Las grandes tecnológicas han convertido la inteligencia artificial en un agujero negro de inversión. Solo en 2026, las cuatro big tech con mayor apuesta —Amazon, Alphabet, Microsoft y Meta— prevén gastar 760.000 millones de dólares en infraestructura, hardware y software ligados a la IA, según estimaciones recogidas por Statista. Una cifra que equivale a casi tres veces el coste ajustado del programa Apolo y que supera los 413.000 millones ya invertidos en 2025.
Claves de la operación
- Amazon lidera el gasto con 220.000 millones de dólares. Le siguen Alphabet (205.000), Microsoft (190.000) y Meta (145.000), en una pugna que ya consume la mayor parte del flujo de caja de las compañías.
- El gasto en IA se ha disparado un 84% respecto a 2025. Del total de 413.000 millones del año pasado se ha pasado a 760.000, empujado por la inflación de componentes y la fiebre por los centros de datos.
- Los mercados reaccionan con volatilidad: Meta perdió un 10% tras publicar sus cuentas. Mientras Microsoft y Amazon capean mejor la presión, Alphabet también sintió el castigo de unos inversores que empiezan a cuestionar la rentabilidad a corto plazo.
Aunque Apple se mantiene al margen de esta escalada —su apuesta por la IA generativa es aún tímida—, las otras cuatro integrantes del antiguo club de las Big Tech han convertido la carrera por la inteligencia artificial en una cuestión de supervivencia. Y los números lo confirman.
Una escalada que triplica el programa Apolo
Los 760.000 millones de dólares previstos para 2026 no solo duplican la cifra del año anterior, sino que suponen un salto histórico. Para ponerlo en perspectiva, el programa lunar estadounidense costó, ajustado a la inflación, unos 280.000 millones de dólares. El gasto de las cuatro tecnológicas equivale a casi tres misiones Apolo en un solo año, una comparación que refleja la magnitud de una fiebre inversora que no parece tener techo.
La distribución deja ver prioridades distintas: Amazon, con su apuesta por AWS, destina 220.000 millones, buena parte a la expansión de centros de datos y chips propios Trainium. Alphabet, a través de Google Cloud y su infraestructura de TPUs, reserva 205.000 millones. Microsoft, que ha abrazado a OpenAI como socio, desembolsará 190.000 millones, y Meta, con su estrategia de código abierto y modelos Llama, 145.000 millones.
El doble filo de la inversión: cuellos de botella y volatilidad
La voracidad de estas compañías está generando sus propios estrangulamientos. La crisis de la memoria RAM, provocada en parte por la demanda de las propias big tech, ha disparado el precio de los componentes y alargado los tiempos de entrega de servidores. Las fundiciones de Samsung y TSMC operan al límite, y la escasez de silicio avanzado añade presión a unos presupuestos ya inflados.
Ese sobrecoste no pasa desapercibido para los inversores. Tras los últimos resultados trimestrales, Meta sufrió un desplome del 10% en bolsa al ver cómo su flujo de caja libre se contraía un 91% por el desembolso. Alphabet también se resintió, mientras Microsoft y Amazon lograron esquivar el castigo gracias al tirón de sus negocios cloud.
Ni siquiera el programa que llevó al hombre a la Luna consumió tanto dinero como está devorando la inteligencia artificial. La pregunta no es cuánto gastan, sino cuándo dejará de ser sostenible.
Burbuja o transformación: la batalla de los relatos
Con semejantes cifras sobre la mesa, el debate sobre una posible burbuja de la IA se ha recrudecido. Dos voces autorizadas han salido a desmentirlo con contundencia. Masayoshi Son, consejero delegado de SoftBank, calificó de blasfemia hablar de burbuja, y Jensen Huang, CEO de Nvidia —la empresa que fabrica los chips que alimentan esta ola—, aseguró que “ahora mismo las cosas son diferentes”. Una frase, por cierto, que se repite antes del estallido de cada burbuja.
Más allá de los mensajes tranquilizadores, los datos plantean dudas. El crecimiento de los ingresos por IA es real —el segmento de Microsoft creció un 123%, el de Alphabet un 82% y el de Amazon un 37%—, pero el retorno sobre el capital invertido sigue siendo una incógnita.
Para calibrar la escala del fenómeno, basta una mirada al parqué español. La mayor empresa tecnológica del IBEX 35, Amadeus IT Group, facturó en 2025 alrededor de 5.600 millones de euros. Amazon, por sí sola, gasta en IA el equivalente a casi cuarenta veces los ingresos anuales de Amadeus. Indra, otro de los pesos pesados tecnológicos del índice, invierte en I+D algo más de 200 millones anuales, una cifra que apenas araña el presupuesto semanal de cualquiera de las cuatro gigantes.
La brecha es insalvable. Mientras los hyperscalers estadounidenses se juegan su futuro en una guerra de desgaste financiero, las empresas españolas de base tecnológica operan en una liga donde la innovación se mide en decenas de millones, no en cientos de miles de millones. El riesgo para el tejido productivo europeo es la dependencia absoluta de infraestructuras y modelos entrenados al otro lado del Atlántico.

