Carles Puigdemont ha aparcado la moción de censura. El líder de Junts, pendiente aún de su amnistía, no ve ventajas en precipitar unas elecciones generales que llegarían con su partido sumido en una guerra interna abierta. La batalla por la candidatura a la alcaldía de Barcelona, que se decidirá en primarias a principios de junio, ha dejado al descubierto las fracturas del independentismo conservador y la creciente presión de Aliança Catalana. Mientras, desde Madrid, fuentes populares observan que a los herederos de Convergència «no les interesa un adelanto electoral».
Por qué Puigdemont no fuerza elecciones ahora
Según recoge El Independiente, Puigdemont descarta apoyar una moción de censura contra Pedro Sánchez a corto plazo. El motivo oficial es doble: la resolución de su propio proceso judicial —a la espera de que la Audiencia Nacional le aplique la ley de amnistía— y la necesidad de recomponer el partido. Detrás, sin embargo, asoma un cálculo más crudo: Junts se enfrenta a un riesgo de fuga de votos hacia la extrema derecha independentista de Aliança Catalana, que ya amaga con presentarse a las próximas generales.
Un alto cargo del PP catalán, citado por el mismo medio, ironiza sobre el regreso del «president legítimo» a Cataluña: «Como si a su paso se fueran a abrir las aguas». Pero la realidad es que dentro de Junts ya hay voces que creen que ha llegado el momento de que Puigdemont «abandone la primera línea» y deje de alimentar el mito del exilio al estilo del presidente Josep Tarradellas. La comparación no es casual: la épica del retorno funciona en la militancia, pero no moviliza a los votantes desencantados.
Mientras, Aliança Catalana acecha. El partido de Sílvia Orriols ya ha anunciado su intención de dar el salto a la política nacional. Si lo logra, le arañaría a Junts escaños clave en la provincia de Barcelona y pondría en jaque su actual representación en el Congreso. Para Puigdemont, forzar ahora unas elecciones sería regalarle a la ultraderecha independentista una plataforma en un momento de máxima debilidad interna.
La batalla por la alcaldía de Barcelona
El proceso para designar al sucesor de Xavier Trias ejemplifica esa fragilidad. Junts convocará el próximo 1 de junio el procedimiento de primarias, y el día 3 cerrará el plazo de presentación de candidaturas. De momento, el único aspirante confirmado es Jordi Martí, actual presidente del grupo municipal y delfín de Trias. Puigdemont intentó evitarlo: sondeó al ex president Artur Mas, al ex conseller Quim Forn y al empresario Tatxo Benet. Todos dijeron que no.
La negativa de los pesos pesados a asumir la candidatura deja a Puigdemont sin margen de maniobra y al partido frente a unas primarias que no deseaba.
El plan B, el vicepresidente Josep Rius, se descartó el pasado lunes para «evitar la confrontación o el desafío interno», en palabras recogidas por El Mundo. Su retirada dejó vía libre a Jordi Martí, que ya había advertido que si la dirección imponía un candidato a dedo, él forzaría primarias. Cumplió su palabra.
Y ahora el partido se prepara para una votación a la vista. El secretario general, Jordi Turull, ha mantenido encuentros con otros posibles aspirantes: el ex diputado y abogado de Puigdemont Jaume Alonso-Cuevillas, el ex conseller de Salud Josep Maria Argimon, la secretaria primera del Parlament Glòria Freixa y el ex conseller Jaume Giró, líder del ala posibilista. Todos se lo piensan. Si alguno logra un número de avales excepcionalmente alto, el reglamento permite una designación directa sin primarias. Pero lo lógico, asumen en la ejecutiva, es que la militancia decida antes del 21 de junio.
Un partido desnortado y la presión de la ultraderecha independentista
La guerra por Barcelona es la punta del iceberg de un Junts que, admiten incluso voces internas, ha perdido el norte. La figura de Puigdemont, pendiente de una amnistía que el Tribunal Supremo aún no ha aplicado plenamente (como demuestra el caso de Marta Rovira, sobre quien el alto tribunal se ha inhibido a favor de la Audiencia de Barcelona), se ha convertido en un lastre institucional. «Necesita tiempo para recomponerse internamente», analizan los populares. Tiempo que no tendría con un adelanto electoral.
Y en esa carrera por la supervivencia, Aliança Catalana no es un fantasma. El partido de Orriols ya ha anunciado que concurrirá a las generales. Su ascenso en las encuestas locales le permitiría capitalizar el voto joven desencantado con el procés, erosionando directamente el electorado de Junts. En un partido que lo fue todo en Cataluña, el paso del tiempo no garantiza la recuperación.
La legislatura catalana se mueve a otro ritmo. Salvador Illa, mientras, se fotografia con Bad Bunny en la Sagrada Familia y el Papa conversa con el Círculo Ecuestre. Mientras, en Waterloo, Puigdemont espera. Sabe que cualquier movimiento en falso —una moción de censura, unas primarias fallidas— podría acelerar el ocaso del proyecto que heredó de Convergència.

