Eleuterio Sánchez «El Lute», el condenado a muerte que burló a la justicia

La jurisdicción militar lo condenó a muerte en 1966 por un atraco con homicidio; después llegaron la conmutación, las fugas y una leyenda que el cine español amplificó. El indulto de 1981 le devolvió la libertad y abrió una segunda vida como abogado.

El aire de la sala olía a madera vieja y a tinta seca de los autos. Eleuterio Sánchez Rodríguez escuchó la sentencia con la cabeza erguida: la jurisdicción militar lo condenaba a la pena de muerte en 1966. No era una condena más. Aquel joven nacido en Salamanca en 1942, hijo de una familia sin recursos, era ya para la prensa «El Lute», un nombre que en pocos años se convertiría en una de las leyendas más incómodas de la España del tardofranquismo.

Tenía poco más de veinte años. Del expediente se desprendía poco más: un nacimiento en Salamanca, una infancia sin escuela y una cadena de trabajos eventuales. Nada de aquello atenuó la gravedad de la sentencia, pero ayuda a entender por qué el apodo cayó sobre sus hombros como una segunda identidad.

Al otro lado de la mesa, los jueces de la jurisdicción militar apenas levantaron la vista. Al fondo, el ruido de una ciudad que seguía su vida ajena al destino del reo. Lo que siguió a la lectura de la sentencia explica por qué su historia superó el sumario. Vino la conmutación, el paso por las prisiones y, después, la fuga. Vino también la construcción de un personaje que el cine español terminó de consagrar. Pero nada de eso borró la primera imagen: un joven con el futuro sentenciado en un pliegue del papel oficial.

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Capítulo I: El hombre que escuchó su sentencia

La imagen del reo ante el tribunal no era excepcional en aquella España. Las salas de justicia militar funcionaban con rapidez y sin espacio para la duda. Lo distinto fue que el acusado no bajó la cabeza. En los corrillos de la prensa, su actitud se leía como soberbia; en el barrio, como una forma de dignidad. La sentencia, en cambio, no admitía matices.

Capítulo II: La España que lo condenó

fugas de El Lute

Eleuterio Sánchez nació el 15 de abril de 1942 en Salamanca. Su infancia no explica el delito, pero sí el contexto: una España rural y empobrecida que empujaba hacia las ciudades a miles de familias en busca de un jornal. En aquella España de los años sesenta, los delitos contra la propiedad caían con dureza y la pena de muerte seguía en plena vigencia.

El caso que lo llevó ante los jueces arrancó en 1965, durante el asalto a una joyería de Madrid en el que resultó muerto un vigilante. Eleuterio Sánchez fue detenido, juzgado y condenado. La jurisdicción militar aplicó la pena máxima, y la condena se convirtió en noticia: la prensa ya no lo llamaba por su nombre completo, sino por el apodo que acompañaría toda su vida.

La sentencia de muerte dictada en 1966 no fue la última palabra. La pena capital fue conmutada por una pena de prisión de larga duración. La conmutación evitó la ejecución, pero no el encierro. Para el joven condenado, la vida quedó aplazada entre muros.

El sistema penitenciario del franquismo no distinguía entre delincuente común y enemigo político. Las cárceles se llenaban de presos hacinados y las condenas largas se cumplían lejos de casa. En ese circuito de penales, traslados y sumarios, el nombre de Eleuterio Sánchez empezó a repetirse con una mezcla de temor y admiración.

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Las cifras de la delincuencia en la España urbana de los sesenta se leían en los boletines de la policía y en los despachos de los jueces. Detrás de cada sumario había una biografía quebrada: el campo vaciado, el suburbio, el trabajo eventual. El expediente de El Lute no era una excepción; era uno más de aquella España que se desbordaba por las afueras.

Capítulo III: Las fugas y la leyenda

El penado no se conformó con el encierro. Durante los años sesenta y setenta protagonizó varias fugas que lo convirtieron en uno de los hombres más buscados del país. Pasó temporadas como fugitivo, cambió de refugios y se movió por una España en la que los controles policiales y los registros dibujaban un cerco lento pero constante.

No hubo una sola evasión. Las crónicas de la época recogen distintos episodios: traslados aprovechados, escapadas de penales y largos periodos en los que su paradero fue un misterio. En las redacciones, el caso dejó de ser un suceso judicial para convertirse en un folletín con seguidores.

La vida de fugitivo no tenía música de película. Tenía frío, hambre y miedo; días sin pan y noches sin techo. Cada evasión no resuelta sumaba adeptos a la figura de «El Lute», un hombre capaz de desaparecer en un país pequeño y vigilado. La persecución terminó con su captura y su regreso a prisión, pero para entonces el mito ya corría por las calles.

La búsqueda movilizó a la Guardia Civil y a la policía por caminos, apeaderos y casas de labor. Cada avistamiento, real o supuesto, renovaba la noticia. Para las autoridades, su captura se convirtió en una cuestión de orgullo. Para muchos españoles, seguir las noticias de El Lute era una manera indirecta de hablar del descontento.

Hubo noches en que el cerco parecía cerrado y, sin embargo, logró romperlo. No por audacia, sino por conocimiento del terreno. Esa fue la clave: no ser un héroe, sino un hombre que conocía los caminos, los trenes de mercancías y los silencios de la España rural.

Capítulo IV: De la celda a la universidad

fugas de El Lute

El giro de su biografía se produjo en prisión. Lejos del perfil que los sumarios dibujaban, Eleuterio Sanchez Rodríguez se aplicó a los estudios y, con una formación que le había sido negada en la infancia, alcanzó la licenciatura en Derecho. La cárcel, el mismo lugar que lo devoraba, se convirtió en su aula.

En 1977 publicó sus memorias con el título Camina o revienta. El libro convirtió su versión de los hechos en material de debate y dio a conocer al personaje más allá de la crónica de sucesos. Aquellas páginas, escritas desde la experiencia penitenciaria, prepararon el terreno para lo que vendría después: el salto al cine.

No fue un libro de aventuras, aunque se leyera así. Fue la primera vez que el condenado tuvo control sobre el relato. Durante décadas, otros habían hablado de él: jueces, policías, periodistas. Con sus memorias, Eleuterio Sánchez respondió con letra propia.

En las bibliotecas penitenciarias había menos manuales que novelas, pero en ese espacio se produjo un cambio silencioso. El estudio ofrecía lo que la fuga no daba: un futuro fuera de los muros. La disciplina de las aulas se impuso a la lógica del escapista, y a los títulos de los delitos se añadieron los del expediente académico.

La condena no se revisó, pero su vida sí. En los expedientes penitenciarios, al dato de la fuga se añadieron las calificaciones de los exámenes. La historia, que había empezado en un atraco, se reescribía despacio en las aulas del penal.

Capítulo V: El indulto y la segunda vida

fugas de El Lute

En 1981 llegó el indulto. La medida le devolvió la libertad y cerró, en lo jurídico, más de una década ligada a los tribunales y a las cárceles. Eleuterio Sánchez salió de prisión con un título universitario y una idea clara: no regresar a la crónica de sucesos.

Se dedicó al ejercicio del Derecho y mantuvo un perfil discreto. Los tribunales volvieron a aparecer en su vida, pero esta vez al otro lado de la toga. La redención no fue un eslogan; fue un itinerario lento, con archivos, despachos y una profesión conquistada a contracorriente.

El indulto de 1981 no borró el sumario, pero le devolvió la condición de ciudadano. A partir de entonces, su nombre dejó de estar asociado únicamente a la fuga y al delito. Empezó a ser, también, el de un hombre con despacho, clientes y causas que defender.

El indulto despertó un debate sordo en la opinión pública. Unos lo vieron como un gesto de reconciliación; otros, como una afrenta a las víctimas. Eleuterio Sánchez no entró en la discusión. Se limitó a ejercer su oficio y a dejar que los papeles hablaran por él.

La sociedad que lo había condenado empezó a ver en él otra cosa: la prueba de que una biografía puede dar un vuelco. No todos estuvieron de acuerdo. Los debates se apagaron, pero el nombre de El Lute permaneció como un recordatorio incómodo.

Capítulo VI: La huella en el cine y en la memoria

En 1987 el director Vicente Aranda estrenó El Lute: camina o revienta, y un año después El Lute II: mañana seré libre, con Imanol Arias como protagonista. Las dos películas llevaron la peripecia de Eleuterio Sánchez a las salas y fijaron una imagen ambigua: el delincuente perseguido y el hombre que pelea por sobrevivir.

Las películas no resolvieron el enigma; lo alimentaron. El cine convirtió las fugas en paisaje, los traslados en suspense y la miseria en una cuestión de mirada. Para una generación de espectadores, El Lute fue un personaje de ficción antes que una persona real.

Los archivos de la época no están completos. Algunos sumarios se conservan, otros duermen en legajos sin catalogar. Si un historiador quisiera reconstruir cada fuga, se toparía con la misma niebla que persiguió a sus captores. Quizá por eso la leyenda ha podido crecer: porque los papeles terminan y la memoria sigue.

La sentencia que lo condenó a muerte no pudo contra la figura que él mismo contribuyó a construir con sus memorias y su posterior oficio de abogado. Los sumarios guardan una versión; el cine guarda otra. La verdad, como tantas veces, se reparte entre los papeles judiciales y la memoria de una España que aún no ha decidido qué hacer con sus mitos.