La ONU alerta del riesgo alimentario en España por inflación, clima y conflictos internacionales persistentes

El último informe de la ONU y la FAO advierte de que el encarecimiento de los alimentos, el cambio climático y los conflictos internacionales agravan la inseguridad alimentaria y dificultan el acceso a una dieta saludable para miles de familias en España.

El último informe sobre el Estado de la Seguridad Alimentaria y la Nutrición en el Mundo (SOFI), elaborado por la ONU y la FAO, deja una doble lectura. Por un lado, el hambre en el mundo registra una ligera mejoría y afecta actualmente a unos 645 millones de personas, una cifra inferior a la de años anteriores. Sin embargo, el documento también advierte de que el objetivo de alcanzar el Hambre Cero en 2030 continúa alejándose debido a factores como los conflictos internacionales, el cambio climático y el incremento del coste de los alimentos.

En el caso de España, el problema no se traduce en situaciones generalizadas de hambruna, sino en un fenómeno mucho más silencioso: el creciente número de familias que tienen dificultades para acceder a una alimentación saludable y equilibrada. La inflación alimentaria, la pérdida de poder adquisitivo y el encarecimiento de los productos frescos están modificando los hábitos de consumo de miles de hogares y aumentando la vulnerabilidad de los menores.

El aumento del coste de la vida dificulta acceder a una alimentación saludable

Los datos recogidos por organizaciones como Acción contra el Hambre, basados en indicadores internacionales de la FAO, reflejan que alrededor del 11,6% de los hogares españoles experimenta algún grado de inseguridad alimentaria. Esta situación no implica necesariamente pasar hambre, sino verse obligado a reducir la calidad o la cantidad de los alimentos por razones económicas.

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El informe subraya que cada vez resulta más complicado mantener una dieta saludable, especialmente para las familias con menos ingresos. El incremento continuado de los precios de frutas, verduras, pescado, carne o productos frescos obliga a muchos hogares a sustituir estos alimentos por otros más baratos y con menor valor nutricional.

La situación se agrava por el contexto internacional. Los conflictos armados en distintas regiones del mundo, especialmente en Oriente Medio, junto con las tensiones comerciales en zonas estratégicas como el Estrecho de Ormuz, están incrementando el precio del transporte marítimo y de los fertilizantes. Todo ello termina repercutiendo directamente en la agricultura española y en el precio final que pagan los consumidores.

Los agricultores también sufren las consecuencias de este escenario. El aumento de los costes energéticos, del combustible, del transporte y de los insumos agrícolas reduce la rentabilidad de muchas explotaciones, dificultando mantener precios competitivos sin comprometer la viabilidad económica del sector.

A ello se suma la dependencia de España de numerosos productos importados. Cualquier alteración en las cadenas internacionales de suministro acaba trasladándose rápidamente a los supermercados, alimentando una inflación que sigue condicionando el presupuesto de millones de familias.

Reparto de comida a personas en situación de calle (Foto: Europa Press)
Reparto de comida a personas en situación de calle (Foto: Europa Press)

La crisis climática amenaza la producción agrícola y agrava la dependencia exterior

El informe de la FAO identifica el cambio climático como el principal obstáculo para garantizar la seguridad alimentaria mundial durante las próximas décadas. España figura entre los países europeos más expuestos a los efectos del calentamiento global debido a su clima mediterráneo.

Las sequías recurrentes, las olas de calor cada vez más intensas y la mayor frecuencia de fenómenos meteorológicos extremos están reduciendo el rendimiento de numerosos cultivos estratégicos. La disponibilidad de agua continúa siendo uno de los grandes desafíos para la agricultura española, especialmente en regiones donde se concentra buena parte de la producción hortofrutícola.

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Esta situación no solo afecta a la producción nacional. También incrementa la dependencia de importaciones procedentes de otros países que, a su vez, padecen problemas similares derivados del cambio climático. Cuando varias regiones agrícolas del mundo sufren simultáneamente pérdidas de cosechas, la oferta internacional disminuye y los precios aumentan de forma casi inmediata.

La consecuencia es una mayor vulnerabilidad para la soberanía alimentaria española, que depende del buen funcionamiento de mercados internacionales cada vez más expuestos a riesgos climáticos, geopolíticos y logísticos.

El informe recuerda que alcanzar el objetivo de Hambre Cero exigirá no solo aumentar la producción de alimentos, sino también hacerla mucho más resiliente frente a un clima cada vez más imprevisible. Para España, esto supone acelerar la adaptación del sector agrícola mediante nuevas tecnologías, una gestión más eficiente del agua y sistemas productivos capaces de soportar condiciones meteorológicas extremas.

Varias persona hacen cola para recibir productos de primera necesidad donados, en la Plaza de San Amaro (Foto: Europa Press)
Varias persona hacen cola para recibir productos de primera necesidad donados, en la Plaza de San Amaro (Foto: Europa Press)

La malnutrición infantil se convierte en una preocupación creciente en España

Uno de los aspectos más preocupantes del informe es la denominada paradoja nutricional, una realidad que afecta especialmente a los países desarrollados. Mientras disminuyen los casos de hambre extrema, aumenta la malnutrición asociada al consumo de alimentos poco saludables.

En España, el encarecimiento de los productos frescos está favoreciendo que muchas familias recurran a alimentos ultraprocesados, ricos en azúcares, grasas y sal, pero con escaso valor nutricional. Se trata de productos que suelen resultar más económicos y accesibles, especialmente cuando el presupuesto doméstico es limitado.

Esta situación favorece la aparición de la llamada desnutrición oculta infantil, caracterizada por la falta de vitaminas y minerales esenciales como el hierro, el zinc, el yodo o la vitamina A. Un niño puede ingerir las calorías necesarias e incluso presentar sobrepeso, pero sufrir importantes carencias nutricionales que afectan a su desarrollo físico e intelectual.

Los especialistas advierten de que la ausencia continuada de estos micronutrientes repercute directamente sobre el rendimiento escolar, el desarrollo cognitivo y el funcionamiento del sistema inmunitario. Además, las consecuencias pueden prolongarse durante la vida adulta, incrementando el riesgo de enfermedades cardiovasculares, diabetes u otros trastornos metabólicos.

El informe pone de manifiesto que el problema no reside en la disponibilidad de alimentos, sino en la desigualdad económica. La inflación alimentaria golpea con mayor intensidad a los hogares vulnerables, obligándolos a renunciar con frecuencia a proteínas de calidad, pescado, frutas o verduras frescas para priorizar alimentos más baratos y saciantes.

Ante este escenario, las administraciones públicas y las organizaciones sociales consideran fundamental reforzar las políticas de protección dirigidas a la infancia. Las becas de comedor escolar continúan siendo una de las herramientas más eficaces para garantizar que miles de menores reciban diariamente una comida completa y equilibrada.

Al mismo tiempo, diversas entidades reclaman ampliar las ayudas económicas destinadas a las familias con hijos a cargo y simplificar los procedimientos administrativos para acceder a las prestaciones de emergencia alimentaria. El objetivo es evitar que el incremento del coste de la vida termine consolidando una nueva forma de pobreza alimentaria, menos visible que el hambre tradicional, pero con consecuencias igualmente profundas para el desarrollo y la salud de las futuras generaciones.