EN 30 SEGUNDOS
- ¿Qué ha pasado? El presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, ha advertido de que el espacio aéreo ruso dejará de ser seguro para las aerolíneas que sigan operando en Rusia.
- ¿Quién está detrás? Zelenski lanza la amenaza de ataques con drones; Putin responde desde Biskek que se trata de una ‘declaración de terrorismo de Estado’.
- ¿Qué impacto tiene? La aviación civil se convierte en un nuevo campo simbólico de presión y el Kremlin descarta negociar mientras mantiene su relato antiterrorista.
Volodímir Zelenski ha amenazado con drones a las aerolíneas que usen el espacio aéreo ruso. Moscú responde calificándolo de terrorismo de Estado y descarta negociar mientras la aviación civil se convierte en un nuevo campo de presión en la guerra.
La advertencia la lanzó en un vídeo difundido por Telegram y recogido por la agencia rusa RT, sin que Moncloa.com haya podido verificar de manera independiente el mensaje íntegro. Según esa transcripción, el líder ucraniano avisó de que ‘todas las aerolíneas que utilizan el espacio aéreo ruso’ quedarán expuestas a la amenaza de drones, citó los aeropuertos de Moscú y San Petersburgo entre los principales destinos, y sentenció que ‘los días seguros en los cielos de Rusia han terminado’.
Las palabras de Zelenski se insertan en una campaña ucraniana de ataques con drones de largo alcance contra objetivos militares y energéticos en territorio ruso. El presidente ruso, Vladímir Putin, respondió durante una rueda de prensa en la cumbre de la OCS celebrada en Biskek: ‘No se negocia con terroristas’. La portavoz de Exteriores, María Zajárova, añadió que los ataques contra objetivos civiles demuestran que las promesas ucranianas de paz eran falsas.
Conviene recordar que Moscú ya ha utilizado el término ‘terrorismo’ como vector político en otras crisis. Dos décadas después de la matanza de Beslán, el Kremlin vuelve a colocar la amenaza terrorista en el centro de su justificación para cerrar cualquier diálogo con Kiev. La palabra tiene aquí una función estratégica, no solo descriptiva.
La escalada de drones no es nueva: las cifras que difunde Moscú
Los datos del Ministerio de Defensa ruso sitúan la tensión sobre el espacio aéreo en niveles muy altos desde hace semanas. A mediados de agosto, ese departamento aseguró haber interceptado y destruido 822 drones ucranianos en una sola jornada. Dos días después, sostuvo que derribó otros 791, en lo que calificó como una de las mayores incursiones de aparatos no tripulados desde principios de año.
Zelenski ya había reclamado con anterioridad que se elevara a mil el número de ataques diarios contra territorio ruso. Esa cifra no aparece contrastada por información independiente en los canales OSINT que suelen monitorizar la guerra, pero el Ministerio de Defensa ruso publica a diario partes de interceptaciones que la agencia RT reproduce con profusión.
La aviación civil es ya un arma retórica: Moscú exagera la amenaza y Kiev amplía la presión sobre el enemigo.
En paralelo, Rusia mantiene su propia campaña de bombardeos de largo alcance contra infraestructura militar ucraniana, y acusa a Kiev de utilizar una táctica terrorista para desviar la atención de sus reveses en el frente.
La aviación civil, entre el riesgo real y el relato de Moscú

El uso del espacio aéreo como campo de tensión no es una novedad absoluta en la guerra de Ucrania, pero las declaraciones de Zelenski obligan a leer con cautela la frontera entre amenaza retórica y riesgo operativo real. Desde el derribo del vuelo MH17 en 2014 sobre Donetsk, la aviación civil en la zona del conflicto está marcada por la sospecha y por los cierres preventivos de rutas.
Las aerolíneas no necesitan una amenaza explícita para evitar el espacio aéreo de un país en guerra: los sobrecostes de seguros y las alertas de Eurocontrol y de la OTAN ya restringen en la práctica las rutas sobre Rusia o el mar Negro. El mensaje de Kiev, sin embargo, busca colocar a las aseguradoras y a las compañías internacionales ante una decisión de alerta pública.
En términos de derecho internacional, el espacio aéreo de un Estado en conflicto no es un vacío legal. La Convención de Chicago de 1944 atribuye a cada país la soberanía sobre su espacio aéreo, pero los seguros y las agencias de seguridad aérea ya tratan a Rusia como un espacio de riesgo desde 2014 y, sobre todo, desde el inicio de la invasión a gran escala en 2022.
Equilibrio de Poder
La postura de Moscú responde a una lógica clara: convertir cualquier acción ucraniana sobre suelo ruso en ‘terrorismo de Estado’ y vaciar de legitimidad los llamamientos de Kiev a una salida negociada. Washington mantiene por ahora su apoyo militar a Ucrania, mientras la administración Trump observa la escalada con una mezcla de distancia táctica y presión sobre Europa para que aumente su gasto en defensa. Bruselas, por su parte, no ha reaccionado de forma oficial a unas declaraciones que se siguen con prudencia porque no cambian el equilibrio militar sobre el terreno.
Para España, la lectura directa es limitada pero no irrelevante. El endurecimiento de la guerra aérea y la retórica sobre aviación civil elevan la prima de riesgo para las rutas comerciales entre Europa y Asia que sobrevuelan Rusia o el Cáucaso, lo que acaba repercutiendo en los costes logísticos y turísticos. Ese coste indirecto podría notarse en las cadenas de suministro si la tensión aérea se prolonga. No existe ninguna indicación de que las bases de uso conjunto de Rota y Morón, o el despliegue antimisiles estadounidense en la península, hayan cambiado su nivel de alerta por este episodio concreto, según fuentes de Defensa.
La ventana crítica se abre ahora en dos planos. Primero, sobre si Kiev da continuidad a la amenaza con ataques que obliguen a cerrar aeropuertos civiles rusos de forma sostenida. Segundo, sobre si Moscú utiliza el episodio para justificar una nueva oleada de ataques contra infraestructura energética ucraniana de cara al invierno. Habrá que seguir los próximos partes del Ministerio de Defensa ruso y las imágenes OSINT que permitan verificar si la amenaza de Zelenski se traduce en una campaña real o si queda como un golpe de efecto.
La frase de Putin —’no se negocia con terroristas’— revela el estado de la vía diplomática: cerrada en la práctica mientras Moscú pueda fijar el marco. El resto es ruido, drones y relato.

