Residuos radiactivos en la Fosa Atlántica: el físico Yassid Ayyad alerta de que los 220.000 bidones frente a Galicia son imposibles de limpiar

El investigador del IGFAE, Yassid Ayyad, advierte del avanzado deterioro de los barriles, con una vida media de 50 años ya superada, y propone un mapeo de radiactividad con vehículos autónomos. El científico subraya que limpiar los 220.000 bidones es hoy inviable.

El físico nuclear Yassid Ayyad, investigador del Instituto Galego de Física de Altas Enerxías (IGFAE) de la Universidade de Santiago de Compostela, ha lanzado una advertencia contundente: los 220.000 bidones radiactivos sumergidos frente a las costas gallegas en la Fosa Atlántica entre los años cuarenta y principios de los noventa del siglo pasado son imposibles de limpiar. “Hoy es irrealizable limpiar todo ese desaguisado”, asegura en una entrevista con elDiario.es.

El científico, especializado en el desarrollo de vehículos autónomos, califica los vertidos como “una bomba de relojería a sabiendas”. Los barriles, que contienen residuos de baja y media actividad, han superado ya su vida útil estimada de 50 años, y las imágenes captadas por el proyecto Nodssum muestran un avanzado estado de deterioro. “Lo que nos están enseñando es la punta de un iceberg”, añade.

El legado radiactivo en la Fosa Atlántica: 220.000 barriles en descomposición

El vertido de bidones radiactivos en el océano fue una práctica legal hasta 1993. Varios países europeos, entre ellos España, arrojaron sus desechos nucleares a profundidades que superan los 4.000 metros en la Fosa Atlántica, a apenas 400 kilómetros de la costa gallega. Ahora, cuatro décadas después, la corrosión del acero y el hormigón amenaza con liberar los radionucleidos al medio marino.

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Ayyad explica que la dilución en el inmenso volumen oceánico minimiza los riesgos de una contaminación masiva, pero advierte de que “no se puede descartar que entren en las cadenas tróficas” y afecten a la vida marina o a las zonas pesqueras próximas. Y es que los residuos no son los únicos focos: en el Cantábrico descansa un submarino nuclear hundido y los ensayos atómicos de la Guerra Fría dejaron su propia huella radiactiva.

Un mapeo con robots, el siguiente paso que propone la ciencia gallega

Desde el IGFAE, Ayyad lidera una iniciativa para equipar vehículos autónomos submarinos con sensores de radiactividad capaces de elaborar un mapa de la contaminación. “Desarrollamos sistemas en Berkeley que permiten localizar fuentes de muy baja actividad sin exponer a ningún trabajador”, detalla. El reto, ahora, es trasladar esa tecnología a un medio tan denso como el agua a 4.000 metros, con las dificultades de comunicación que ello implica.

El proyecto europeo RAMONES (Monitoreo de Radioactividad en Ecosistemas Oceánicos) ya trabaja en estaciones estáticas y dinámicas que podrían tender esa red de vigilancia. Incluso si algún día fuese viable recuperar los bidones, el problema se trasladaría a tierra: habría que almacenarlos en cementerios nucleares. Mientras tanto, laboratorios de todo el mundo investigan cómo bombardear los residuos con haces de partículas para acortar su vida media, una línea de esperanza a largo plazo.

Lo que hemos visto hasta ahora es solo la punta del iceberg: los barriles se desintegran y no hay tecnología para recuperarlos a 4.000 metros de profundidad.

El Laboratorio Gallego

Galicia vuelve a actuar como centinela. Su posición geográfica convierte a la comunidad en la primera receptora de cualquier vertido atlántico, y la presencia de los 220.000 bidones a apenas unos cientos de kilómetros de sus puertos pesqueros es un recordatorio permanente de una deuda ambiental que ninguna administración ha sabido saldar. En el Parlamento de Galicia, las tres fuerzas —PPdeG, BNG y PSdeG— han coincidido en exigir más transparencia y medidas de monitoreo, aunque la competencia real recae en el Gobierno central.

El presidente de la Xunta, Alfonso Rueda, ha reclamado en varias ocasiones la colaboración del Ejecutivo nacional para evaluar los riesgos, pero ningún plan concreto ha llegado a materializarse. La advertencia del IGFAE sitúa a Galicia en el centro de un debate que trasciende lo autonómico: la necesidad de una política nacional de gestión de residuos radiactivos históricos y de una actualización del inventario de la IAEA (Agencia Internacional de la Energía Atómica), que el propio Ayyad sospecha obsoleto.

La proyección es inquietante. Sin un mapeo sistemático, el deterioro de los bidones continuará sin control, y las corrientes oceánicas —cada vez más impredecibles por el cambio climático— podrían arrastrar la radiactividad hacia caladeros de alto valor para la flota gallega. La pelota está en el tejado del Ministerio para la Transición Ecológica, pero la presión de los diputados gallegos en el Congreso puede ser el catalizador que obligue a convertir las palabras en expediciones reales.

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Ficha del Caso

  • El caso: Desde los años cuarenta hasta 1993, varios países —España entre ellos— vertieron 220.000 bidones de residuos radiactivos en la Fosa Atlántica, frente a la costa gallega. Su vida útil de 50 años ya ha expirado y las imágenes recientes confirman un deterioro avanzado.
  • Datos importantes: Los barriles están a 4.000 metros de profundidad; la limpieza es técnicamente inviable. El IGFAE propone equipar vehículos autónomos con sensores para mapear la radiactividad. El proyecto europeo RAMONES trabaja en una red de vigilancia.
  • Resumen: La advertencia del físico Yassid Ayyad coloca a Galicia como laboratorio forzoso de una crisis ambiental sin solución simple, que exige un plan nacional de monitoreo y una revisión de los inventarios internacionales de vertidos.