Leandro Fernández de Moratín, el renovador del teatro neoclásico español

La noche del 24 de enero de 1806, el estreno de «El sí de las niñas» en el Teatro de la Cruz cambió el teatro español para siempre. Moratín, protegido de Godoy e hijo de otro dramaturgo, firmó con aquella comedia neoclásica un ataque ilustrado a los matrimonios de conveniencia.

El frío de enero madrileño se colaba por las rendijas del Teatro de la Cruz aquella noche del 24 de enero de 1806. En el patio de butacas, la aristocracia y los afrancesados se apretaban entre abrigos de paño, mientras en la cazuela las mujeres murmuraban sobre el escándalo que se avecinaba. El telón aún no se había alzado, pero Madrid entero sabía que Leandro Fernández de Moratín iba a retratar, con bisturí de comedia, la herida más profunda de la sociedad: los matrimonios de conveniencia que desangraban a sus hijas.

Capítulo I: El patio de butacas en vilo

El 24 de enero de 1806 no era una noche cualquiera. El Teatro de la Cruz, en la calle del mismo nombre, era un hervidero de voces y candilejas. Las candilejas de aceite humeaban y el olor a sebo de las velas se mezclaba con el perfume de los guantes de seda. En uno de los palcos, resguardado de las miradas pero atento a todo, se sabía que estaba el mismísimo Manuel Godoy, el valido de Carlos IV, protector y valedor del dramaturgo. Moratín, que entonces tenía cuarenta y seis años, había esperado mucho para aquel momento. Había traducido a Molière, había estrenado «El viejo y la niña» con un éxito discreto, había sobrevivido a las críticas de los rancios y a las envidias de los cómicos. Pero esta noche se jugaba la corona del teatro neoclásico español.

Capítulo II: El hijo del poeta

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Nacido en Madrid en 1760, Leandro creció entre versos. Su padre, Nicolás Fernández de Moratín, era un poeta y dramaturgo notable, autor de la tragedia «Hormesinda» y un firme defensor del Neoclasicismo. La tertulia de la Fonda de San Sebastián, donde se reunían los ilustrados más conspicuos —Jovellanos, Cadalso, Iriarte—, fue el primer aula de aquel niño que aprendió francés con siete años y latín con diez. Las enseñanzas paternas eran severas; Nicolás, que había sufrido los ataques de los escritores barrocos, inculcó en su hijo el amor por las reglas clásicas, la claridad de la prosa y la utilidad moral del teatro. No fue una infancia dulce: la madre murió pronto y el padre, absorbido por sus pleitos literarios, trató al joven Leandro casi como a un discípulo más que como a un hijo. Con todo, aquella educación forjó al dramaturgo más meticuloso de su tiempo.

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Capítulo III: El mecenazgo de Godoy

La relación de Moratín con Manuel Godoy, el todopoderoso valido de Carlos IV, fue determinante. Godoy, que leía a los filósofos franceses y soñaba con modernizar España, encontró en Moratín al dramaturgo que podía traducir las ideas ilustradas al lenguaje del pueblo. Subvencionó sus viajes por Europa —París, Londres, las ciudades italianas— y le confió tareas diplomáticas y culturales. A cambio, Moratín le dedicó su obra con una admiración que nunca ocultó: en la portada de «El sí de las niñas» se lee «A la Excelentísima Señora Princesa de la Paz», título que ostentaba la esposa de Godoy. Aquel mecenazgo le granjeó enemigos, sobre todo entre los sectores más conservadores que veían al valido como un advenedizo y al dramaturgo como un afrancesado. Pero a Moratín le importaba poco. Él quería reformar el teatro español, sacarlo de las comedias de capa y espada y de los autos sacramentales anquilosados, y sabía que sin el respaldo del poder no lo conseguiría.

Capítulo IV: El sí que rompió el molde

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Cuando se descorrió el telón y apareció la vieja Doña Irene, el público soltó una carcajada. Con un oído afinado para el habla coloquial, Moratín había creado un personaje que era el retrato perfecto de la madre autoritaria y corta de luces, empeñada en casar a su hija con un señor mayor y adinerado. La obra, en prosa y en tres actos, respetaba las unidades de lugar, tiempo y acción que predicaba la preceptiva neoclásica, pero lo hacía sin rigidez, con una naturalidad que nadie había visto antes sobre las tablas españolas. La trama era sencilla: Doña Francisca, una muchacha educada en un convento, debe casarse con Don Diego, un caballero rico y sesentón, aunque ella ama en secreto a Carlos, un joven militar. Durante dos horas y media, los enredos y las confesiones mantuvieron al público en vilo. Y entonces llegó el momento cumbre.

«Yo no debo casarme con ella; yo no puedo ser feliz a costa de su desdicha. Su mano no ha de ser mía si su corazón es de otro.»

Don Diego, el protagonista, renunciaba a su prometida al descubrir el amor verdadero que ella sentía por Carlos. Era una lección moral en toda regla: los matrimonios debían fundarse en el afecto y la libertad, no en el interés económico. El patio estalló en aplausos. Los periódicos de la época —el «Memorial Literario» y la «Gaceta de Madrid»— celebraron la obra como un hito del buen gusto. Se representó veintiséis noches consecutivas, una cifra altísima para la época, y durante meses no se habló de otra cosa en los mentideros de la corte.

Capítulo V: El exilio del reformador

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Pero aquel éxito no duró. En 1808 las tropas napoleónicas invadieron España y Moratín, que siempre había mirado a Francia como faro cultural, aceptó el cargo de bibliotecario mayor de la Real Biblioteca bajo el gobierno de José I Bonaparte. Para muchos fue una traición. Tras la derrota francesa, los absolutistas persiguieron a los afrancesados y Moratín tuvo que huir, primero a Valencia, luego a Barcelona, y finalmente a Francia en 1817. Instalado en París, en una buhardilla del número 9 de la rue de la Gaité, vivió sus últimos años en la pobreza y el olvido. Escribió poco, corrigió sus obras completas y se dedicó a cuidar de su gato, al que llamaba «el único amigo fiel». Murió el 21 de junio de 1828, solo y lejos de los teatros que lo habían aclamado. La leyenda dice que, en su agonía, recitó en voz baja los versos de su padre. Hoy reposa en el cementerio del Père-Lachaise, en una tumba que muy pocos madrileños visitan.

Capítulo VI: El eco de un estreno

A Moratín lo enterraron en París, pero su fantasma sigue recorriendo los pasillos del viejo Teatro de la Cruz. Cada vez que una comedia retrata los usos y abusos de una sociedad, resuena el eco de aquel estreno de 1806. Los archivos de la Villa guardan el manuscrito original de «El sí de las niñas», y en sus páginas, con tinta desvaída, aún late el pulso de una reforma que no nació en los salones ilustrados, sino en el patio de butacas. El teatro neoclásico español tuvo en Moratín a su arquitecto más fino. Y aquella noche fría de enero, cuando el telón bajó entre aplausos y el poeta se escondió tras un bastidor para secarse una lágrima, Madrid entendió que acababa de presenciar algo más que una obra: había visto nacer una conciencia.