El colapso del FCAS deja a Alemania ante dos cazas posibles: sumarse al GCAP británico o abrir un programa nuevo con España.
El FCAS murió en junio y Berlín ya busca sustituto
La decisión no es menor. En junio de 2026, el canciller Friedrich Merz y el presidente francés, Emmanuel Macron, enterraron el Futuro Sistema Aéreo de Combate (FCAS), el proyecto con el que Berlín, París y Madrid pretendían sustituir al Eurofighter. Lo que estaba llamado a ser el buque insignia de la defensa europea murió por la disputa industrial entre Airbus Defence —con intereses alemanes y españoles— y la francesa Dassault. Años de retrasos y miles de millones comprometidos quedaron en el aire.
Ahora Berlín baraja dos salidas. La primera, entrar en el Global Combat Air Programme (GCAP), el caza de sexta generación que ya desarrollan Reino Unido, Italia y Japón con el horizonte de 2035. La segunda, alumbrar un avión nuevo con Suecia y España. Según las fuentes industriales y diplomáticas consultadas por POLITICO Europe, las evaluaciones del Ministerio de Defensa alemán favorecen la opción sueca y española por requisitos militares y por las oportunidades que abre a la industria nacional. La Cancillería, en cambio, ve ventajas diplomáticas en alinearse con Londres.
El ministro de Defensa, Boris Pistorius, lo admitió ante los diputados en septiembre: ‘Por un lado, todos los países quieren apoyar a su industria nacional. Al mismo tiempo, todos queremos proyectos europeos de armamento conjuntos. Resolver este dilema no es cosa sencilla’.
El trasfondo es la autonomía. Alemania quiere depender menos de la tecnología militar estadounidense, y ese objetivo es anterior a Donald Trump. Pero las amenazas del presidente de EE UU de abandonar la OTAN, sus reproches a los aliados por no respaldar la guerra contra Irán, y la experiencia de Ucrania —las dificultades con las comunicaciones por satélite de SpaceX, los retrasos en los misiles de defensa aérea y los problemas de intercambio de inteligencia— han elevado la apuesta. Berlín planea además su propia red de satélites militares por unos 10.000 millones de euros y desarrolla con el Reino Unido misiles de largo alcance capaces de golpear a más de 2.000 kilómetros. Su meta es alcanzar el 3,5% del PIB en defensa en 2029, seis años antes del plazo que fija la OTAN.
La oferta británica llegó este mes. El primer ministro, Andy Burnham, propuso en Berlín que Alemania se sume al GCAP, una entrada que a Londres le ayudaría a repartir el enorme coste del desarrollo. Para Berlín sería la vía rápida, sin crear un proyecto desde cero. Pero Defensa teme que las responsabilidades ya estén repartidas y que la industria alemana quede sin voz sobre tecnologías y producción clave. Japón, celoso del calendario de 2035 porque sus F-2 empiezan a retirarse por esas fechas, tendrá que dar su visto bueno. Merz viaja estos días a Tokio y se espera que aborde el asunto.
Alemania no elige un avión: elige con quién quiere compartir la próxima década de su industria de defensa.
España se juega la carga de trabajo de Airbus e Indra
Madrid mira el debate con el vértigo del socio que puede quedarse sin banquillo. El FCAS era para España mucho más que un caza: era la garantía de carga de trabajo para Airbus España, con plantas en Getafe y Sevilla, y para Indra, que en el consorcio asumía la coordinación del sistema de sensores. Si Berlín se marcha con Londres, el programa se queda sin su principal sostén industrial y presupuestario.
La puerta de entrada al GCAP no está abierta de par en par. El reparto de tareas entre Londres, Roma y Tokio lleva años cerrado, el calendario aprieta y la incorporación tardía de un cuarto socio se paga en capacidad de decisión. Para la industria española, entrar por esa vía equivaldría a aceptar un papel subalterno en el programa que definirá el estándar aéreo europeo de las próximas décadas.

De ahí que la opción sueca interese en Madrid. Un proyecto con Alemania y Suecia partiría de requisitos militares más parecidos, dejaría margen industrial y permitiría a España mantener la continuidad de sus ingenierías. No consta que Moncloa haya movido ficha públicamente, pero en el complejo industrial de la defensa se da por hecho que el Ejecutivo pelea por conservar el sitio. No es un asunto menor para un país que tendrá que justificar ante Bruselas y ante la OTAN cada euro adicional de gasto militar con retorno tecnológico.
El Eje del Poder Europeo
El pulso real es franco-alemán, y lo ha ganado Londres por la vía del realismo industrial. París se queda con Dassault y sin socio de escala; Berlín traslada su exigencia de control tecnológico a otro tablero. Italia y Japón conservan el liderazgo del GCAP; Suecia ve en el hueco alemán una oportunidad de peso; Polonia, ya instalada en el F-35 y en el K2 surcoreano, contempla el debate desde la distancia de quien compra hecho. Los frugales del norte no tienen aquí nada que vetar: la defensa sigue siendo competencia nacional, y ese es justamente el problema.
Hace cuatro décadas, el Eurofighter —Alemania, Reino Unido, Italia y España— demostró que varios países pueden fabricar un caza juntos si hay voluntad política y un reparto claro. El FCAS demostró lo contrario. La lección a cinco o diez años es incómoda: si Europa acaba con dos estándares de sexta generación, uno liderado por Londres y otro por París, la Comisión Europea perderá la palanca con la que pretendía consolidar la base industrial del continente. Y si el que gana es el GCAP, la UE habrá visto cómo su primera potencia económica compra su futuro aéreo fuera de sus marcos. La contradicción es evidente: Bruselas reclama campeones europeos mientras los Estados miembros firman alianzas que los esquivan.
La próxima cita está en Tokio, en la agenda de Merz de esta semana, y en las evaluaciones que el Ministerio de Defensa alemán debe cerrar en las próximas semanas. Alemania tiene prisa, y el objetivo del 3,5% fija 2029 como horizonte. España también debería tenerla.

