Antonio de Ulloa, el científico que descubrió el platino

Antonio de Ulloa, junto a Jorge Juan, medió el mundo y encontró un metal que nadie sabía fundir. Su descripción del platino, publicada en 1748, abrió las puertas a un nuevo elemento y a décadas de intriga científica.

Capítulo I: El polvo gris del río Pinto

La lluvia caía sobre el campamento minero con una insistencia que ahogaba los gritos de los capataces. Antonio de Ulloa, marino de veintitantos años, enfundado en un capote que ya no sabía a cuero sino a humedad, se inclinaba sobre la batea que un esclavo le tendía. Entre las arenas negras y los granos dorados, algo brillaba distinto: un polvo gris, pesado, que los lavadores de oro desechaban con fastidio. Aquel metal, le dijeron, era inútil: ni se fundía ni se dejaba separar del oro. Ulloa lo frotó entre los dedos, sintió su densidad inusual y guardó una muestra en un pequeño frasco de vidrio. Corría el año de 1736, quizá 1737, y aquel polvo apenas intuido terminaría por cambiar la tabla periódica del mundo.

Capítulo II: Los caballeros del meridiano

La presencia de Ulloa en aquellos parajes no era casual. La Academia de Ciencias de París había organizado una expedición para medir un grado del meridiano terrestre en el ecuador y así zanjar la disputa sobre la forma de la Tierra —achatada en los polos o en el ecuador—. La Corona española, celosa de sus dominios americanos, accedió a que los científicos franceses pisaran suelo virreinal pero con una condición: dos jóvenes oficiales de la Armada española, Antonio de Ulloa y Jorge Juan y Santacilia, les acompañarían como representantes del rey, observadores y cartógrafos. Ambos, con apenas veinte años y una formación matemática excepcional para la época, zarparon de Cádiz en mayo de 1735 junto a Louis Godin, Pierre Bouguer y Charles Marie de La Condamine. La misión, que se preveía de tres años, se alargó durante casi una década de pugnas científicas, penalidades andinas y descubrimientos que iban mucho más allá de la geodesia.

expedición geodésica francesa

Capítulo III: Un metal que no era oro

Fue en las selvas del Chocó, en la provincia de Esmeraldas, donde los dos marinos toparon con el mineral que los indígenas llamaban platina o «platina de Pinto», por el río que lo arrastraba. Los mineros locales lo despreciaban: mezclado con el oro, dificultaba la fundición porque su punto de fusión superaba con creces los hornos de la época. Cuando intentaban purificar el oro con mercurio o fuego, el platino se resistía obstinadamente. Ulloa y Juan, cultivados en la química experimental de la Ilustración, intuyeron que aquello no era un residuo sino un metal distinto. Ulloa anotó en sus cuadernos sus observaciones: color parecido al del estaño, gran pesadez, infusibilidad. «Es un metal que parece enemigo del fuego», escribiría luego, parafraseando el sentir de los fundidores.

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Capítulo IV: Una carta con destino a la Corte

Las muestras de platino viajaron junto con los pliegos de la expedición cuando los marinos regresaron a España en 1744. Habían sobrevivido a naufragios, a la tensión con los académicos franceses y a la altitud de los páramos. Jorge Juan partió de incógnito hacia Londres para espiar los astilleros ingleses; Ulloa, en cambio, cuidó la redacción del informe que la Corona exigía. Así nació la Relación histórica del viaje a la América Meridional, que vio la luz en 1748, repleta de mapas, mediciones astronómicas y también de aquella curiosa noticia mineralógica: «En las minas del Chocó se halla un metal que llaman platina, de color ceniciento, tan sumamente duro y pesado que los naturales no pueden trabajarle por más que lo intentan». La descripción, que ocupa apenas unas páginas, fue la primera referencia científica que Europa tuvo sobre el platino.

Capítulo V: De los hornos de mercurio a las pompas virreinales

El descubrimiento del platino fue solo un capítulo en la vida de Ulloa. Durante los años siguientes, ascendió en la Armada, fue nombrado gobernador de Huancavelica —la mina de mercurio más importante del virreinato del Perú— y, más tarde, gobernador de la Luisiana, entonces una colonia española en el Misisipi. En Huancavelica, entre 1758 y 1764, intentó modernizar las explotaciones mineras, reducir la mortandad de los indígenas y acabar con las corruptelas de los corregidores. En la Luisiana, en 1766, desplegó sus dotes diplomáticas para atraer colonos franceses a la soberanía española, pero la oposición de los criollos desembocó en una revuelta que le obligó a abandonar Luisiana. A su regreso a Europa, una tormenta y un buque inglés le depararon dieciocho meses de cautiverio en Portsmouth, donde, deliciosa paradoja, pudo consultar bibliotecas científicas y cartearse con la Royal Society. Años después, ya como almirante, sería elegido miembro de la misma institución que le había retenido.

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Capítulo VI: El legado incandescente del platino

El platino que Ulloa bautizó como «platina» tardaría décadas en ser aceptado como elemento. El secretismo con que la Corona española trató el hallazgo retrasó su estudio: el metal se consideró un veneno para el oro y se prohibió su extracción hasta 1778. Pero la semilla plantada por el marino ilustrado germinó en los laboratorios europeos. Cuando el químico francés Antoine Lavoisier clasificó los elementos, el platino ocupó su lugar junto a los metales nobles, y hoy es imprescindible en catalizadores, joyería y medicina. La España de la Ilustración, con hombres como Jorge Juan y Antonio de Ulloa, demostró que la ciencia no se detenía en las cortes ni en las fronteras. Y el platino, aquel polvo gris desdeñado por los mineros del Chocó, fue la prueba más brillante de que el mundo contenía maravillas que ni el fuego podía domeñar.

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