Trump pregunta a Xi si China compraría armas de EEUU pese al veto vigente

El embajador en Pekín, David Perdue, revela la conversación sin precisar cuándo ocurrió ni qué sistemas se discutieron. Washington mantiene congelado un paquete de 14.000 millones de dólares para Taiwán.

Donald Trump preguntó a Xi Jinping si China estaría dispuesta a comprar armamento estadounidense, según el embajador de EEUU en Pekín. David Perdue lo contó este fin de semana en Fox News Sunday: sin fecha, sin catálogo de sistemas sobre la mesa y sin respuesta conocida del líder chino. Esa ausencia de detalles es, en sí misma, la noticia.

Porque una pregunta así, lanzada por un presidente que presume de cerrar tratos, no se mide por lo que dice sino por lo que revela del tablero. Y lo que revela es que Trump trata el armamento como mercancía de regateo, incluso cuando la mercancía es un rival estratégico y el marco legal dice que no.

Por qué Trump pregunta en voz alta lo que la ley le prohíbe vender

Sobre el papel, un presidente estadounidense no puede vender armas a China. El Congreso restringió en 1990 la exportación a la China continental de los artículos de defensa incluidos en la Lista de Municiones de Estados Unidos. Desde entonces, el embargo se sostiene con excepciones tasadas y con la prerrogativa presidencial de invocar el interés nacional. Lo que hizo Trump, según su embajador, fue preguntar en voz alta si Pekín quiere comprar justo aquello que su propia legislación le impide venderle.

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Perdue enmarcó el episodio como puro método negociador: ‘Él sigue diciendo: vendemos armas a otros países del mundo’, explicó el embajador, y añadió que Trump ‘de hecho le preguntó al presidente Xi si le gustaría comprar algunas’. No precisó cuándo, ni qué sistemas, ni cómo respondió el líder chino. En 2026 ambos se han visto dos veces: en Pekín, en mayo, y durante la visita de Estado de tres días de Xi a Washington, la semana pasada.

Washington, en paralelo, mantiene su papel de principal proveedor exterior de armas a Taiwán. La Ley de Relaciones con Taiwán de 1979 obliga a poner a disposición de la isla los artículos y servicios de defensa necesarios para que mantenga una ‘capacidad de autodefensa suficiente’. En diciembre, la Administración Trump aprobó un paquete de 11.000 millones de dólares para Taipéi, el mayor anunciado hasta la fecha. Otro, de unos 14.000 millones, lleva meses congelado, y el propio presidente lo describió como ‘una ficha de negociación muy buena’.

Ahí está el nudo. Trump quiere usar Taiwán como moneda de cambio en la negociación comercial y tecnológica con Pekín y, a la vez, entregar a la isla más armas que ninguno de sus predecesores, como reivindicó Perdue. Las dos cosas se pueden sostener durante un tiempo. No indefinidamente.

La pregunta de Trump no busca un contrato de armas: busca una ficha más sobre la mesa de negociación con Pekín.

El muro legal de 1990 y el paquete de 14.000 millones que sigue congelado

Una venta real chocaría con un muro levantado hace 36 años y con un problema de fondo que el propio episodio deja al descubierto. ¿Qué puede ofrecer EEUU que China no fabrique ya? La respuesta corta es: bastante poco. Pekín es autosuficiente en la mayoría de las categorías convencionales. En construcción naval, donde la comparación es más directa, su capacidad industrial se estima en unas 230 veces la estadounidense. En drones pequeños, testimonios ante el Congreso han cifrado su producción en más de cien veces la de EEUU.

exportaciones defensa EEUU China

Queda el terreno donde Washington conserva ventaja: tecnologías de punta y conocimiento aplicado. Es decir, exactamente las capacidades que EEUU clasifica como sensibles y que no va a compartir con su principal rival estratégico. Ahí se rompe la lógica del trato, porque la pregunta no tiene catálogo posible.

El flujo tecnológico, además, va en la dirección contraria a la que sugiere el embargo. Pekín ya ha accedido a componentes del F-35 con tecnología sensible estadounidense, según publicó Bloomberg. La paradoja es completa: se prohíbe vender, se vigila la cadena de suministro y el rival acaba teniendo piezas de tu avión más avanzado.

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Antes de la visita de Xi a Washington, el Ministerio de Defensa chino pidió a EEUU ‘extrema cautela’ con la cuestión taiwanesa. Tras la cumbre, los materiales de la Casa Blanca no anunciaron ninguna decisión sobre el paquete congelado. El silencio, en diplomacia, también es un mensaje.

Equilibrio de Poder

Lo que observamos es un desplazamiento que va más allá de Taiwán. La Administración Trump ha convertido la venta de armas en instrumento de negociación puro: se aprueba, se retiene, o se insinúa según lo que haya sobre la mesa. Washington no renuncia a su primacía industrial-militar, pero la subordina al resultado de cada conversación.

Moscú gana terreno sin mover ficha. Cada duda china sobre el paraguas estadounidense es una oportunidad para el eje ruso-chino, y el Kremlin lo sabe. Bruselas, mientras, asiste a la escena con una incomodidad que no expresa en público: el mismo criterio transaccional que hoy se aplica a Taiwán puede aplicarse mañana a los aliados europeos.

Para España el aviso es directo y poco amable. La industria de defensa europea, incluida la española, depende de componentes estadounidenses sujetos a la normativa ITAR, el régimen que EEUU impone a la exportación de tecnología militar. Si Washington decide tratar cada exportación como moneda de cambio, Madrid queda expuesta en programas como el Eurofighter, el FCAS o los sistemas de misiles que equipan a las fragatas F-100.

A eso se suman Rota y Morón, dos instalaciones cuya lógica de seguridad depende de un marco bilateral que la Casa Blanca ha empezado a leer en clave de coste-beneficio. La frontera sur, Marruecos y el Sahel, no aparece en esta ecuación, pero el principio sí: quien controla el suministro controla la política del cliente.

La lectura a cinco o diez años es incómoda para todos. El embargo de 1990 seguirá formalmente en pie, porque retirarlo exigiría al Congreso asumir un coste político impagable y ninguna de las dos capitales lo necesita. Lo relevante será el uso táctico del silencio: qué paquete se destraba, cuándo y a cambio de qué.

El precedente más cercano es la crisis de los misiles de 1962, cuando la retirada de los Júpiter de Turquía se negoció en privado y se negó en público durante años. Aquí ocurrirá algo parecido con el paquete retenido: no habrá anuncio, habrá consecuencia. El próximo hito será la decisión sobre esas armas y su lectura en las legislativas de noviembre.