EN 30 SEGUNDOS
- ¿Qué ha pasado? El Parlamento de Groenlandia (Inatsisartut) ratificó este martes el acuerdo de seguridad alcanzado con Washington, que amplía la presencia militar estadounidense en la isla y despeja dos bases nuevas.
- ¿Quién está detrás? La Casa Blanca de Donald Trump, el Gobierno danés y el ejecutivo groenlandés, que respaldan el texto. La oposición independentista Naleraq lo rechaza por considerarlo economicamente estéril.
- ¿Qué impacto tiene? El Ártico entra de lleno en la arquitectura del escudo antimisiles Golden Dome, Dinamarca conserva la soberanía sobre el papel y el Folketing vota el 19 de noviembre.
El Parlamento de Groenlandia ratifica el acuerdo militar con EE. UU. que abre el Ártico a una presencia permanente de Washington. El texto, pactado este año y respaldado por Copenhague, habilita dos nuevas bases en la isla, el despliegue del sistema antimisiles Golden Dome y la reiteración formal de la soberanía danesa sobre el territorio.
Qué se instala en la isla y qué conserva Copenhague
La votación del Inatsisartut no es un trámite menor. El acuerdo permite a las Fuerzas Armadas estadounidenses ampliar su huella operativa en una isla de 2,16 millones de kilómetros cuadrados y 56.000 habitantes, y lo hace sin pasar por el Senado de Estados Unidos: se trata de un acuerdo ejecutivo, no de un tratado. Esa es la clave jurídica que explica la prisa de Washington y el nerviosismo de varias cancillerías europeas.
El paquete incluye la construcción de dos instalaciones militares adicionales a la ya existente Base Espacial de Pituffik —la antigua base de Thule, pieza central del sistema de alerta temprana antimisiles norteamericano desde los años cincuenta— y la integración de la isla en el paraguas del Golden Dome, el proyecto de defensa antimisiles que combina sensores terrestres, interceptores y una capa espacial de seguimiento. Como contrapartida política, el texto reafirma la soberanía de Dinamarca y el derecho de los groenlandeses a la autodeterminación.
Trump llegó a amenazar el año pasado con anexionar Groenlandia, alegando razones de ‘seguridad nacional’ y el acceso a sus tierras raras. Aquel envite provocó una crisis diplomática con Copenhague y empujó a varios socios europeos de la OTAN a cerrar filas con Dinamarca. El desenlace llegó en septiembre, con un anuncio conjunto de Washington, Copenhague y Nuuk. El presidente estadounidense lo presentó entonces como un paso hacia el ‘control permanente’ de la seguridad del territorio ártico.
El ministro de Exteriores groenlandés, Mute Egede, calificó la ratificación como un paso importante para la isla, según recogió Reuters. La oposición no comparte el entusiasmo. Pele Broberg, líder del partido Naleraq, sostuvo que Groenlandia no obtiene beneficio económico alguno del acuerdo. La crítica tiene recorrido: el texto regula seguridad, no explotación de recursos, y deja la eventual renta de las tierras raras —uranio, neodimio, disprosio— pendiente de licencias que Nuuk quiere controlar y que Washington observa con interés.
El calendario legislativo danés marca los próximos movimientos. El Folketing celebra la primera lectura la semana que viene, con segunda lectura y voto final fijados para el 19 de noviembre. El acuerdo entrará en vigor cuando lo ratifiquen Dinamarca y Groenlandia. No hará falta, en cambio, aprobación del Senado estadounidense, lo que convierte el proceso en un modelo de hecho consumado bilateral.
Groenlandia no ha firmado una alianza: ha cedido suelo estratégico a cambio de una firma que reafirma una soberanía que ya tenía.
El ‘regalo’ de Trump y la factura que Europa aún no ha calculado
Trump resumió el martes su lectura del asunto ante Fox News: Europa le ha dado ‘el mayor regalo que jamás nos hayan hecho. La frase, referida a Groenlandia, dice más del método que del fondo. Washington obtiene profundidad estratégica en el Alto Norte sin contrapartidas económicas visibles y sin que el Congreso pueda condicionar el despliegue. Lo que observamos es un patrón repetido en esta administración: seguridad a cambio de soberanía formal, y la soberanía formal como moneda de cambio barata.
Para la OTAN, el movimiento resuelve un problema y crea otro. Resuelve la anomalía de un aliado, Dinamarca, sometido a presión anexionista por parte de otro aliado, algo que Bruselas había gestionado con silencio incómodo desde el año pasado. Crea, en cambio, un precedente: un miembro de la Alianza negocia bilateralmente con Washington el uso militar de su territorio, al margen del marco colectivo y sin cláusulas de consulta con los socios.
La geografía manda. Groenlandia cubre el flanco occidental del estrecho de Dinamarca, el pasillo GIUK por el que la Flota del Norte rusa accede al Atlántico. Pituffik detecta lanzamientos balísticos sobre el Ártico desde 1951. Sumar dos bases y una capa de intercepción cambia el cálculo de Moscú sobre su segundo golpe y su capacidad de disuasión en el norte. No es retórica: es geometría.
Equilibrio de Poder
Washington consolida en el Ártico lo que ya practica en el Indo-Pacífico: acuerdos ejecutivos, acceso rotacional y soberanía ajena como moneda. Moscú, que ha convertido el Ártico en prioridad doctrinal con la reactivación de bases soviéticas en Franz Josef Land y Novaya Zemlya, leerá la ratificación como una extensión del escudo antimisiles hacia su corredor de lanzamiento septentrional. Bruselas, por su parte, afronta un dilema conocido: celebrar que Dinamarca conserva el título o advertir de que el control operativo ya no es suyo. La Comisión Europea lleva meses reclamando una política ártica común; este acuerdo la deja un paso por detrás de un bilateral.
Para España el asunto no es ajeno. La flota que faena en aguas de Svalbard al amparo del Tratado de París de 1920 depende de un equilibrio ártico estable, y la dependencia europea de tierras raras chinas convierte cada yacimiento groenlandés en un activo de seguridad económica. A eso se suma el debate abierto en la OTAN sobre reparto de cargas: si Washington asegura el Ártico con recursos propios y acuerdos bilaterales, la presión sobre el gasto español en el flanco norte se reconfigura, no desaparece. Rota y Morón siguen siendo la pieza ibérica del dispositivo, pero el centro de gravedad del escudo antimisiles se desplaza hacia el paralelo 76.
El precedente histórico más útil no es Crimea, sino la propia historia de Thule. En 1946 Estados Unidos ofreció 100 millones de dólares por Groenlandia; en 1951 obtuvo, vía acuerdo con Dinamarca, el derecho a operar una base en territorio danés sin consultar a Nuuk. Setenta y cinco años después, el procedimiento se repite con mejores formas y menos disimulo. La diferencia es que ahora hay un Parlamento groenlandés con capacidad de ratificar, y eso, aunque el texto sea favorable a Washington, establece una costura institucional que antes no existía.
Queda un riesgo sin cerrar: la cláusula de autodeterminación. Si Nuuk interpreta que la soberanía danesa es reversible y Washington interpreta que su acceso es permanente, el acuerdo que hoy se presenta como estabilidad puede convertirse en el próximo contencioso. La primera ventana crítica es el 19 de noviembre en el Folketing; la segunda, la negociación presupuestaria de las dos bases, cuya financiación aún no se ha detallado. Seguimos de cerca ambos expedientes.

