David Madí ha puesto sobre la mesa un debate que ningún partido independentista quiere asumir en público, pero que los pasillos del Parlament ya discuten abiertamente. El exdirigente de Convergència y empresario de amplia trayectoria en el entorno convergente ha defendido este lunes en una entrevista publicada en La Vanguardia que Junts no debería aplicar ningún cordón sanitario a Aliança Catalana. Sus palabras llegan en un momento en que la formación de Carles Puigdemont negocia alianzas municipales y un posible giro en la mesa de diálogo con Moncloa, y reabren una herida que en Junts prefieren mantener cerrada. O al menos fuera del foco.
La afirmación no es casual. Madí, que fue uno de los estrategas de la antigua Convergència y mantiene excelente sintonía con sectores de Junts, sabe que sus declaraciones van a tener recorrido. Y las ha hecho con calculada ambigüedad: ‘Puede haber acuerdos que funcionen y otros que no’, declaró, sin entrar en qué ámbitos estaría dispuesto Junts a pactar con la formación de Sílvia Orriols. Pero justo esa indefinición es la que genera el cortocircuito interno en el partido.
El tabú de los cordones sanitarios: de la teoría a la práctica municipal
La polémica es más concreta de lo que parece. Aliança Catalana gobierna en Ripoll y tiene representación en media docena de consistorios. Junts necesita esos votos o, al menos, su abstención, para aprobar mociones de calado en temas como la lengua, la seguridad o los presupuestos. El cordón sanitario que aplicaron la mayoría de fuerzas tras la irrupción de Orriols ha empezado a resquebrajarse en silencio: pactos puntuales de gobernabilidad, apoyo a ordenanzas municipales y, lo más incómodo, sintonía en debates identitarios.
Madí lo verbaliza desde la óptica de un partido que aspira al poder: ‘Hay que avanzar y analizar las posibilidades’, ha dicho, en una línea que recuerda a la vieja estrategia de Convergència, capaz de pactar con cualquier actor si ello le reportaba ventaja electoral o institucional. La diferencia hoy es que Orriols ha construido un discurso etnonacionalista que incomoda incluso a los sectores más soberanistas de Junts, aunque electoralmente les dispute votantes en feudos clave de la Cataluña interior.
El frente interno de Junts y la factura en Madrid
Las palabras de Madí han llegado en un momento especialmente delicado. La legislatura catalana avanza a golpe de negociación entre ERC y PSC, y Junts se resigna a una oposición que no le satisface. Al mismo tiempo, en el Congreso de los Diputados, la formación de Puigdemont mantiene una relación de conveniencia con el Gobierno de coalición que depende de sus siete votos. Cualquier guiño a Aliança Catalana puede ser utilizado en Madrid por el PSOE para desgastar a Junts, o por la propia ERC, que siempre ha exhibido mayor distancia con la extrema derecha independentista.
No obstante, Madí también ha criticado lo que considera ‘personalismos’ y ‘falta de ambición’ en la política catalana e incluso ha tachado de ‘juristocracia’ la gestión de la ley de amnistía por parte del poder judicial español. Son mimbres que cuadran con el discurso de ciertos sectores de Junts que defienden una vuelta al ‘procés’ sin complejos y sin los engranajes que, a su juicio, han domesticado el independentismo en los últimos años.
El cordón sanitario a Aliança Catalana empieza a convertirse en un problema práctico para Junts allí donde necesita gobierno sin complejos.
La lectura desde Moncloa: ¿unidad o fragmentación?
En Moncloa, en estos momentos, la mirada sobre Cataluña está puesta en la mesa de diálogo y en el encaje de los presupuestos. Pero fuentes gubernamentales consultadas por Moncloa.com señalan que el ascenso de Aliança Catalana y los movimientos de Junts hacia la normalización de pactos con ella se siguen con enorme preocupación. Por un lado, porque la fragmentación del voto independentista debilita al que ha sido interlocutor principal en la legislatura. Por otro, porque la consolidación de un partido de extrema derecha de matriz nacionalista catalana cambia el mapa de alianzas en el Parlament y, sobre todo, en los ayuntamientos de la Cataluña profunda.
La lectura que hacemos desde esta redacción es que las declaraciones de Madí no son un simple globo sonda. Forman parte de un pulso latente entre dos almas de Junts: la más pragmática, que ve en Aliança Catalana un actor con el que sumar en temas concretos, y la que teme que cualquier pacto dinamite la imagen internacional del partido. El precedente es claro: Convergència pactó en su día con el Partit Popular en el Govern y con la CUP en el Parlament. La pregunta ahora es si Junts se ve capaz de gestionar un acuerdo con Orriols sin pagar un precio electoral en las zonas metropolitanas de Barcelona, donde el voto independentista es más socialmente progresista.
El presidente de la Generalitat, Salvador Illa, guarda silencio de momento. Pero en el PSC ya se frotan las manos: si Junts se mueve, la pinza entre ERC y socialistas se refuerza. El Govern necesita estabilidad y un Junts débil electoralmente es buen negocio para un PSC que aspira a consolidar mayorías alternativas. Los próximos meses, con la negociación presupuestaria en ciernes y la ley de amnistía dando coletazos en los tribunales, pondrán a prueba cuánto de lo que Madí ha dicho es cálculo y cuánto es simple provocación. Como señalaba el propio entrevistado: la legislatura tiene ‘pinta de acabar convulsamente’. Y eso, en Cataluña, siempre significa que el tablero vuelve a moverse.
