9Entre algodón orgánico y poliéster: el impacto ambiental de una camiseta barata
Que una camiseta cueste menos de diez euros no significa que producirla sea barato para el planeta. Una de algodón convencional exige unos 2.700 litros de agua, el consumo de una persona durante más de dos años, y esta fibra, dueña de poco más del 2% de la tierra cultivable mundial, acapara el 16% de los insecticidas que se usan en el campo. Si el tejido es poliéster, la fibra más fabricada del planeta —cerca de 77 millones de toneladas en 2024—, el coste cambia de naturaleza: deriva del petróleo, emite más CO₂ que el algodón en su fabricación y tarda siglos en degradarse. Esa factura no cabe en el ticket de caja y la acaban pagando el clima, los acuíferos y un armario de básicos que se desechan tras pocas puestas. La presión regulatoria ya apunta en esa dirección: desde julio de 2026, el reglamento europeo de ecodiseño impedirá a las grandes cadenas destruir las prendas que no consigan vender.
El algodón orgánico se ofrece como la alternativa limpia y en parte lo es: con certificación GOTS se cultiva sin pesticidas ni fertilizantes sintéticos y, según Textile Exchange, consume hasta un 91% menos de agua de riego que el convencional. Pero ese plus encarece la prenda entre un 30% y un 60%, una prima difícil de sostener en una camiseta low cost, donde mandan el poliéster y las mezclas, que además sueltan microplásticos en cada lavado: hasta el 35% de los que llegan a los océanos proceden de tejidos sintéticos. El matiz desmonta el maniqueísmo: ni lo natural es inocuo ni lo sintético es siempre el enemigo, porque la variable que más pesa es el uso. Una camiseta orgánica puesta tres veces contamina más que una de poliéster cuidada durante años, así que ante un básico barato la decisión más sostenible no es elegir fibra, sino alargar la vida de la prenda y comprar solo lo que se va a vestir de verdad.

