El olor a cuero sudado y a pólvora se mezclaba con el polvo de la plaza. Francisco Pizarro apretó la empuñadura de la espada y rogó en silencio que los caballos no relinchasen. Ocultos en los corredores de piedra, sus hombres apenas respiraban. En el centro de la explanada, un fraile sostenía un libro ante el séquito más espléndido que jamás habían visto: llegaba Atahualpa, el inca, en una litera cubierta de oro. A la cinco de la tarde, todo se precipitó en un instante. El libro cayó al suelo, y Pizarro alzó la mano. La celada se cerró sobre el imperio más rico de la América precolombina.
Capítulo I: El polvo de Trujillo
Nadie habría apostado un maravedí por aquel muchacho que deambulaba por las calles de Trujillo en las últimas décadas del siglo XV. Hijo bastardo de Gonzalo Pizarro, un hidalgo de leva más que de fortuna, y de Francisca González, una mujer del pueblo, el niño Francisco no heredó títulos ni rentas, y acaso tampoco las letras, porque nunca aprendió a leer ni a escribir. Extremadura era entonces un hervidero de segundones y desheredados que miraban al oeste como única vía de escape. En 1502, con apenas veinticuatro años, se embarcó rumbo a la isla Española con la flota del comendador Nicolás de Ovando. El Nuevo Mundo prometía más de lo que Extremadura podía ofrecer.
Capítulo II: Los tres compañeros de Panamá
Durante los años siguientes, Pizarro se fogueó en las expediciones que empezaban a dibujar el contorno de América. Participó en la travesía del istmo de Panamá junto a Vasco Núñez de Balboa en 1513 para, por primera vez, ver con sus propios ojos aquel mar del Sur que los indígenas llamaban Mamay. No era un hombre de discursos largos ni de pluma fina; era de decisiones secas y de una resistencia física que asombraba. Pero necesitaba socios con visión y con dinero. En Panamá encontró a Diego de Almagro, un soldado tenaz de orígenes tan oscuros como los suyos, y a Hernando de Luque, un clérigo que aportó los contactos y los recursos iniciales. Los tres formaron la compañía del Levante y se repartieron un imperio que todavía no existía sobre el papel, pero que ya olía a plata en los relatos de los mercaderes indígenas.
Capítulo III: La raya de la isla del Gallo
Las dos primeras expediciones hacia el sur fueron un rosario de hambrunas, flechas envenenadas y deserciones. En la primera (1524‑1525) apenas consiguieron sobrevivir a los manglares. En la segunda (1526‑1528), cuando los hombres ya no aguantaban más, Pizarro tomó la espada y trazó una línea en la arena de la isla del Gallo. Lo que dijo no consta con exactitud, pero las crónicas coinciden en el significado: quienes decidieran seguirle, que cruzaran la raya. Solo trece pasaron. Pasaron a la historia como «los Trece de la Fama» y fueron la simiente del ejército quebrando el sur. Con ellos continuó la exploración hasta alcanzar el río Santa, en las costas del actual Perú. Allí encontraron las primeras muestras de la riqueza inca: tejidos, piezas de orfebrería y rumores ciertos de un imperio que se desangraba en una guerra civil entre los hermanos Huáscar y Atahualpa.
Capítulo IV: La capitulación de Toledo
Consciente de que no podía conquistar aquel mundo sin el respaldo legal de la Corona, Pizarro atravesó el Atlántico en 1528 y consiguió una audiencia con el emperador Carlos V. El 26 de julio de 1529 firmó en Toledo la capitulación que le otorgaba los títulos de Gobernador, Capitán General y Adelantado de las nuevas tierras, además de una considerable participación en el botín futuro. Regresó a Panamá con sus hermanos —Hernando, Juan y Gonzalo— y con la convicción de que, esta vez, no habría vuelta atrás.
Capítulo V: La captura del Inca
La tercera expedición partió en diciembre de 1530 y, tras meses de marcha infernal por los Andes, alcanzó Cajamarca en noviembre de 1532. Pizarro contaba con 168 hombres y 62 caballos. Al frente había un ejército inca de decenas de miles de guerreros. El 16 de noviembre, Atahualpa accedió a una entrevista en la plaza principal. El fraile Vicente de Valverde, primer obispo del Cusco, le presentó un breviario y le instó a someterse al rey de España y a la fe cristiana. El inca lo tomó, lo abrió y, al no escuchar nada, lo arrojó con desdén. Aquel gesto fue la señal. Los cañones dispararon y la caballería se abalanzó desde los corredores. En menos de una hora, miles de indígenas yacían muertos y Atahualpa era prisionero.

Capítulo VI: La habitación del oro
Atahualpa, convencido de que podía comprar su libertad, ofreció el rescate más famoso de la historia: llenaría la estancia donde se hallaba preso con piezas de oro hasta la altura de una línea pintada en la pared. La sala medía aproximadamente siete metros de largo por cinco de ancho. Prometió además dos cuartos similares de plata. Durante los meses siguientes, caravanas de llamas y porteadores nativos trajeron cientos de kilos de objetos sagrados, desde vasos ceremoniales hasta efigies de deidades. Cuando todo el metal fue fundido, la corona se embolsó el quinto real (una quinta parte) y el resto se repartió entre los conquistadores. Pero el inca no recuperó la libertad. El 26 de julio de 1533, tras un proceso sumario, Atahualpa fue ejecutado por estrangulamiento bajo la acusación de conspirar contra los españoles. Su muerte abrió las puertas al corazón del imperio.
Capítulo VII: La Ciudad de los Reyes
Apenas tres meses después, el 15 de noviembre de 1533, las tropas de Pizarro entraban en el Cusco sin apenas resistencia. La capital inca, con sus muros de piedra ciclópea, quedaba a sus pies, aunque el conquistador sabía que necesitaba una ciudad a medida del poder español. El 18 de enero de 1535 fundó Lima, a la que bautizó como Ciudad de los Reyes, junto al río Rímac. En la plaza de Armas, trazada a cordel, se alzaría el palacio del gobernador. Pizarro se convirtió en marqués de la Conquista y empezó a repartir encomiendas entre sus capitanes. La riqueza fluía, pero también la envidia.
Capítulo VIII: el cuchillo de Almagro
Diego de Almagro, que había participado en la conquista desde el principio, se sintió despojado cuando la corona otorgó a Pizarro el control sobre el Cusco. La disputa por la ciudad sagrada de los incas degeneró en una guerra civil entre los propios conquistadores. El 6 de abril de 1538, en la batalla de las Salinas, las fuerzas de Hernando Pizarro derrotaron a las de Almagro. Capturado y juzgado sumariamente, el viejo socio fue ejecutado. Lejos de pacificar la colonia, aquella muerte enardeció a los partidarios del almagrismo, que juraron vengar a su líder.
Capítulo IX: La última palabra
El 26 de junio de 1541, un domingo a mediodía, una veintena de conjurados irrumpió en el palacio de Lima gritando «¡Viva el rey y muera el tirano!». Pizarro, que estaba almorzando, tomó la espada y se defendió en la escalera. Luchó con la furia del animal acorralado, pero las cuchilladas acabaron por derribarlo. Antes de expirar, cuenta la tradición, dibujó una cruz en el suelo con su propia sangre. Fuese verdad o leyenda, el gesto resumía la contradicción de un hombre que había ofrecido cruces en una mano y espada en la otra. El bastardo de Trujillo que conquistó el imperio más vasto de la América prehispana moría a manos de quienes, como él, habían cruzado antes la raya del hambre y la ambición.
Los archivos coloniales conservan hoy las capitulaciones, los repartimientos y las sumarias judiciales de aquella epopeya. Casi quinientos años después, la figura de Francisco Pizarro sigue incendiando la memoria de España y de América. Porque la historia, como el oro del rescate, jamás se contabiliza sin angustia.

