Rosalía de Castro, la voz gallega que rompió el silencio del siglo XIX

La poeta gallega publicó en 1863 «Cantares gallegos», el libro que devolvió la literatura a una lengua silenciada durante siglos. Su obra, escrita entre la morriña de la emigración y la crudeza del campo, sigue siendo el latido de Galicia.

La tinta todavía estaba húmeda cuando Rosalía de Castro dejó la pluma sobre la mesa de su casa de Padrón. Afuera, la lluvia fina de Galicia repiqueteaba contra los cristales, y ella, con el pañuelo de lana sobre los hombros, apretó los dientes al firmar el prólogo de Cantares gallegos. Era el año 1863 y aquel puñado de cuartillas escritas en una lengua casi olvidada por la literatura iba a cambiar todo.

Capítulo I: La casa junto al Sar

La vivienda, una construcción de piedra con huerta y parra, se asomaba al río Sar, a las afueras de la villa. Allí se había refugiado Rosalía unos años atrás, huyendo de los traslados continuos que le imponía la vida con su marido, el historiador Manuel Murguía. Regresaba a la tierra que le dolía y la llamaba. En aquella mesa de madera, junto a la ventana, comenzó a escribir en gallego, la lengua que había oído cantar a las mujeres del campo durante su infancia y que los círculos cultos consideraban un dialecto rudo, indigno de la letra impresa.

El gesto era, en sí mismo, una declaración de rebeldía. Hacía siglos que el gallego había sido arrinconado de la escritura formal. Desde la Edad Media, cuando los trovadores compostelanos cantaban en galaico-portugués, la lengua había ido desapareciendo de los pergaminos, marginada por el castellano de la corte, la administración y la iglesia. A mediados del XIX, apenas quedaban ecos en la tradición oral. Rosalía los recogió, los limpió de polvo y los puso sobre la cuartilla como quien planta un árbol en un campo abandonado.

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La salud ya le flaqueaba. Dolores de vientre, fatiga crónica y un cansancio que los médicos de la época no sabían nombrar. Pero la urgencia era más fuerte que el cuerpo. En las páginas de Cantares gallegos se entreveran la denuncia contra la emigración forzosa, el amor a la naturaleza y la tristeza honda de quien ha visto partir a los suyos hacia América. El libro, que salió de la imprenta de Juan Compañel en Vigo, fue recibido con recelo por unos y con entusiasmo por otros. Fue también el primer aldabonazo del Rexurdimento, el movimiento que pretendía devolver a Galicia su voz literaria.

Capítulo II: La hija del silencio

Rosalía había nacido en Santiago de Compostela el 23 de febrero de 1837, en una de esas mañanas de niebla que envuelven la catedral. La partida de bautismo la inscribió como hija de padres desconocidos, aunque el secreto no duró mucho: su madre era María Teresa de Castro, una mujer de clase media, y el padre un eclesiástico que nunca la reconoció. La niña fue entregada a una madrina, María Josefa de la Cruz, que la crió en el rural de Ortoño, donde la pequeña aprendió a hablar gallego con las criadas y los campesinos.

Aquella infancia a medio camino entre el abandono y la ternura campesina le grabó a fuego la sensibilidad por los desheredados. Cuando años más tarde, ya casada con Murguía, escribió «Cantarte hei, Galicia, / na lengua gallega» en el primer poema de Cantares, no estaba haciendo literatura de gabinete: estaba devolviendo a sus paisanos la lengua que les habían quitado de los libros.

Su condición de mujer agravaba el desafío. En la España isabelina, la esfera pública era territorio masculino. Las escritoras solían ser vistas con condescendencia o llevadas a los salones como exquisiteces. Rosalía eludió la trampa: se mantuvo al margen de las tertulias oficiales, en la intimidad de su casa, y desde ese espacio privado construyó una obra que incomodó y sedujo a partes iguales. Cuando en 1880 publicó Follas novas, ya no era una promesa: era la voz dolorida de un país entero.

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Capítulo III: El canto que despertó a un pueblo

El Rexurdimento no se hizo en un día, pero Cantares gallegos fue su punto de ignición. Antes de 1863 existían esbozos, intentos tímidos de recuperar la lengua para lo escrito. Pero la obra de Rosalía poseía algo que las demás no: la fuerza de quien habla con verdad. Sus poemas no eran ejercicios arqueológicos ni florituras eruditas; olían a tierra mojada, a pan de centeno y al sudor de las faenas del campo. Por eso cuajaron entre los gallegos de dentro y, sobre todo, entre los de fuera, los que se habían visto forzados a cruzar el Atlántico en busca de un plato de comida.

Los versos más célebres de la autora, «Adiós, ríos; adiós, fontes; / adiós, regatos pequenos; / adiós, vista dos meus ollos, / non sei cando nos veremos», se convirtieron en un himno de la morriña, esa mezcla de tristeza, nostalgia y apego telúrico que define el alma gallega. Las copias de Cantares cruzaron el océano en los baúles de los emigrantes y se leyeron en voz alta en los conventillos de Buenos Aires y La Habana. Galicia, de pronto, tenía un libro que podía abrazar.

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Mientras tanto, la vida personal de Rosalía se desgranaba en duelos. De los siete partos que alumbró, pocos hijos superaron la infancia. La muerte le rondaba la cocina, el dormitorio, las escaleras. En las cartas –que no se conservan completas, pero cuyo eco ha llegado hasta hoy a través de las notas de Murguía– se adivina una resignación amarga, un «para qué» repetido como un rosario. Sin embargo, esa mujer menuda, de tez pálida y manos nerviosas, siguió escribiendo hasta el último aliento.

Capítulo IV: Las orillas del Sar

En 1884, un año antes de morir, Rosalía publicó En las orillas del Sar, esta vez en castellano. Fue un gesto discutido entre los defensores a ultranza del gallego, pero ella, que ya se sabía vencida por la enfermedad, quiso dejar un testamento íntimo, escrito en la lengua que también le pertenecía. El libro es un canto desnudo a la eternidad, al paso del tiempo y a la fragilidad de la existencia. Hay en sus páginas una angustia metafísica que trasciende la anécdota regional y convierte el poemario en una de las cumbres de la lírica española del XIX.

Los achaques se agravaron. Un cáncer de útero –descripción probable de los síntomas que los médicos registraron– fue apagando su voz. Los últimos meses los pasó en Padrón, con el rumor del Sar como única música. Murió el 15 de julio de 1885, en la misma casa donde había empezado a escribir Cantares. Tenía cuarenta y ocho años.

Su entierro fue multitudinario. Acudió el pueblo llano, el que nunca había leído un libro pero sí escuchaba los poemas en las romerías. La sepultura, en el cementerio de Adina, se convirtió en lugar de peregrinación laica. Con el tiempo, el Panteón de Gallegos Ilustres de Santiago acogería sus restos, pero la verdadera tumba de Rosalía está en cada página suya que se recita en una taberna, en una escuela unitaria o en un teatro de la diáspora.

Capítulo V: El eco que no cesa

Mucho después, cuando Galicia obtuvo su estatuto de autonomía, los políticos acudieron a Rosalía como símbolo unificador. Pero su figura siempre ha desbordado los usos institucionales. No es la poeta oficial: es la poeta de los que se fueron, de las mujeres que trabajaban en el campo mientras los hombres emigraban, de los que hablaban en voz baja para que el castellano no los avergonzara. Por eso su rosario de versos sigue sonando en las emisoras de radio un 17 de mayo, Día das Letras Galegas, y en los fogones de cualquier emigrante retornado.

El silencio que rompió Rosalía de Castro no era solo el de una lengua. Era el silencio de una clase social sin altavoz, de una tierra periférica que la corte ignoraba. Ella, con su pluma de palo y su salud quebradiza, le puso palabras a todo aquello. Y hoy, más de un siglo después, cuando la lluvia fina vuelve a golpear los cristales de Padrón, sus cuartillas siguen frescas.