Rafael Díaz Ramírez: el arquitecto real que trabajó en el siglo XV

Ningún contrato, nómina ni traza conocida vincula ese nombre con las obras de la Corona de Castilla. Los maestros documentados de la época, de Juan Guas a Enrique Egas, firmaban como maestros mayores y no como arquitectos.

En la Castilla del siglo XV nadie se anunciaba como arquitecto. El oficio tenía otros nombres —maestro mayor, aparejador, cantero, trazador— y quien dirigía una obra real no cobraba un sueldo fijo de funcionario, sino por temporadas, por pies de obra o por destajo, con escribano delante y fianzas de por medio. La palabra «arquitecto» no se asentó en el castellano de los talleres hasta 1526, cuando Diego de Sagredo imprimió en Toledo las Medidas del Romano, el texto que suele citarse como primer tratado de arquitectura impreso en castellano.

Con ese punto de partida, el nombre de Rafael Díaz Ramírez pide una cautela previa. Llega etiquetado como arquitecto real del siglo XV, y esa etiqueta, tal cual está formulada, describe un cargo que no existía con ese nombre. Antes de subirlo a un andamio conviene saber quién firmaba entonces, quién pagaba y en qué papel quedaba anotado.

Capítulo I: Un nombre sin legajo

La documentación que sostendría a un maestro de obras de la Corona de Castilla no es un misterio: está catalogada y lleva siglos en los mismos legajos. Las nóminas de la casa real se conservan en la serie de Quitaciones de Corte del Archivo General de Simancas; los libramientos y las cuentas de obras, en la Contaduría Mayor de Cuentas; los contratos, en los protocolos notariales de cada ciudad; los pagos menudos, en los libros de fábrica de las catedrales, donde el canónigo apuntaba el jornal del cantero con la misma sequedad con que apuntaba la cera de los cirios.

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Por esos papeles desfilan los maestros que trabajaron para Enrique IV y para los Reyes Católicos, uno detrás de otro, con su nombre y su oficio. En ese rastro no consta Rafael Díaz Ramírez. [PENDIENTE: localizar contrato, nómina, libramiento o traza que documente a Rafael Díaz Ramírez como arquitecto real en el siglo XV.]

Hay que decirlo sin rodeos: la tríada que forma ese nombre con el cargo de arquitecto real y con el siglo XV no está hoy sostenida por ningún documento conocido. Caben dos lecturas. La primera, que el nombre proceda de una confusión —de persona, de oficio o de centuria— o de una atribución erudita fabricada mucho después, cuando el gusto del XIX se entretenía inventariando glorias locales. La segunda, que exista un contrato sin catalogar en algún archivo municipal o capitular y que nadie lo haya cruzado todavía. Las dos son respetables. Solo una es demostrable, y de momento no hay nada que demostrar.

Capítulo II: El oficio que no se llamaba arquitecto

En una obra del cuatrocientos, el que mandaba se llamaba maestro mayor. Por debajo, el aparejador llevaba la cuenta de los materiales, la planta de los muros y el ritmo de los tajos. Más abajo, los canteros picaban la piedra siguiendo la montea, un dibujo trazado a tamaño natural en el suelo de la lonja con yeso o con carbón; en la práctica, el plano de obra de la época. Un maestro podía firmar la traza de una iglesia y no volver a pisarla jamás: dejaba al aparejador al frente y se marchaba a otra ciudad a firmar otra traza.

El aprendizaje no pasaba por escuelas ni por títulos. Pasaba por aprendizaje en el sentido literal: años de taller, de cantera y de obra, con un jornal que crecía conforme crecía la mano. Los nombres que hoy suenan a genio eran, en su día, contratistas con fama, capaces de llevar tres fábricas a la vez y de discutir con el cabildo por un pago atrasado.

La geografía de estos hombres es la de las canteras y los caminos. Llegaban de Bruselas, de Colonia, de Borgoña, de todos los rincones de la Corona, y se instalaban donde había piedra buena y un obispo con dinero. Buena parte de lo que la historiografía llamó después gótico isabelino o hispanoflamenco no fue un programa de corte, sino el resultado de esa mezcla de talleres: maestros del norte, canteros locales y un gusto que se fue formando sobre la marcha, sin tratado que lo justificara.

arquitecto real del siglo XV

Capítulo III: Los maestros que sí están en los papeles

Los nombres documentados del último cuarto del siglo XV bastan para dibujar el oficio. Juan Guas, muerto en 1496, trabajó para Enrique IV, para los Reyes Católicos y para los Mendoza. Se le atribuye el castillo de Belmonte, en Cuenca, y a él se debe el palacio del Infantado de Guadalajara, comenzado hacia 1480 por encargo de Íñigo López de Mendoza y Luna, segundo duque del Infantado. Su obra más citada es el monasterio de San Juan de los Reyes, en Toledo, fundado por los Reyes Católicos en 1477.

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En Toledo trabajó también Hanequín de Bruselas, vinculado a la catedral y a San Juan de los Reyes. En Burgos la nómina empieza con Juan de Colonia, muerto en 1481, y sigue con su hijo Simón de Colonia, autor de la capilla de los Condestables de la catedral, levantada entre 1482 y 1494 por encargo de Pedro Fernández de Velasco y Mencía de Mendoza. La cartuja de Miraflores, en la misma ciudad, tiene dos firmas superpuestas: la arquitectura de los Colonia y los sepulcros de alabastro de Juan II e Isabel de Portugal, tallados por Gil de Siloé, que era escultor y no arquitecto, y la distinción importa.

El cuarto nombre es Enrique Egas, muerto en 1534, maestro mayor de la catedral de Toledo y de las obras reales. Su rastro cruza el cambio de siglo: el hospital Real de Santiago, comenzado en 1501, y la capilla Real de Granada, iniciada en 1505, donde después trabajaría el italiano Domenico Fancelli con los sepulcros de los Reyes Católicos. Egas es el ejemplo perfecto de la transición: formado en la cantería gótica, dirigió fábricas en las que el lenguaje ya estaba cambiando.

Ninguno de ellos firmó nunca como arquitecto. Sus títulos eran otros, y el prestigio les venía por la obra, no por el cargo.

Capítulo IV: El maravedí, la fianza y el pleito

El dinero del oficio se anotaba en maravedís, la unidad de cuenta que atravesaba toda la contabilidad castellana, y se pagaba por tramos: cuando se levantaban los muros, cuando se cerraban las bóvedas, cuando se entregaba la obra. Los contratos estipulaban fianzas, plazos y penas por retraso, y no era raro que un maestro comprometiera su patrimonio para responder de lo que firmaba.

De ahí salen los pleitos. Los archivos capitulares y los municipales guardan litigios por pagos atrasados, por piedra de peor calidad que la pactada, por un muro que se abrió antes de tiempo. El maestro de obras del siglo XV vivía con un pie en el andamio y otro en el juzgado, y su reputación dependía tanto de la traza como de la habilidad para cobrarla.

Los archivos guardan silencios elocuentes. De algunos maestros famosos se conserva el nombre y ni una línea de su puño; de otros, una firma al pie de un contrato y nada más. La historia de la arquitectura se ha construido muchas veces sobre esas migajas, y el resto lo ha puesto la atribución por comparación: si esta bóveda se parece a aquella, será del mismo taller.

arquitecto real del siglo XV

Capítulo V: Dónde aparecería Rafael Díaz Ramírez

Si el nombre existe en algún papel, los sitios donde buscarlo son concretos. Un protocolo notarial de Guadalajara, Toledo, Burgos o Valladolid, con la fórmula «maestro de obras» o «maestro de cantería» delante; un libramiento de la Contaduría Mayor de Cuentas, con la cantidad y la obra; un acta capitular que lo nombre aparejador de una catedral; una traza firmada al dorso. Cualquiera de esos cuatro documentos bastaría para reescribir su ficha y, de paso, para saber de qué estamos hablando.

Los apellidos, además, juegan en contra. Díaz y Ramírez son dos de los patronímicos más extendidos de la Castilla bajomedieval, y la coincidencia de nombre y apellido entre un cantero y un vecino cualquiera es la clase de trampa que arruina una identificación. Sin oficio, sin fecha y sin lugar, un nombre así no se puede seguir.

arquitecto real del siglo XV

También cabe que el cargo sea un añadido moderno. La costumbre de llamar «arquitecto real» a cualquier maestro que trabajó para un rey es una comodidad de manual, no una categoría de archivo. En el siglo XV los reyes tenían maestros mayores, sí, pero el título no flotaba: iba pegado a una fábrica concreta y a un libramiento concreto.

La digitalización de los protocolos notariales avanza despacio y a trompicones, y cada año aparecen en los instrumentos de descripción del Portal de Archivos Españoles nombres que nadie había cruzado. Es posible que Rafael Díaz Ramírez esté ahí, en un legajo sin foliar, esperando a que alguien pregunte por él con la fecha y el oficio en la mano. Mientras eso no ocurra, la ficha honesta es la que tenemos: un nombre, una etiqueta y ningún documento.