Kushner plantea en Bruselas un nuevo marco de seguridad europea con Rusia para cerrar Ucrania

Rusia lleva una década reclamando garantías contra la ampliación de la OTAN y el despliegue aliado cerca de sus fronteras. El documento de Washington, por ahora, no menciona ninguna de las dos cosas.

EN 30 SEGUNDOS

  • ¿Qué ha pasado? Jared Kushner, enviado de Trump, anunció el jueves en X que Washington explora un marco de seguridad paneuropeo con Rusia: consultas permanentes, comunicaciones de crisis, transparencia militar y medidas recíprocas contra la escalada.
  • ¿Quién está detrás? La Casa Blanca, tras una ronda en Bruselas con Kiev, la OTAN y socios europeos, y un día después de que Trump recibiera al enviado ruso Kirill Dmitriev.
  • ¿Qué impacto tiene? Las trilaterales EEUU-Rusia-Ucrania están convocadas para el 10 y 11 de noviembre en Abu Dabi. Moscú deja fuera a los Gobiernos europeos y Bruselas aún no ha designado quién negocia en su nombre.

Jared Kushner ha puesto sobre la mesa un rediseño de la seguridad europea con Rusia. Lo hizo el jueves en X, un día después de cerrar en Bruselas una ronda con Ucrania, la OTAN y socios europeos, y con un objetivo declarado: sostener un arreglo duradero en Ucrania.

Washington explora, según sus propias palabras, ‘un marco de seguridad europeo más amplio’ capaz de atender ‘las preocupaciones de todas las partes’. El diagnóstico que lo acompaña es una losa: Europa y Rusia llevan ‘más de 30 años’ sin un marco sostenible. Décadas de desconfianza y las consecuencias devastadoras de la guerra lo convierten, escribió, en un reto ‘extraordinariamente difícil, pero esencial para una paz duradera’.

Transparencia militar, consultas permanentes y el vacío que Moscú vigila

El esqueleto es técnico y, por eso mismo, revelador. Contempla consultas permanentes, canales de comunicación de crisis, transparencia militar, y medidas recíprocas para rebajar el riesgo de escalada. Cada país conservaría el control sobre su seguridad y su alineamiento militar, y la OTAN seguiría siendo ‘central para la defensa colectiva europea’. No hay en la versión publicada ninguna mención a la ampliación de la Alianza hacia el este ni al despliegue de fuerzas cerca de las fronteras rusas.

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Ese silencio es el nudo. Moscú lleva una década exigiendo garantías por escrito contra la ampliación de la OTAN y contra el despliegue militar cerca de sus fronteras, con un argumento repetido: la seguridad de un país no puede construirse a costa de otro. El martes, Serguéi Lavrov reclamó ‘un sistema genuinamente justo de garantías mutuas de seguridad’. Kushner propone consultas; Rusia pide líneas rojas firmadas.

Moscú tampoco tiene el texto. El portavoz del Kremlin, Dmitri Peskov, aseguró el viernes que no han recibido ‘ningún detalle’. Reconoció que hablar del futuro de la seguridad europea exigirá tarde o temprano sentar a los europeos, pero cargó contra su clase política por no haber presentado propuestas ni haber decidido quién habla con Rusia en su nombre.

Europa se juega su arquitectura de seguridad en una mesa a la que no la han invitado y con un portavoz que aún no ha designado.

La queja tiene recorrido. La Unión Europea lleva meses discutiendo el formato de su representación sin cerrarlo, y Kushner admitió que los socios europeos serán consultados ‘al margen’ de Abu Dabi y podrían sumarse a un formato más amplio ‘si hay avances. La condicionalidad no es retórica: deja a Bruselas esperando un resultado antes de tener voz.

Lavrov fue más explícito. Los Gobiernos europeos quedan fuera de la cita porque su historial de socavar los acuerdos de paz, dijo, ‘no puede ignorarse’. Es la fórmula diplomática de una exclusión deliberada, y devuelve a la UE a un dilema recurrente: reclamar un asiento que nadie le reconoce mientras no resuelve quién firma por ella.

Quién se sienta en Abu Dabi y quién se queda en la puerta

Las trilaterales entre Estados Unidos, Rusia y Ucrania están convocadas para el 10 y 11 de noviembre en Abu Dabi. Llegan sin representación europea en la sala y con el formato abierto a ampliarse solo si hay avances. Si la ronda produce resultados, los socios europeos se incorporarán; si no, la foto será la de una Europa esperando en el pasillo.

Hay un eco histórico incómodo. La última vez que el continente intentó fijar por escrito un sistema de seguridad compartida fue en 1975, con el Acta de Helsinki que después daría lugar a la OSCE, y en 1997, con el Acta Fundacional OTAN-Rusia. Ambas construcciones se diseñaron para gestionar la desconfianza sin resolverla. Las dos acabaron en papel mojado cuando la política de poder volvió al centro.

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Equilibrio de Poder

El eje Washington-Moscú se mueve por lógica transaccional. Trump no busca reconstruir el orden liberal europeo, sino cerrar un expediente que le cuesta dinero y atención política. La reunión con Dmitriev en el Despacho Oval y el murmullo sobre un acuerdo que ‘podría afectar a toda Europa’ apuntan a un formato bilateral con bendición multilateral: Estados Unidos negocia, Europa firma. La misma mecánica del reparto de cargas en la OTAN, aplicada ahora a las garantías de seguridad.

Bruselas se agarra al texto: la OTAN sigue siendo ‘central para la defensa colectiva europea’. La frase sirve de salvavidas político, pero no responde a la pregunta que importa. Si Rusia exige por escrito límites a la Alianza y Washington está dispuesto a discutirlos, la centralidad de la OTAN deja de ser un principio y pasa a ser una variable de negociación. Ahí se agrieta el consenso de los treinta y dos.

Para España el cálculo no es abstracto. El marco que salga de Abu Dabi definirá el precio de la disuasión en el flanco este y, por arrastre, el suelo del gasto militar comprometido en Bruselas. También toca la arquitectura sur: Rota y Morón sostienen buena parte de la huella militar estadounidense en el Mediterráneo occidental, y cualquier reordenación de prioridades de Washington hacia el Indo-Pacífico se traduce aquí en menos destructores y más preguntas. A eso se suma el Sahel, donde la retirada europea dejó un vacío que Moscú ha aprovechado sin disimulo.

La lectura a cinco años es menos épica de lo que suena. Lo que está sobre la mesa no es un tratado de paz, sino un mecanismo de gestión de crisis entre potencias nucleares que se ahorra la parte más difícil: decir por escrito qué despliegues son aceptables y cuáles no. Si cuaja, Europa vivirá con una seguridad de geometría variable, con la OTAN como paraguas y Washington como interlocutor único con Moscú. Si no, quedará el intento y una factura diplomática para quien prometió un arreglo duradero. La prueba empieza el 10 de noviembre en Abu Dabi. En Bruselas, la pregunta sigue sin respuesta: quién habla por Europa cuando Europa no está en la sala.