La arquitectura documental del doble compromiso y los intereses del crudo
En los legajos del Foreign Office británico y del Ministerio de Asuntos Exteriores francés reposa la cronología exacta de una diplomacia contradictoria ejecutada bajo la urgencia bélica de 1916. El diplomático británico Sir Mark Sykes y el delegado francés François Georges-Picot concluyeron el 16 de mayo de ese año un memorando confidencial que dividía las provincias árabes del Imperio Otomano en cinco sectores específicos de administración directa o tutela política. El trazado de la divisoria, proyectado en una línea recta desde las proximidades de Acre en el Mediterráneo hasta Kirkuk en el actual territorio iraquí, obedecía a criterios pragmáticos de abastecimiento naval británico desde el Golfo Pérsico y a las pretensiones comerciales francesas sobre las industrias de la seda en el Levante.
Aquel organigrama reservaba a París la administración de la costa siria y la región de Cilicia, mientras asignaba a Gran Bretaña los valiatos mesopotámicos de Basora y Bagdad junto a los enclaves portuarios de Haifa y San Juan de Acre. No obstante, para garantizar el hostigamiento militar a las guarniciones turcas a lo largo del ferrocarril del Hiyaz, el Alto Comisionado británico en El Cairo, Sir Henry McMahon, ya había intercambiado entre julio de 1915 y marzo de 1916 diez misivas formales con el jerife de La Meca, Hussein bin Ali. En la carta fechada el 24 de octubre de 1915, McMahon garantizó formalmente el reconocimiento y apoyo de Gran Bretaña a la independencia territorial de los pueblos árabes dentro de unos límites geográficos definidos, exceptuando únicamente las porciones de Siria situadas al oeste de los distritos de Damasco, Homs, Hama y Alepo.
El tablero documental sumó su contradicción definitiva el 2 de noviembre de 1917. El secretario del Foreign Office, Arthur Balfour, remitió al banquero y líder sionista Lord Walter Rothschild una carta pública de sesenta y siete palabras que formalizaba la Declaración Balfour, comprometiendo los esfuerzos de la Corona para establecer en Palestina un hogar nacional para el pueblo judío, con la salvaguarda teórica de que nada perjudicaría los derechos civiles y religiosos de las comunidades no judías preexistentes. Londres suscribió tres compromisos diplomáticos paralelos e incompatibles entre sí, enajenando a partes enfrentadas el control de Tierra Santa para garantizar simultáneamente la insurrección beduina en el desierto y el apoyo financiero y político del sionismo internacional en Washington durante la Primera Guerra Mundial.
Los archivos desclasificados revelan que la diplomacia imperial británica asumió conscientemente la incompatibilidad de las promesas territoriales sobre Palestina con el objetivo primordial de retener el control estratégico de los corredores hacia el Canal de Suez y asegurar los yacimientos petrolíferos de Mesopotamia. El velo de confidencialidad saltó por los aires en noviembre de 1917 cuando León Trotski ordenó publicar en los rotativos rusos Pravda e Izvestia los tratados secretos recuperados del Ministerio de Asuntos Exteriores zarista, exhibiendo ante los líderes tribales árabes la partición colonial que Londres y París negociaban en privado mientras exigían su sacrificio en el frente contra los otomanos.
La invención de fronteras, la retirada de 1948 y la herencia contemporánea
Tras la firma del Tratado de Versalles y la Conferencia de San Remo en 1920, la recién constituida Sociedad de Naciones legalizó el reparto franco-británico bajo el eufemismo técnico del sistema de mandatos. Francia articuló el Gran Líbano en 1920 segregando la franja costera de Siria para dotar de hegemonía institucional a las comunidades cristianas maronitas en detrimento de los suníes y drusos del interior, mientras que el Reino Unido fusionó las provincias otomanas de Mosul, Bagdad y Basora para constituir el reino de Irak, coronando al monarca hachemita Faysal I para saldar parcialmente sus deudas con la dinastía arábiga. La delimitación de lindes administrativas sobre mapas topográficos rudimentarios fragmentó comunidades kurdas, beduinas y alauitas, sentando precedentes de inestabilidad que gobiernos autocráticos posteriores explotaron durante décadas.
En el Mandato Británico de Palestina, la administración de Jerusalén operó mediante directivas oscilantes que agravaron la fractura comunitaria. Durante la gran revuelta árabe de 1936 a 1939 contra la adquisición de tierras por el Fondo Nacional Judío, las fuerzas armadas británicas recurrieron a castigos colectivos y a la desarticulación de las estructuras políticas palestinas. Solo tres meses después, ante la inminencia de la Segunda Guerra Mundial y para evitar una rebelión en la retaguardia árabe, el gobierno de Neville Chamberlain promulgó el Libro Blanco de 1939, restringiendo drásticamente la cuota de inmigración judía y la venta de parcelas, lo que provocó una campaña armada clandestina de organizaciones paramilitares sionistas como el Irgún y el Leji contra las instalaciones militares y policiales del Imperio Británico.
Asfixiado por la deuda contraída en la Segunda Guerra Mundial y con sus tropas sometidas al fuego cruzado en Jerusalén, el gobierno laborista de Clement Attlee optó por desentenderse de la gestión territorial sin tutelar una transición pacífica ni fijar mecanismos de cumplimiento para el Plan de Partición aprobado por Naciones Unidas en la Resolución 181. El 14 de mayo de 1948, las autoridades coloniales arriaron la bandera británica y evacuaron a sus funcionarios, dejando a palestinos y judíos enzarzados en un conflicto bélico directo que culminó con la proclamación del Estado de Israel, la entrada en combate de los ejércitos árabes vecinos y el desplazamiento forzoso de cientos de miles de civiles en la Nakba.
El repliegue forzoso de las potencias europeas a mediados del siglo XX transfirió la resolución de un laberinto diplomático a las administraciones locales y a los organismos internacionales, consolidando una herencia geopolítica que condiciona el presente de la región. Las fronteras nacidas de los pactos de Sykes-Picot y la indeterminación territorial británica sobre Tierra Santa no explican por sí solas las dinámicas belicistas ni los fracasos de gobernanza de las últimas décadas en Damasco, Bagdad o Gaza, pero constituyen el armazón sobre el que las potencias occidentales y las élites regionales continúan disputando el equilibrio de poder en Oriente Próximo.
