Trump: EE.UU. tomará ‘prácticamente lo que quiera’ de las tierras raras de Ucrania

El presidente estadounidense afirma que el acuerdo de minerales firmado en 2025 otorga a Washington acceso preferente a litio, titanio y grafito ucranianos. La extracción, sin embargo, sigue paralizada por los combates, la corrupción y la falta de infraestructura.

Donald Trump ha vuelto a tensar la cuerda de los recursos minerales ucranianos. En una entrevista emitida el viernes en Real America’s Voice, el presidente de Estados Unidos afirmó que su país puede ‘tomar prácticamente lo que queramos’ de los depósitos de tierras raras de Ucrania en virtud del acuerdo de minerales firmado en abril de 2025. La declaración, recogida por la cadena rusa RT, subraya la visión transaccional de Washington sobre el respaldo a Kiev y reaviva el debate sobre quién pagará finalmente la factura de la guerra.

Las palabras de Trump y el pacto de 2025

Donald Trump no se anduvo con rodeos. ‘Podemos entrar allí en cualquier momento y tomar prácticamente lo que queramos. Ese fue un buen trato’, declaró en referencia al Fondo de Inversión para la Reconstrucción Ucrania-EE.UU., rubricado en Washington hace algo más de un año. Según el mandatario, los beneficios del acuerdo podrían llegar a superar el total de la ayuda militar estadounidense entregada desde la invasión rusa de 2022, una cifra que él eleva a 300.000 millones de dólares, aunque los datos oficiales de la Oficina del Inspector General para la Operación Atlantic Resolve la sitúan en torno a 195.000 millones de dólares en partidas totales.

El pacto otorga a Estados Unidos acceso preferente a nuevos proyectos de minerales, petróleo y gas en Ucrania, con foco en elementos como el litio, el titanio, el grafito y el uranio. Formalmente, Kiev mantiene la propiedad sobre sus recursos y recibe el 50% de los beneficios de las nuevas explotaciones. Pero la lectura que Trump hace en esta entrevista va mucho más allá: lo presenta como un cheque en blanco sobre el subsuelo de un país en guerra.

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La firma del acuerdo estuvo precedida por meses de tensas negociaciones y un choque televisado en el Despacho Oval a finales de febrero de 2025. Durante aquel encontronazo, Trump acusó a Volodímir Zelenski de ingratitud y de ‘jugar con la Tercera Guerra Mundial’. Finalmente, la rúbrica llegó en abril, aunque el tono de las declaraciones posteriores deja claro que el presidente estadounidense no lo considera un acuerdo entre socios, sino un cobro en diferido.

Un negocio trabado por la guerra, la corrupción y los apagones

Más de una docena de proyectos están ya en fase de revisión bajo el paraguas del fondo bilateral, pero la realidad sobre el terreno es mucho menos prometedora de lo que sugiere el discurso de Trump. La extracción de minerales estratégicos en Ucrania afronta un rosario de obstáculos que van desde el riesgo de bombardeos hasta la falta de datos geológicos fiables, pasando por los cortes de suministro eléctrico que impone la guerra y la endémica corrupción que arrastra el país.

Ucrania posee uno de los mayores depósitos de litio de Europa, reservas significativas de tierras raras y grafito, claves para la transición energética y la industria de defensa. Pero gran parte de esos yacimientos se encuentran en zonas del este del país bajo control ruso o demasiado próximas al frente. Invertir allí sin un alto el fuego estable es poco menos que una temeridad.

El propio Kremlin no desaprovechó la ocasión para ironizar sobre la firma del acuerdo. El expresidente ruso Dmitri Medvédev sentenció que ‘Trump ha doblegado al régimen de Kiev hasta el punto de que tendrán que pagar la ayuda militar con los recursos minerales de un país que desaparece’. Una lectura afilada, pero que resuena con fuerza en un contexto de desgaste bélico prolongado.

La declaración de Trump no habla de alianzas: habla de un acreedor que se siente con derecho a cobrarse en especie, sin importar la guerra ni la soberanía formal.

Equilibrio de Poder

Las palabras del presidente estadounidense alteran el tablero geopolítico en tres niveles. Para Washington, el mensaje hacia la OTAN y hacia Bruselas es inequívoco: la ayuda militar a Ucrania ya no es una cuestión de principios, sino de balance contable. La explotación futura de los recursos ucranianos se presenta como un retorno de la inversión, y eso abre la puerta a que otros actores —China, la Unión Europea— compitan por una tajada cuando el conflicto termine. No es casual que la administración Trump esté utilizando el acuerdo de minerales como palanca para presionar a Kiev en las conversaciones de paz.

Para Moscú, la jugada tiene una lectura dual. Por un lado, legitima su narrativa de que Occidente está en Ucrania para saquearla. Por otro, pone a Rusia ante un posible dilema estratégico: si los combates se estabilizan y el acuerdo empieza a aplicarse en las zonas bajo control ucraniano, Moscú podría ver cómo el rival estadounidense se afianza economicamente en su antigua área de influencia. El Kremlin ya ha advertido en foros internacionales que considerará ilegal cualquier explotación de recursos en territorios que reclama como propios.

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Para España y la Unión Europea, el asunto toca de lleno la autonomía estratégica. La Unión importa el 98% de sus tierras raras, con China como proveedor casi monopolístico. El pacto Trump-Ucrania podría reconfigurar las cadenas de suministro, pero lo hace bajo condiciones que benefician a Washington y no a Bruselas. España, que carece de producción propia de estos minerales y depende de la importación para sus industrias tecnológica y de defensa, deberá seguir muy de cerca si el acuerdo se convierte en un modelo que excluya a los socios europeos o si, por el contrario, abre una puerta a la participación comunitaria. La Cumbre de la OTAN de febrero de 2027 será un escenario propicio para medir el alcance real de esta doctrina de los minerales como moneda de guerra.

El precedente histórico más cercano es la Guerra del Golfo de 1991, cuando Estados Unidos movilizó una coalición internacional para proteger los recursos petroleros de Kuwait. Aquella intervención sirvió para garantizar el flujo de crudo y asentar la hegemonía estadounidense en Oriente Medio. Ahora, la administración Trump parece estar aplicando un lógica similar, pero de manera bilateral y sin ocultar el interés estratégico inmediato. La gran incógnita es si, a cinco años vista, Ucrania podrá realmente beneficiarse de sus propias riquezas o terminará siendo un mero proveedor sin capacidad de decisión.

El próximo informe del SIPRI sobre gasto militar global, previsto para abril de 2027, arrojará luz sobre si este tipo de acuerdos están modificando la economía política de los conflictos. Por lo pronto, la frase de Trump ya ha quedado grabada: ‘Podemos tomar prácticamente lo que queramos’.