El olor a tinta y a cera ardiente se mezclaba con el polvo de los anaqueles de la biblioteca del Palacio Real. Aquella tarde de noviembre de 1613, un manuscrito de letra menuda, tachonada de cultismos y metáforas insólitas, corría de mano en mano entre los cortesanos. Las Soledades de Luis de Góngora habían llegado a la corte, y con ellas, el escándalo. El poeta cordobés, que hasta entonces había entretenido a la corte con letrillas y romances satíricos, acababa de lanzar la mayor revolución estética que había conocido la lengua castellana. Nadie quedó indiferente: unos proclamaron el nacimiento de la poesía más alta; otros, entre ellos Lope de Vega y Francisco de Quevedo, armaron una ofensiva de panfletos y sonetos mordaces. El «cisne cordobés» se convertía, a sus cincuenta y dos años, en el centro de la tormenta literaria del Siglo de Oro.

Capítulo I: La Córdoba del cisne
Luis de Góngora y Argote nació el 11 de julio de 1561 en la calle de las Pavas de Córdoba, hijo de Francisco de Argote, jurista de la Inquisición, y de Leonor de Góngora, perteneciente a una familia de hidalgos venida a menos. El apellido materno, más sonoro y con ecos de alcurnia, fue el que escogió para firmar sus versos. Siendo el segundo de cuatro hermanos, la carrera eclesiástica era el destino natural de quien no heredaba el mayorazgo. Ingresó en la Universidad de Salamanca, pero las aulas, las disputas escolásticas y los libros de leyes le resultaron tan áridos como los campos de Castilla. En 1580 regresó a Córdoba sin título alguno, pero con la cabeza llena de latines, de una afición desmedida por las comedias y de una seguridad en sí mismo que rayaba en la soberbia.
Ordenado de menores, obtuvo en 1585 el cargo de racionero de la catedral de Córdoba, un beneficio que le garantizaba rentas sin exigirle demasiada devoción. Góngora pasaba los días entre el coro y los corrillos de la plaza, luciendo una capa negra y un ingenio que pronto le granjeó fama de mordaz. De aquella primera época proceden sus letrillas y romances, joyas de la poesía popular, donde ya asoma un oído prodigioso para la música del castellano: «Lloraba la niña / (y tenía razón) / la prolija ausencia / de su ingrato amor». Versos que todo el mundo tarareaba y que le valieron el afecto callejero, pero también las primeras enemistades: en una letrilla satírica contra el cabildo catedralicio, deslizó que los canónigos «viven a mesa franca / y a Dios dan el excremento», lo que le costó una amonestación del obispo y la certeza de que su pluma podía herir.
Capítulo II: Un racionero con alma de cisne
Durante más de veinte años, Góngora compaginó la administración de las rentas catedralicias con una producción poética que iba del romance morisco al soneto petrarquista. Viajó por Castilla, compró y vendió trigo, se enredó en pleitos y frecuentó los ambientes teatrales de Madrid, donde trabó amistad con actores y comediógrafos. Nunca se casó, aunque se le conocen amores con una dama cordobesa que algunos documentos identifican como María de Córdoba, y de la que pudo tener una hija. La discreción con que llevó su vida sentimental contrasta con la desfachatez de sus poemas, que no perdonaban a clérigos, alcahuetas ni cortesanos.
En esos años, su paleta verbal se fue oscureciendo. Las lecturas de los poetas latinos —Ovidio, Horacio, Estacio— y de los italianos —Tasso, Marino— le inocularon la ambición de ennoblecer el castellano con una sintaxis latinizante y un léxico que rescataba arcaísmos y cultismos. El resultado, que él llamó «lenguaje cúmplice», fue el culteranismo, una estética que renunciaba a la claridad en favor de la sugerencia, la metáfora encadenada y la hipérbole mitológica. «Quien quisiere ser culto en pocos días / la jeri (aprenderá) en la jeri (gonza) siguiente», se burlaba Quevedo, convencido de que aquello era puro artificio. Pero Góngora no se arredró. En 1612, animado por el conde de Niebla, terminó la Fábula de Polifemo y Galatea, poema en octavas reales que competía directamente con Las Metamorfosis de Ovidio. Y al año siguiente, rubricó su testamento literario: las Soledades, una obra a la que dedicaría el resto de sus días y que se convertiría en la cumbre de la poesía barroca española.
Capítulo III: El terremoto culterano
Las Soledades eran un poema narrativo sin argumento definido —ni batallas, ni amores cortesanos— que describía, en una lengua de símbolos y comparaciones deslumbrantes, el paso de un peregrino por un paisaje pastoril. El primer verso ya anticipaba la revolución: «Era del año la estación florida / en que el mentido robador de Europa…». El mentido robador de Europa era Júpiter transformado en toro, es decir, la primavera. El poema exigía un lector culto, capaz de descifrar referencias mitológicas y de seguir hipérbatos que estiraban la frase hasta el límite. No era verso para ser recitado en la plaza; era música para una minoría que Góngora imaginaba cosmopolita y selecta.
La reacción no se hizo esperar. Lope de Vega, que envidiaba el favor del conde de Lemos, escribió a un amigo: «Confieso que es de maravillosa invención, pero no es posible que la entienda todo el mundo». Quevedo compró la casa contigua a la de Góngora en Madrid solo para molestarlo con ruidos, y le dedicó uno de sus sonetos más brutales: «Yo te untaré mis versos con tocino / porque no me los muerdas, Gongorilla». A lo que el cordobés respondió con un latigazo: «¿Por qué niegas, oh docto, lo que mides? / Si para moscas eres arañuela». La guerra literaria se libró en las prensas y en los mentideros de la corte durante una década. En el fondo de la trifulca latía algo más que el estilo: era una pugna entre dos modelos de lengua y de país. Góngora apostaba por una república de las letras aristocrática, elitista; sus adversarios defendían un idioma claro, popular, al alcance de todos. La historia, con el tiempo, daría la razón a ambos.

Capítulo IV: Las cadenas del cisne
En 1617, Góngora se instaló definitivamente en Madrid. Soñaba con un mecenazgo real que le librase de las estrecheces económicas y le permitiese dedicarse solo a las letras. Durante meses frecuentó las antecámaras del duque de Lerma, del conde de Olivares y del propio Felipe III, a quien dedicó un panegírico que el rey ni siquiera leyó. El poeta se endeudó hasta la camisa; sus cartas revelan a un hombre humillado, que calcula cuántas varas de paño debe al sastre y cuánto dinero le ha de enviar su hermano de Córdoba para no pasar hambre. Aquella corte a la que había deslumbrado con sus versos le dio la espalda. Olivares, con quien mantenía una relación ambivalente, llegó a pagarle algún que otro soneto de circunstancias, pero nunca un cargo estable. El cisne se despeñaba envuelto en facturas y deudas.
En medio de la penuria, la vena poética no se secó. Compuso el Panegírico al duque de Lerma (1617), la Fábula de Píramo y Tisbe (1618) y algunos de sus sonetos más intensos, como el estremecedor «De la ambición humana», en el que medita sobre la vanidad del poder: «Érase un edificio soberano / (¡oh, vano honor de la ambición humana!)». La ironía de aquellos años es que, mientras sus enemigos publicaban antologías de sus poesías «para que se viera lo detestable de su estilo», Góngora se convertía en el poeta más copiado de España. Los cultos se multiplicaban en Lima, en Nápoles y en México; las Soledades circulaban manuscritas de palacio en palacio, pasando por alto la censura de los casticistas.
Capítulo V: El silencio del cisne
En 1626, los síntomas de lo que los médicos llamaron «una fluxión de humores» empezaron a nublarle la memoria. Olvidaba los nombres de quienes le saludaban, se perdía por calles que había recorrido mil veces y, lo peor para un poeta, las palabras comenzaron a escurrírsele. Regresó a Córdoba en la primavera de 1627, en una litera alquilada, con la mente ya ausente. Murió el 23 de mayo de aquel año, a los sesenta y cinco, rodeado de un puñado de familiares y de los pocos pliegos de las Soledades que había conseguido terminar. El canónigo que redactó su partida de defunción escribió, sin adjetivos: «Don Luis de Góngora, racionero, murió en esta ciudad». Ninguna lápida.
El olvido le persiguió durante dos siglos. Los ilustrados del XVIII vieron en el culteranismo un exceso ridículo; los románticos rescataron a Lope y a Calderón, pero no a Góngora. Habría que esperar al siglo XX, cuando un grupo de poetas jóvenes —Federico García Lorca, Rafael Alberti, Pedro Salinas, Jorge Guillén—, que se bautizaron como la Generación del 27, precisamente por el tricentenario de la muerte de Góngora, reivindicaron su legado. Dámaso Alonso dedicó media vida a editar y comentar sus poemas, demostrando que la oscuridad gongorina no era capricho, sino una exigencia de belleza. Desde entonces, el cisne cordobés ocupa el lugar que merece: el de un clásico insoslayable que ensanchó los límites del castellano, tanto como Cervantes ensanchó los de la novela.

«Era del año la estación florida / en que el mentido robador de Europa, / media luna las armas de su frente, / y el Sol todos los rayos de su pelo…»
— Luis de Góngora, Soledades, 1613.
Los archivos conservan silencios elocuentes. El sumario del pleito que el poeta mantuvo con el cabildo catedralicio rueda aún por las estanterías del palacio episcopal de Córdoba, entre legajos de diezmos y de cuentas de fábrica. La caligrafía menuda del racionero, sus tachaduras y sus añadidos, siguen contando la historia de un hombre que cambió la poesía mientras luchaba por una onza de reconocimiento. Quizá por eso, el verso que mejor lo retrata no es una metáfora culta, sino aquel romance que toda Córdoba tarareaba: «Servía en Orán al rey / un español con dos lanzas, / y con el alma y la vida / a una gallarda africana». Detrás del cultista inaccesible, bullía siempre un poeta de calle, con la mano en la espada y la mirada puesta en la belleza inalcanzable.

