El rastro oculto en España del líder del Círculo de espías de Cambridge

El milagro de Teruel y la medalla que engañó a un régimen

El invierno de 1937 mordía con dureza en las trincheras de Teruel cuando un automóvil civil que transportaba a cuatro corresponsales extranjeros avanzaba hacia el frente. Viajaban acreditados ante el cuartel general de las fuerzas sublevadas, cubriendo el avance de las tropas rebeldes para los principales rotativos de Londres y Nueva York. A la altura de la localidad de Caudete, un proyectil de artillería republicana impactó de lleno contra el vehículo. Tres de los periodistas fallecieron casi en el acto a causa de las heridas y la metralla. El único superviviente apenas presentaba contusiones y cortes superficiales en la cabeza y las manos.

Aquel afortunado reportero que emergió aturdido del amasijo de hierro se llamaba Harold Adrian Russell Philby. Para la prensa británica y los mandos franquistas era simplemente Kim Philby, un distinguido enviado especial del influyente diario The Times. Sin embargo, bajo sus impecables modales forjados en Cambridge y sus despachos favorables a la causa rebelde se escondía una realidad clandestina. Philby era en secreto un agente del servicio de inteligencia soviético, reclutado por Moscú para monitorizar los apoyos de Hitler y Mussolini y penetrar en las entrañas de la jerarquía nacional.

La supervivencia milagrosa en Teruel transformó de la noche a la mañana la posición de Philby en la España en guerra. Lejos de sospechar de sus simpatías políticas juveniles en Viena y Londres, el aparato de propaganda franquista vio en él a un mártir accidental de la prensa internacional. El 2 de marzo de 1938, en el cuartel general de Burgos, Francisco Franco en persona prendió sobre el pecho del periodista la Cruz Roja del Mérito Militar. El generalísimo estrechaba la mano del hombre que terminaría coronándose como el mayor traidor de la inteligencia occidental durante la Guerra Fría.

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El operativo español había comenzado meses antes, a comienzos de 1937, por orden directa de su controlador del NKVD, Arnold Deutsch. La Unión Soviética necesitaba ojos de máxima confianza en el territorio dominado por los insurgentes para calibrar el envío de armamento alemán y las tensiones internas entre monárquicos, carlistas y falangistas. Philby no llegó con credenciales de agente secreto sino con una coartada perfecta: la de un joven conservador británico deslumbrado por la retórica anticomunista que buscaba abrirse camino como cronista independiente.

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La Cruz Roja del Mérito Militar. Fuente: Agencias

La forja del camuflaje perfecto entre Burgos y Salamanca

La labor de cobertura exigía una disciplina implacable para no cometer un solo paso en falso ante la policía militar franquista. Para borrar cualquier rastro de su militancia socialista universitaria, Philby se afilió en Londres a organizaciones de amistad anglo-germana y comenzó a frecuentar círculos pro-franquistas. Una vez en España, sus primeros artículos freelance consiguieron llamar la atención de la dirección de The Times, que en mayo de 1937 lo nombró corresponsal permanente ante las tropas de Franco.

Con las cartas de acreditación del diario conservador más prestigioso del mundo, las puertas del Estado Mayor se abrieron de par en par. Philby cenaba con diplomáticos alemanes y oficiales italianos, escuchaba las confidencias de los mandos militares en Salamanca y memorizaba planes tácticos que luego trasladaba a notas cifradas enviadas a enlaces soviéticos en París y Londres. Su máscara era tan convincente que el censor de prensa franquista, Luis Bolín, consideraba a Philby uno de los informadores extranjeros más fiables y cooperativos del bando nacional.

La condecoración concedida por Franco supuso un salvoconducto de valor incalculable. Portar en la solapa la Cruz Roja del Mérito Militar desactivaba de inmediato cualquier registro policial en las carreteras, permitiéndole moverse con una libertad inaudita por los frentes de Aragón, Cataluña y el Levante. Ningún centinela se atrevía a cuestionar los movimientos de un corresponsal extranjero bendecido públicamente por el mismísimo Caudillo.

A pesar de la protección oficial, el riesgo de ejecución sumaria era constante si los servicios de contraespionaje descubrían sus canales de transmisión. Philby aprendió a redactar sus crónicas periodísticas con elogios calculados hacia las tropas rebeldes, intercalando datos de consumo público mientras reservaba el análisis estratégico real sobre suministros bélicos para sus superiores en la Lubianka. La experiencia en la Guerra Civil española no fue una simple anécdota biográfica, sino la escuela definitiva donde aprendió a compartimentar su mente y a sostener una doble vida sin fisuras.

El trampolín hacia la cúpula del espionaje británico

Cuando la contienda española concluyó en 1939 con la victoria de Franco, el expediente de Philby era intachable a ojos del establishment británico. Lejos de quedar señalado como comunista, figuraba en los registros de Londres como un brillante reportero conservador, templado en combate y condecorado por un régimen de derechas. Esa reputación impecable fue la llave maestra que le permitió ingresar en 1940 en la Sección D del Servicio de Inteligencia Secreto británico, el MI6.

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Paradójicamente, su primer gran encargo dentro del espionaje británico estuvo directamente ligado a la Península Ibérica. Gracias a sus contactos y a su profundo conocimiento del terreno, el MI6 puso a Philby al frente de la sección ibérica de contraespionaje, encargada de vigilar las redes nazis en España y Portugal y de preparar planes de contingencia ante una eventual invasión alemana de Gibraltar. El topo de Moscú supervisaba así las operaciones de la inteligencia británica en el mismo país donde había sido condecorado por Franco.

Durante los años siguientes, Philby escaló posiciones dentro del MI6 hasta situarse al frente de la Sección IX, creada paradójicamente para combatir el espionaje soviético. Desde ese despacho neurálgico y posteriormente como oficial de enlace con la naciente CIA en Washington, desmanteló decenas de operaciones occidentales, delató a cientos de agentes infiltrados tras el telón de acero y neutralizó planes de desestabilización en el bloque del Este.

Aquel meteórico ascenso que casi lo corona como director del servicio secreto de Su Majestad habría sido imposible sin el bautismo de fuego en España. La fría mañana en la que Franco estrechó su mano en Burgos no solo selló el destino de un corresponsal británico; consagró el engaño maestro de un hombre que convirtió la Guerra Civil en el laboratorio perfecto de la mayor traición de la historia moderna.