EN 30 SEGUNDOS
El artículo no incluye el cuadro ‘EN 30 SEGUNDOS’ por tratarse de un análisis de intrahistoria política sin acción inmediata para el lector.
Salvador Illa ha cerrado en falso la legislatura catalana. Con la aprobación de los primeros presupuestos del Govern —49.126 millones de euros—, el president ha comprado tiempo y estabilidad. Pero, sobre todo, se ha librado de la amenaza de un adelanto electoral que en febrero parecía inminente. Ahora, con las cuentas aseguradas, el PSC ya dibuja la ruta hasta 2028 mientras prepara el tablero para las autonómicas de 2027.
La maniobra no es menor: los presupuestos funcionan como un seguro de vida político que blinda al Ejecutivo frente a bloqueos y zancadillas parlamentarias. Illa puede gobernar sin sobresaltos, aunque el ‘oasis catalán’ —como lo bautizó un colaborador— contrasta con el calvario que vive Pedro Sánchez en Madrid.
Los presupuestos como escudo y palanca
El acuerdo con ERC y los Comuns ha sido un golpe de carpintería política. La consellera de Economía, Alícia Romero, ha pilotado una negociación que en marzo parecía muerta, cuando los republicanos forzaron la retirada del primer proyecto presupuestario. Romero cierra ahora con un reconocimiento explícito de sus socios —Ester Capella y Jéssica Albiach le han aplaudido el gesto— y con un colchón de 49.126 millones que permite al Govern desplegar sus políticas sin ataduras.
La cifra, que equivale a unos 6.300 euros por catalán al año, incluye inversiones plurianuales que comprometen también el próximo ejercicio. En la práctica, los presupuestos blindan la legislatura hasta el final del mandato porque el Parlament no podrá tumbar las cuentas hasta la siguiente ronda. Illa gana libertad para mover fichas sin miedo a que un tropiezo parlamentario acorte su mandato.
El dilema Paneque: la consellera que mira a Girona
Una de las decisiones más delicadas que Illa ya casi tiene tomada afecta a la titular de Territorio, Vivienda y Transición Ecológica y portavoz del Govern: Sílvia Paneque. La líder del PSC en las comarcas gerundenses es la baza principal para asaltar la única capital de provincia que se le escapó a los socialistas en 2023. Girona gobierna hoy Guanyem, pero la vocación de Paneque y la espina que aún tiene clavada empujan su vuelta al municipalismo.
El movimiento supondría renunciar a la mujer fuerte en las dos grandes misiones de la legislatura: construir vivienda y dignificar Rodalies.
Según fuentes del entorno del president consultadas por Moncloa.com, la salida se comunicaría en febrero de 2027, es decir, dentro de siete meses. Eso deja a Paneque aún margen para empujar los trámites en marcha —grúas y raíles, ladrillos y trenes— y para que Illa nombre a un sucesor que mantenga la continuidad. También heredará la portavocía, que ha multiplicado su desgaste tras la crisis ferroviaria del temporal Harry y el accidente de Gelida. Por ahora, el favorito es Albert Dalmau, que ya asume funciones interinas en Salud.
La renovación del Govern y el calendario electoral
El verano de 2026 trae además la posible salida de la consellera de Salud, Olga Pané, que accedió al cargo con la condición expresa de no agotar la legislatura. Desde mayo arrastra una baja por fractura de peroné y calcáneo, y su regreso en otoño sería ya una cuestión de liquidación. Illa podría aprovechar el ecuador de la legislatura —los socialistas cumplen dos años en agosto— para inyectar savia nueva en el Govern y compensar el desgaste natural de gobernar hasta 2028.
El calendario lo condiciona todo: las elecciones al Congreso de los Diputados se perfilan antes de las catalanas, y en Madrid la estabilidad de Sánchez es una quimera frente a la solidez que Illa ha construido en Barcelona. Junts coquetea con el PP sin romper del todo, y todos miran de reojo a 2027.
Un oasis con precedentes que Illa quiere capitalizar
El president respira porque ha sorteado crisis que en otras legislaturas habrían tumbado a cualquier Govern: infiltraciones de Mossos en asambleas docentes, el caos ferroviario, retrasos en la recaudación del IRPF, incentivos polémicos a las bajas médicas. Incluso las joyas de Zapatero, que tanto ruido hicieron, quedaron en anécdota. La estabilidad se ha convertido en un activo en sí mismo, y Illa lo sabe. No en vano, en su carta a la militancia ha prometido que Cataluña “no pedirá permiso para liderar España y Europa”.
El espejo más cercano es la legislatura del tripartito de Maragall —aunque sin los nervios que la dinamitaron—, pero también la estabilidad que José Montilla alcanzó con los presupuestos de 2008. Entonces, como ahora, los números fueron el salvavidas. Ahora, con las cuentas en el bolsillo, Illa tiene margen para gestionar sin dramatismos los meses que vienen, incluso cuando el curso político se recrudezca en año electoral.
