había terminado de sepultar al soldado. No obstante, la fuerza de su verso bélico seguía fresca, como atestigua el juicio de Miguel de Cervantes. En el escrutinio de la biblioteca de Alonso Quijano, el autor del Quijote salvó La Araucana del fuego calificándola de «el mejor libro que en verso heroico en lengua castellana está escrito». Y no era un elogio menor viniendo de quien venía.

Capítulo V: La vejez discreta y el legado sin ruido

Alonso de Ercilla murió en Madrid el 29 de noviembre de 1594, a los sesenta y un años, sin haber publicado otra obra de aquella envergadura. Se retiró de la corte en sus últimos años y apenas se conservan datos de su intimidad. Su testamento, sin embargo, revela que no amasó fortuna con los versos: las ediciones de La Araucana circularon con éxito, pero las leyes de imprenta del XVI rara vez enriquecían al autor. Vivió lo justo y murió discretamente, como había escrito en guerra.

Quinientos años después, su poema sigue siendo leído como el único texto del Siglo de Oro que convierte a los indígenas en protagonistas de pleno derecho. No es poca cosa para un madrileño que arañó octavas sobre un cuero de caballo mientras sus compañeros dormían y el Bíobio rugía en la oscuridad. Quizá, como él mismo sospechó, la guerra no se ganó ni se perdió en los campos de Chile: se ganó en una mano que empuñaba la pluma con la misma determinación con que había empuñado la espada.

«No las damas, amor, no gentilezas / de caballeros canto enamorados, / ni las muestras, regalos y ternezas / de amorosos afectos y cuidados; / mas el valor, los hechos, las proezas / de aquellos españoles esforzados, / que a la cerviz de Arauco no domada / pusieron duro yugo por la espada.» — Alonso de Ercilla, La Araucana, canto I (1569).