EN 30 SEGUNDOS
- ¿Qué ha pasado? El presidente de EE.UU. ha ordenado al Departamento de Justicia investigar a las grandes petroleras por no trasladar el desplome del crudo al precio de la gasolina.
- ¿Quién está detrás? Donald Trump, en plena reapertura del estrecho de Ormuz y tras el alto el fuego provisional con Irán.
- ¿Qué impacto tiene? La presión sobre las refinerías coincide con un mercado petrolero volátil y una tregua que puede abaratar los suministros, pero el enfriamiento tarda en llegar al surtidor.
El presidente de Estados Unidos ha girado esta misma mañana el foco de la crisis del Golfo hacia el mercado interior. Trump ha ordenado al Departamento de Justicia (DOJ) que abra una investigación formal contra las grandes petroleras por mantener los precios de la gasolina artificialmente altos pese al derrumbe del crudo. Lo ha comunicado en su red Truth Social, acusando a las compañías de estar ‘estafando’ (gouging, en sus propias palabras) a los consumidores. La decisión llega cuando el barril de referencia mundial, el Brent, cotiza por debajo de los 77 dólares, menos de lo que marcaba antes de la guerra contra Irán.
La paradoja del surtidor: el petróleo se hunde pero la gasolina se resiste
El movimiento de Trump tiene una base técnica comprensible para cualquiera que siga los mercados de commodities. Los futuros del crudo han caído más de un 30% desde los máximos de mayo, cuando la ofensiva militar de EE.UU. e Israel sobre Irán empujó al Brent hasta rozar los 120 dólares el barril. Sin embargo, el precio medio de la gasolina regular en Estados Unidos apenas se ha desinflado un 10%, situándose alrededor de los 3,90 dólares por galón. El máximo de abril —más de 4 dólares— sigue fresco en la memoria de los conductores.
El rezago entre el crudo y el precio en el surtidor no es inusual. Refinar, transportar y distribuir combustible implica costes que no se evaporan de inmediato, y los contratos de cobertura (hedging) de las refinerías ralentizan el traslado de los descensos. Pero la administración Trump interpreta que la demora es ahora excesiva, alimentada por márgenes de refino que se mantienen muy por encima de la media histórica. De ahí que el DOJ haya recibido la orden de ‘empezar a investigar de inmediato’.
En paralelo, el contexto geopolítico no puede ser más favorable para una corrección acelerada del precio. El estrecho de Ormuz ha sido reabierto al tráfico comercial de hidrocarburos tras el principio de acuerdo alcanzado entre Washington y Teherán en las conversaciones de Suiza, mediadas por Catar y Pakistán. La ruta, por la que transitaba alrededor del 20% del suministro mundial de crudo antes de la guerra, vuelve a estar operativa, y las primeras cargas de petróleo iraní empiezan a fluir.
Un acuerdo precario con impacto inmediato en el mercado
El alto el fuego provisional entre Estados Unidos e Irán incluye una hoja de ruta de 60 días hacia un pacto definitivo, la creación de un comité de alto nivel para supervisar el proceso y, como gesto de distensión, una exención temporal de sanciones al sector petrolero iraní emitida por el Tesoro estadounidense. La licencia autoriza de nuevo la producción, venta y entrega de crudo y petroquímicos iraníes, lo que ha acelerado la corrección de los futuros en las sesiones asiáticas. El Brent para entrega en agosto se dejó un 0,91% hasta los 76,38 dólares, mientras el West Texas Intermediate de mismo vencimiento retrocedió un 0,94% hasta los 72,52 dólares.
Para la Casa Blanca, la ecuación es doble: apaciguar el enfado doméstico por la inflación energética sin renunciar a la presión diplomática sobre Teherán. La exención de sanciones se vende como un gesto de buena voluntad dentro de un marco negociador, pero en los despachos de Moncloa la lectura es otra: la administración estadounidense necesita desesperadamente estabilizar el mercado del crudo antes de que el ciclo electoral de 2028 empiece a pesar.
Trump utiliza la presión judicial como herramienta de política económica en un momento de alta sensibilidad en los mercados energéticos.
La reapertura de Ormuz y la entrada de barriles iraníes podrían, en teoría, seguir empujando los precios a la baja. No obstante, la capacidad de refino global sigue tensionada, y las petroleras estadounidenses argumentan que necesitan reconstruir márgenes tras meses de volatilidad extrema. El choque entre la narrativa política y la realidad operativa está servido.

Equilibrio de Poder
La decisión de Trump de ordenar al DOJ que investigue a las grandes petroleras no es una maniobra aislada. Responde a un patrón que venimos observando desde que la crisis de Ormuz reventó los presupuestos de los hogares estadounidenses: utilizar el brazo judicial para acallar la percepción de que las élites corporativas se aprovechan de la inestabilidad. El presidente, que en febrero autorizó la campaña de bombardeos sobre Irán junto a Israel, necesita ahora un chivo expiatorio que explique por qué la gasolina sigue cara a pesar de que el crudo se ha desplomado. Las grandes petroleras encajan en ese papel.
En el eje Washington-Bruselas-Moscú, cada actor mueve ficha. La Unión Europea observa con alivio la distensión en el Golfo —el Brent por debajo de 80 dólares es una bendición para una industria que sigue pagando la energía cara—, pero la prisa de EE.UU. por cerrar un acuerdo con Irán inquieta en Tel Aviv y en algunas capitales del Este. Moscú, por su parte, ve con recelo la disputa de Trump con sus propias petroleras, consciente de que una caída adicional del crudo debilita su presupuesto de guerra en Ucrania. La decisión del DOJ puede ser un asunto doméstico, pero sus ondas expansivas llegan a todos los rincones del tablero energético mundial.
Para España, la noticia tiene una lectura mixta. Por un lado, la gasolina y el gasóleo en las gasolineras españolas siguen muy por encima de los niveles de 2021, y una posible corrección en los mercados internacionales aliviaría la inflación subyacente. Por otro, la reapertura de Ormuz y el regreso del crudo iraní al mercado fortalecen la posición de actores como Marruecos, que ha apostado por convertirse en un hub energético entre África y Europa, y que ahora puede competir con refino más barato. El Gobierno de Sánchez, que negocia en Bruselas un mecanismo ibérico permanente para el precio de la electricidad, ve con buenos ojos cualquier presión a la baja sobre los combustibles fósiles en el corto plazo, aunque en los pasillos de Defensa preocupa la fragilidad del acuerdo con Irán: un colapso de la tregua devolvería la prima de riesgo geopolítico al crudo en cuestión de horas.
La lección estratégica a cinco años es evidente: la dependencia del estrecho de Ormuz como arteria del suministro mundial sigue siendo el talón de Aquiles del modelo energético occidental. Aunque la transición verde acelere, los picos de volatilidad provocados por conflictos en el Golfo demuestran que el precio de la gasolina lo dictan tanto las refinerías como los acuerdos diplomáticos frágiles. El gesto de Trump ante las petroleras es, en el fondo, un síntoma de que la Casa Blanca aún no controla todas las variables del tablero.
El próximo hito será el informe mensual de la Agencia Internacional de la Energía, que deberá confirmar si el aumento de la oferta iraní se traduce realmente en existencias comerciales y no solo en movimientos especulativos. Hasta entonces, el DOJ tendrá tiempo para iniciar sus pesquisas y las petroleras, para preparar su defensa.

