Von der Leyen insiste en Canadá como miembro asociado de la UE pese al rechazo de Berlín y París

La declaración final de la cumbre de Montreal evita el término ante la resistencia de Berlín y París a comprometerse sin texto jurídico. Bruselas abre tres vías de cooperación, de las materias primas a Horizon, sin base legal aclarada.

Canadá como miembro asociado de la UE vuelve a la mesa en Montreal sin texto legal y sin el respaldo de Berlín. Ursula von der Leyen insiste, António Costa la arropa y la declaración final de la cumbre esquiva el término.

La XXI Cumbre UE-Canadá se cierra este viernes en Montreal con una declaración conjunta de la que ha desaparecido la promesa del miembro asociado. Lo confirman fuentes diplomáticas citadas por EFE y lo recogen DW y La Vanguardia: un grupo de Estados, encabezado por Alemania, se negó a poner por escrito un estatus que no figura en los Tratados y cuyas implicaciones jurídicas nadie ha evaluado. La Comisión Europea reconoce que no hay texto legal publicado.

La presidenta de la Comisión desarrolló el planteamiento en un discurso en el C.D. Howe Institute. ‘Nuestra idea es sencilla: se trata de una asociación sin adhesión’, afirmó. ‘Canadá no puede convertirse en miembro de pleno derecho por razones geográficas, pero ambos queremos llevar la relación al nivel más alto posible’. Y remató con la fórmula que resume el entusiasmo y el problema: una asociación que ‘se acerque más a la membresía que cualquier otra cosa que hayamos hecho antes’.

Publicidad

El diseño que Bruselas ha puesto sobre la mesa tiene tres niveles de cooperación. El primero es la alineación de políticas prioritarias: clima, energía, seguridad y defensa, en un contexto en el que, según Von der Leyen, ‘el comercio se convierte en una herramienta de presión económica’. El segundo, la cooperación institucional entre la Comisión y el Gobierno canadiense, entre el Parlamento Europeo y el Parlamento de Canadá y entre sus órganos judiciales. El tercero, la participación canadiense en programas comunitarios como Erasmus+ y Horizon, la iniciativa científica europea.

Qué es un miembro asociado si el Tratado solo habla de asociación

El problema es de fontanería jurídica. La UE no tiene una categoría intermedia entre el acuerdo comercial y la adhesión. El artículo 217 del TFUE permite cerrar ‘acuerdos de asociación’ —ahí se apoyan el CETA y el acuerdo estratégico con Ottawa—, pero la asociación es un marco de cooperación, no un estatus cuasiinterno con derechos y presencia en las instituciones. Puede consultarse el texto consolidado en la base de datos EUR-Lex.

Crear un ‘miembro asociado’ con obligaciones, acceso a fondos y silla en los comités exigiría reformar los Tratados por el artículo 48 del TUE: unanimidad en el Consejo Europeo, convención, Conferencia Intergubernamental y ratificación en los 27 parlamentos nacionales. Ningún gobierno se ha comprometido a semejante recorrido por un socio que está a cinco horas de vuelo. De ahí la retirada del término en Montreal. Puro método Bruselas.

Existe un precedente útil y algo incómodo: el Espacio Económico Europeo (EEE), que integra a Noruega, Islandia y Liechtenstein en el mercado interior sin pertenecer a la UE. Funciona, pero costó tres décadas de ingeniería institucional, obliga a trasponer normativa sin voto y fue rechazado en referéndum por Suiza. Un estatus equivalente para Canadá no se improvisa en una cumbre.

Bruselas ha anunciado la categoría antes de escribirla. Cuando la política exterior se hace con titulares, el Consejo se queda siempre con la letra pequeña.

Quien frena no es un socio menor. Alemania encabeza el grupo reticente, y Francia comparte el fondo del argumento aunque module el tono: París quiere autonomía estratégica y una Europa que hable con una sola voz, y desconfía de geometrías variables que diluyan la condición de miembro. A eso se suma el cálculo de los frugales —Países Bajos, Dinamarca, Suecia—, poco inclinados a inventar categorías al margen del derecho primario.

Carney busca en Europa un seguro contra los aranceles de Trump

Von der Leyen Canadá

El interés canadiense no es sentimental. Desde que la Administración de Donald Trump impuso aranceles a los productos canadienses, Ottawa busca mercados alternativos y quiere convertir a la UE en su segunda pata económica e industrial. El primer ministro Mark Carney llegó a Montreal con esa agenda y con un cálculo político: cada gesto hacia Europa se lee en Washington como una señal de autonomía.

Publicidad

La cumbre llega con entregables concretos. El Banco Europeo de Inversiones podría financiar proyectos de explotación de materias primas críticas —litio, cobalto, níquel— en los que Canadá es potencia y que la UE necesita para reducir su dependencia de China. El paquete que se firma este viernes incorpora a Canadá a la infraestructura europea de supercomputación y amplía la cooperación en comercio digital y control de la inteligencia artificial. En defensa, Ottawa ya participa en la iniciativa europea de compras conjuntas de armamento y sostiene desde el primer día el apoyo a Ucrania.

Costa puso el acento político: en un mundo dividido, dijo, el multilateralismo ‘no es un lujo’, y citó Ucrania y Oriente Medio como pruebas de que Bruselas y Ottawa leen igual el tablero. El riesgo de calendario es evidente: la operación puede irritar a Washington mientras siguen abiertas las negociaciones comerciales y Estados Unidos afronta sus elecciones de medio mandato.

El Eje del Poder Europeo

Lo que observamos es un pulso de geometría variable que no se resuelve con una cumbre. Von der Leyen ha hecho de la asociación exterior su marca personal y ha encontrado en Costa un aliado funcional: el presidente del Consejo Europeo necesita gestos de alcance para justificar su mandato. Pero Berlín y París no compran titulares sin base jurídica, y el eje franco-alemán, frío en otros frentes, sigue operando como freno de mano cuando se toca la arquitectura de la Unión. Ahí está el nudo.

Para España el expediente tiene dos caras. La primera es de oportunidad: Madrid mira con buenos ojos cualquier fórmula que ate a democracias afines y refuerce la dimensión exterior de la UE, en línea con su apoyo sostenido a la ampliación a los Balcanes Occidentales y a Ucrania. La segunda es de riesgo. Si se abre una categoría intermedia, el siguiente en pedirla será el Reino Unido, y con él cualquier vecino que quiera ventajas del mercado interior sin aceptar la primacía del TJUE ni la libre circulación.

Hay un detalle que afecta al campo español y que Moncloa vigila desde hace años: los contingentes de carne de vacuno y porcino que abrió el CETA al entrar en aplicación provisional en 2017. Cualquier profundización del vínculo con Ottawa pasa por ahí, y las organizaciones agrarias ya advirtieron en la negociación anterior de que el sector no aceptará nuevas cuotas sin contrapartidas. En paralelo, la participación canadiense en Horizon y Erasmus+ interesa a universidades y centros de investigación españoles, que ganarían socios en un país con capacidad científica acreditada.

A cinco o diez años, la lectura es otra. El debate sobre el miembro asociado es el ensayo general de la Europa de varias velocidades que Von der Leyen ya dibujó en su discurso sobre el Estado de la Unión de septiembre en Estrasburgo, con Carney como invitado de honor. Y contiene una contradicción de fondo: si Canadá obtiene un estatus cuasiinterno sin rastro de integración política, la promesa de adhesión pierde valor como moneda de cambio. Esa moneda es exactamente la que sostiene la política de ampliación y la credibilidad europea en Kiev y Chisináu. El precedente del EEE demuestra que la flexibilidad funciona cuando hay instituciones que la soportan; el de la Asociación para la Paz de los noventa, que los marcos sin contenido se vacían en dos legislaturas.

El próximo hito es la letra pequeña. La declaración de Montreal se cierra este viernes; la Comisión no ha fechado propuesta legislativa alguna y el Consejo de la UE no ha publicado dictamen jurídico sobre el invento. Sin esos tres elementos, el miembro asociado seguirá siendo una idea con buena prensa, mucho vuelo transatlántico y cero efectos jurídicos. Dejémoslo en un ‘ya veremos’.