Irán eleva los ataques en el estrecho de Ormuz al mayor ritmo desde el inicio de la guerra

La Armada de EE. UU. confirma el repunte de ataques mientras el crudo vuelve a fluir y Teherán, con una inflación del 90%, se queda sin margen para presionar a Washington. España importa casi todo el petróleo que consume.

El estrecho de Ormuz vive su mayor oleada de ataques desde el inicio de la guerra, según la Armada de EE. UU. Irán golpea a los buques que cruzan este paso estratégico justo cuando las exportaciones de energía habían recuperado los niveles previos al conflicto. El crudo que importa Europa —y España con ella— vuelve a encarecerse.

La paradoja de Ormuz: vuelven los flujos de crudo y también los ataques

La paradoja cuesta digerirla. Según la Armada estadounidense, los ataques en el estrecho se producen ahora al ritmo más alto desde que estalló la guerra, mientras las exportaciones energéticas que lo atraviesan han regresado a niveles previos al conflicto.

No es casual. Los halcones del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica, los ultrahardliners que hoy mandan en Teherán, saben que si no pueden mantener el estrecho como rehén no podrán arrancar concesiones a Washington. En otras palabras: saben que están perdiendo la guerra.

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La reapertura estadounidense se apoya en una zona estrecha próxima a la costa de Omán. Los barcos tienen que hacer una carrera corta hacia el mar Arábigo, con primas de seguro y salarios de tripulación más altos. Ese sobrecoste se traduce en un petróleo más caro de lo que sería con Irán en calma.

Y sin embargo, la mayoría de los buques cruza ya sin incidentes graves. La noticia es buena. Los flujos restaurados amortiguan el enfado del electorado por los altos costes energéticos y la inflación en la antesala de las elecciones de medio mandato de noviembre.

Washington no necesita ganar cada escaramuza en Ormuz: le basta con que el crudo siga fluyendo mientras la economía iraní se desangra.

El otro lado del tablero es el bloqueo. La Armada ha abordado y disparado contra buques energéticos iraníes, y Teherán se ha visto forzado a reducir sus ventas de petróleo y gas a lo que puede colarse en lanchas pequeñas o por vía terrestre. Un apaño que no reemplaza a un petrolero.

El precio que paga España por cada barril que se encarece

Irán

España no está en el estrecho, pero lo nota en la factura. El país importa prácticamente todo el crudo que consume, y cada episodio de tensión en Ormuz encarece la energía que mueve camiones, aviones y fábricas. La inflación, esa que el Banco de España vigila con lupa, tiene aquí un canal de transmisión directo.

Hay empresas españolas con exposición directa. Repsol opera en toda la cadena del crudo y sigue el precio del barril que publica cada semana la Administración de Información Energética estadounidense.

Las aerolíneas no salen mejor paradas. Iberia y su matriz IAG sufren cada subida del queroseno, su principal coste variable, y el turismo depende de un precio de la energía que condicione los vuelos y los desplazamientos.

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A eso se suma el efecto sobre los hogares. La electricidad, la calefacción y el carburante forman parte de la cesta de la compra, y un crudo sostenido al alza durante meses acaba trasladándose a los precios. No es una catástrofe inmediata. Es una presión que se acumula.

La Lógica de Washington

Lo que Washington intenta resolver es sencillo de enunciar y difícil de ejecutar: recuperar la libertad de navegación en el punto por el que pasa buena parte del petróleo mundial. La Casa Blanca no busca una victoria militar total, sino asfixiar económicamente a Teherán hasta que acepte un acuerdo verificable. La coalición que la sostiene es la del Partido Republicano, al que le conviene llegar a noviembre con gasolinas baratas y una inflación contenida.

El precedente está a la vista. En 1987, Ronald Reagan puso bandera estadounidense a petroleros kuwaitíes y los escoltó por el Golfo en la operación Earnest Will, durante la guerra entre Irán e Irak. La lógica era la misma: no dejar que Teherán cerrara el grifo de de crudo. Cuatro décadas después, la Armada repite el guion con drones, misiles y una vigilancia por satélite que sus predecesores ni soñaban.

La lectura estratégica no cambia. Mientras el crudo fluye hacia el mundo desde los aliados del Golfo, de Irán sale muy poco. La inflación iraní ronda el 90%, con tasas aún mayores en alimentos, y si Teherán vende sus últimas reservas flotantes se quedará sin ingresos para importar bienes básicos. Los recortes en salarios públicos ya están sobre la mesa, y el análisis de la CIA sobre el deterioro del régimen suena como música para la administración.

Para Madrid, la incógnita es cuánto dura la escalada. Si los ataques se estabilizan en niveles bajos, los analistas esperan que el crudo baje en lo que resta de año y que llegue algo de alivio a los surtidores españoles. Si Irán redobla la apuesta, el precio del barril se convertirá en un problema político de primer orden también en Europa.

La proyección más probable es la de una guerra que se desgasta sin un final limpio. Donald Trump tiene margen para esperar, pero las exigencias que se barajan —fin del enriquecimiento de uranio, inspecciones sorpresa y alivio de sanciones condicionado— chocan con la resistencia de los halcones de Teherán. El tiempo, dicen en Washington, juega a favor de Estados Unidos. Habrá que ver si el calendario electoral opina lo mismo.

Ficha del Caso

  • El caso: Irán intensifica sus ataques contra buques en el estrecho de Ormuz, el paso por el que circula buena parte del petróleo mundial, mientras EE. UU. mantiene abierto el corredor y bloquea las exportaciones iraníes.
  • Datos clave: Ataques al mayor ritmo desde el inicio de la guerra, según la Armada de EE. UU.; inflación iraní en torno al 90%; elecciones de medio mandato en EE. UU. en noviembre de 2026.
  • Para España: El país importa casi todo el crudo que consume, de modo que un barril sostenido al alza presiona la inflación, los costes energéticos de hogares y empresas como Repsol o IAG, y la factura del turismo.